Arnoldo Palacios, una literatura negada

Por Carolina Zea Fernández

Foto: Línea Errante

En las riberas del río Atrato, entre el calor húmedo y el verdor infinito, hay un pueblo llamado Cértegui, donde nació el escritor Arnoldo Palacios. En el Chocó, Arnoldo creció rodeado por la selva y el hambre, por una riqueza mística y cultural extraordinaria y por el racismo y la pobreza. Se marchó de su tierra y anduvo con sus muletas por Bogotá y Europa. Escribió y fue catalogado como uno de los precursores de la literatura afrocolombiana. Sin embargo, poco se ha dicho sobre Arnoldo. Su obra y él han sufrido la injusta condena a la marginación.

Como este año se cumplen cien años de su nacimiento, el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes declaró el 2024 como el año Arnoldo Palacios. Declaración que le costó una acervada crítica por parte de los medios convencionales, quienes hallaron en el reconocimiento un afán de solidaridad del gobierno con el escritor, por sus ideologías políticas y sus simpatías con la izquierda. Para estos críticos, Arnoldo no es merecedor del reconocimiento, a pesar de la grandeza y la pertinencia de sus propuestas literarias. No resulta sorpresivo, pues, que en el año Arnoldo, poco se ha dicho sobre Arnoldo. Su ausencia en las agendas culturales de las bibliotecas y universidades ha sido multiplicada por los muchos eventos en torno al centenario de La vorágine. Los medios de comunicación no hacen más que hablar, como siempre lo han hecho, de García Márquez. Y sobre Arnoldo: nada.

Y es que Arnoldo, desde siempre, sufrió la negación. Su propio origen le fue negado, pues su apellido no es el de sus ancestros, sino el del colono esclavista de sus abuelos. La primera novela que escribió fue rechazada por apartarse de los temas tradicionales. Tuvo que desistir, con escenario montado y actores preparados, de presentar una obra de teatro el mismo día que la iban a estrenar porque amenazaron con asesinarlos. Se marchó a París a estudiar con una beca otorgada por el Congreso, gracias a que un compatriota suyo y senador propuso modificar las condiciones de la beca para que incluyera a las personas del Chocó. Una vez en París, le quitaron la beca por hablar de la violencia en Colombia en el Congreso Internacional de la Paz. Luego, se casó con una mujer francesa, procedente de una familia noble, a quien despojaron de toda su herencia por haberse casado con un negro.

Y aún hoy su voz y la del Chocó siguen siendo negadas. Durante su vida y después de su muerte, en 2015, su obra ha sido desconocida en el país, a pesar de que Las estrellas son negras, su primera novela publicada, es catalogada como una de las novelas fundadoras de la literatura afrocolombiana. Esta novela es el relato la vida de un joven cuyo entorno y condiciones le han negado cualquier posibilidad de vivir dignamente. Y es, a su vez, el retrato de todo un pueblo. Arnoldo, con su sensibilidad, ha sabido transponer la realidad de Quibdó en el retrato crudo, orgánico y conmovedor de un día en la vida de Israel, a quien llaman Irra, el protagonista de la novela.

Su lectura estremece. Sorprenden las imágenes que recrea de la miseria, la pobreza, el hambre. Son imágenes que algunos han descrito como molestas o incómodas, pero es que el hambre, la pobreza y la miseria son insoportables e incómodas en la realidad.

La escritura de Arnoldo es honesta y audaz hasta en su estilo. No desea maquillar ni adornar. No desea hablar de la belleza y la exuberancia del Chocó, ni explayarse en elucubraciones y contemplaciones. Habla del hambre que no deja pensar. De la tristeza y el desconsuelo que se van cuajando con la injusticia. De la miseria que cierra el horizonte de un pueblo que se cree signado por la desgracia, cobijado por un cielo en el que no brilla más que la angustia que produce no saber cómo arreglárselas en el nuevo día, por un cielo de estrellas negras.

Habla, además, de la pobreza irresoluble que impulsa a la necesidad de migrar en busca de nuevas oportunidades, mostrando la injusticia que hay en que el hambre obligue al corazón a desprenderse del lugar en el que están todos sus afectos. Y de la impotencia de no poder cambiar el mundo ni tan siquiera la situación de su familia. Toda esa impotencia ante la realidad, que parece una extensión de la esclavitud.

La novela es atrevida en muchos sentidos. En su propuesta estética, en sus denuncias, en darle voz a lugares y a personas a las que se les ha negado históricamente la posibilidad de ser contadas. “En antropología se observa que vienen a decirnos quiénes somos nosotros. Yo encuentro en mis viajes a intelectuales que me explican quién soy yo; a lingüistas que dicen, incluso en la propia Europa o en España, qué es la lengua que habla el negro del Chocó. Y explican eso a su manera. Pero a mí no me permiten que yo diga lo que soy yo”.

Ante esto, Arnoldo responde con personajes que hablan en la lengua del Chocó, que es también una lengua negada, tachada de incorrecta. Este uso consciente y significativo del lenguaje reivindica una forma de hablar que ha sido desestimada y denuncia la marginalidad y el abandono de quienes le dan voz.

La mayor parte de la crítica que hay sobre la novela se ha limitado a deslegitimar su propuesta formal. Basta que una obra no cumpla con el canon estilístico para que sea excluida. La situación se agrava cuando, además, trata temas sobre los que nadie quiere volver la mirada. Esta novela ha sido vista como literatura menor, que no hace más que hablar desde el resentimiento. Algunos incluso se han atrevido a hablar de un afropesimismo.

Si señalar la injusticia de la realidad, si señalar que en un lugar de este país hay personas muriendo de hambre, hay personas que no pueden realizar sus vidas y sus esperanzas más pequeñas por el despojo y la miseria; si denunciar que hay personas que viven en condiciones indignas e inhumanas, que deberían avergonzar y conmover a cualquier ser humano con un mínimo de consciencia y sensibilidad ante el otro; si mostrar eso se entiende como una muestra de resentimiento, de queja, de lamento o de pesimismo, tendríamos que preguntarnos por el lugar que ocupan quienes lanzan tales afirmaciones. Algo así solo se puede enunciar desde el privilegio obnubilado y egoísta, que desconoce la importancia y la necesidad de estas prácticas que se presentan como una resistencia ante un mundo cruel e injusto.

Esto deja el sinsabor de que la producción literaria en este país es solo para quienes han tenido el derecho a decir. Porque lo compran, porque tienen la validez de su educación, porque pertenecen a cierto grupo social. Y quienes han sido y siguen siendo negados y acallados, parecen seguir estando condenados al silencio. O al menos eso quieren los privilegiados.

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