Rosita: Aprendiendo a leer entre muerte y basura

Foto: Alejandro Roque

Por Alejandro Roque

Hace poco tuve la oportunidad de verun documental (¿Quién Soy?) sobre Las Abuelas de Plaza de Mayo, una asociación de madres formada en 1977, durante la dictadura de Jorge Rafael Videla, con el fin de recuperar con vida a los nietos de los desaparecidos en la dictadura. La finalidad de las Abuelas de Plaza de Mayo es localizar y restituir a sus legítimas familias a todos los bebés y niños apropiados por la última dictadura militar (1976-1983), crear las condiciones para prevenir la comisión de ese crimen de lesa humanidad y obtener el castigo correspondiente para todos los responsables. Presidida por Estela de Carlotto, la organización ha logrado restituir la identidad de 133 personas.

Los hijos de los detenidos desaparecieron y fueron tratados como “botín de guerra” por medio de partos clandestinos, falsificación de identidades y simulación de adopciones; los militares y familias burguesas se apropiaron de los niños, de esa manera alrededor de quinientos niños fueron apropiados y privados de su identidad, y en muchos casos llevados a vivir con personas que creían sus padres y en realidad fueron autores, partícipes o encubridores del asesinato de sus verdaderos padres.

Después de ver el documental me fue imposible no pensar en “Rosita”, la supernumeraria del Centro Cultural de Moravia, pues a sus 68 años participa en el Costurero, hace parte del grupo de escritores y del semillero de plantas medicinales. Durante varios años, Rosita ha participado en los cursos de formación en teatro y es una asistente frecuente al Cine Club y a todas las actividades de la programación diaria del Centro Cultural.

Rosa es una de las vecinas más cercanas del barrio, que llegó en los años ochenta buscando su hijo desaparecido: “Llegué a Moravia cuando el barrio se llamaba Fidel Castro y Camilo Torres, yo llegué porque mi hijo se vino a trabajar a Medellín, pero no para acompañarlo sino, mijo, para buscarlo, él se vino del pueblo dizque porque en la ciudad era más fácil buscar trabajo y aquí embarazó a una muchacha, dicen que se metió dizque en problemas pero yo la verdad no sé bien, él no era de problemas, era un pelado muy sano sin nada de vicios,  lo que sí sé bien es que algunas personas dicen que lo enterraron acá en esa montaña de basura, otros me dicen que lo mataron en el Zancudo, y otros que le amarraron una piedra y lo tiraron al río Medellín, qué pesar de mi muchacho”.

Cuando Rosita llegó Moravia aún era un basurero. Tomó la decisión de asentar su vivienda para seguir buscando a su hijo, luchó para tener una vida digna y una casa. Pero las historias del conflicto se siguen tejiendo en la ciudad de la furia. Aunque ya no aguanta más me dice: “Ya estoy harta, yo miro a ver esos pelados que vienen al Centro Cultural a ver si alguno de esos es mi hijo; uno se ahoga en la tristeza tanto tiempo y nada. Abandoné mi empleo, tengo pesadillas, y aun así no pierdo la esperanza. Detrás de esa puerta el sufrimiento se me forma más grande, qué rico que mi hijo apareciera para darle un abrazo”.

Los milicianos del barrio (Milicias Populares del Valle de Aburrá) realizaron, a principios de los 90 una reunión en el Morro de Moravia, antes de ser llevados en un helicoptero para iniciar el proceso de negociación. Allí sus voceros dijeron que sus 61 integrantes que se acogieron a los diálogos iban a estar presentes en conversación con el Gobierno Nacional y la CRS (Corriente de Renovación Socialista) en Santa Elena. Rosita tuvo entonces la oportunidad de recibir de manera escrita la razón de por qué habían asesinado y desaparecido a su hijo: según ellos, fue asesinado en La Paralela porque había observado algo que no tenía que observar en uno de los callejones. El primer tiro se lo dieron en lo que ahora es la Herradura. También reconocieron que fue torturado y que todo fue por prevenir.

Rosita, para ese momento, no sabía leer y la gente del barrio evitaba leerle lo que le habían entregado. Hasta que un día una vecina le contó lo que le estaban entregando: no solo asesinaron a su hijo, sino también a la compañera sentimental de este, que para ese momento se encontraba en embarazo.

Pero Rosita sigue esperando que su hijo aparezca algún día en un evento del Centro Cultural, espera verlo en el Salón de Artes Plásticas o en el Auditorio, o quizás en la sala de computadores en algún curso de Ofimática. Rosita sigue esperando en las 43 hectáreas de la zona nororiental que su hijo aparezca; ha visto pasar las estaciones del primer tranvía y del ferrocarril, de cambuche a rancho, y de ranchos a los múltiples desalojos que el barrio ha vivido, le han tocado los comités de trabajo y la construcción de las zonas comunitarias, y la petición de un sueño de la comunidad para la construcción del Centro Cultural en el que espera ver a su hijo algún día.

Rosita buscó primero, en 1984, a su hijo en la montaña de basura de 30 metros de alto con una extensión de 3 hectáreas. Hoy, después de apoyar la cocina popular, me dice: “Lo que me dicen es que lo mataron por estar viendo lo que no tenía que estar viendo, pero yo no creo; que se puso a mirar una cosa ahí en un callejón en lo que ahora se llama Choco Chiquito. Yo por eso mejor aprendí a leer, fue pasito a pasito y muy lento, pero tuve la oportunidad de leer esas mentiras. Yo sé que mi hijo está vivo”.

Deja un comentario