Por Álvaro Lopera

«El triunfo, el golpe, las actas, la injerencia y el imperio», Montaje digital de Álvaro Lopera
El artículo 9 de la Constitución colombiana dice, en términos someros pero muy precisos, una verdad que debe ser cumplida obligatoriamente por los gobernantes, so pena de violar su espíritu: “Las relaciones exteriores del Estado (colombiano) se fundamentan en la soberanía nacional, en el respeto a la autodeterminación de los pueblos y en el reconocimiento de los principios del derecho internacional aceptados por Colombia. De igual manera, la política exterior de Colombia se orientará hacia la integración latinoamericana y del Caribe.”
De este sencillo enunciado se desprende que ningún gobierno colombiano puede entrometerse en situaciones nacionales extranjeras, que solo los pueblos deben resolver soberanamente. Salvo que, en algún país, haya una violación masiva de derechos humanos o del derecho internacional humanitario, tal como sucede en Palestina con el genocidio que está ejecutando sin tapujos Israel desde el 7 de octubre del año pasado.
Latinoamérica, ese objeto oscuro del deseo
Es por todos conocida la importancia geoestratégica y geoeconómica de Venezuela, país ahíto de riquezas, principalmente petrolíferas (es el primer país del mundo en reservas), pero también de agua, oro y todo tipo de minerales. Y por eso viene siendo golpeado abiertamente por Estados Unidos desde el momento en que el gobierno demócrata de Obama denominó, en 2014, a Venezuela y a su gobierno como un problema de seguridad nacional. Desde ese año han impuesto más de 930 sanciones económicas, equivalentes a un bloqueo, que han llevado a grandes crisis productivas y a la gran diáspora venezolana.
La campaña mundial de medios públicos (DW, BBC) y privados (Washington Post, New York Times, Semana, Caracol, RCN, youtubers, X, Facebook, Instagram, Tik Tok, trolls, etc.), controlada por Estados Unidos contra el hermano país desde el momento mismo de la muerte de Hugo Chávez Frías en 2013 (cuando calcularon que la fruta de la caída del gobierno bolivariano ya estaba madura), nos ha desinformado y manipulado lo suficiente como para no distinguir la realidad de la fantasía. A lo anterior se suma la afonía y alcahuetería de la izquierda neoliberal europea gobernante, pues ahora su política se rige por el marco de la democracia liberal, tan venida a menos en ese continente en donde desapareció la libertad de prensa, el pensamiento crítico, el asilo político y el acogimiento a los refugiados.
En la época de la decadencia de la hegemonía norteamericana y del mundo basado en sus reglas, el patio trasero latinoamericano es ahora uno de los objetivos estratégicos del comando sur, dirigido por la generala Laura Richardson. El imperialismo de las corporaciones empieza a deshojar margaritas con la Argentina de Milei, el Chile de Boric, que le está abriendo el camino al fascismo; con Paraguay, Uruguay, Panamá, El Salvador, República Dominicana, etc., y con el ministerio de colonias (OEA) del cancerbero Luis Almagro.
Latinoamérica se debate en un espasmo político producto de muchos fenómenos que nos paralizan como pueblos: los cantos de sirena de un progresismo débil, amarrado a concesiones dadas a sectores de la derecha con las que llegaron al gobierno, y unos pueblos mayoritariamente desmovilizados, salvo los pueblos de Venezuela, Cuba y Nicaragua. La Internacional Progresista, nacida en Estados Unidos, está más interesada en lavarle la cara al imperialismo y al capitalismo, escondiendo el verdadero rostro de estos e intentando revender la idea de la democracia liberal como estadio superior de la verdadera democracia; y todavía no aflora en el horizonte una internacional popular que sea punta de lanza contra esta embestida imperialista en nuestro continente, a lo que se agrega, como Casandra de desastres, la crisis política de Bolivia, en donde hay un enfrentamiento interno en los sectores indígenas que solo beneficia a la derecha fascista de ese país.
El caso Venezuela
Llegaron las esperadas elecciones presidenciales del 28 de julio. Y claro, los exégetas del departamento de Estado y de los dos partidos norteamericanos se lanzaron a dirigir la campaña: “Ganan nuestros candidatos de extrema derecha (Edmundo González y María Corina Machado) o es fraude, porque el gobierno bolivariano tiene a todo el pueblo en contra y así lo dicen las encuestas nuestras: 70% vota derecha y solo el 30%, Maduro”. La verdad revelada o, mejor, el desespero del imperialismo, impulsó la campaña de la supuesta restauración del protectorado venezolano. “Venezuela para nosotros”, era la traducción de su propaganda.
Los hechos son tozudos. Ganó Maduro en unas elecciones acompañadas por más de 900 observadores internacionales, de los cuales ninguno era de la Unión Europea (gran intervencionista) o del gobierno norteamericano, puesto que no hay relaciones diplomáticas con ese país. A lo que se añade que el sistema electoral es electrónico y siempre fue calificado por la vieja Fundación Carter, ahora travestida en otra agitadora más del departamento de Estado, como el más confiable del mundo.
¿Solidaridad o injerencismo?
Y saltaron a la palestra dos gobiernos “amigos”: Colombia y Brasil, solicitando actas, urgiendo al gobierno bolivariano que demuestre que no hubo fraude; pidiendo nuevas elecciones y hasta proponiendo un Frente Nacional, el cual fue calificado erróneamente por el presidente Petro como un ejemplo de la aclimatación de la paz luego del huracán de la Violencia en Colombia.
Ante la investigación de la Sala Electoral del Tribunal Supremo de Justicia, el que tiene la última palabra en Venezuela, como en cualquier país, y que dio como resultado el fallo que avaló los resultados emitidos por el Consejo Nacional Electoral en la madrugada del 29 de julio, ambos presidentes, en un comunicado conjunto, se refirieron a ello despectivamente y aseguraron que lo tendrán en cuenta y que siguen en contacto con todas las facciones en pugna, como si la prudencia hubiera desaparecido de su entorno.
Lo cierto del caso es que Venezuela sigue su curso apoyada por muchas naciones amigas que, sin intervenir más allá de la solidaridad diplomática, avalaron el resultado. En este caso, la embajada americana nada pudo hacer, y menos podrá cuando Venezuela ingrese por la ancha puerta de los BRICS+ a intentar, con nuevas herramientas geoeconómicas y geopolíticas, llevar a efecto el viejo sueño libertario de Bolívar, como preámbulo de la verdadera libertad.
El mundo se debate en un marco de lucha por el multipolarismo que, si bien no es la utopía de los pueblos, sí ayudaría en el entretanto a subir los peldaños de la soberanía y del buen vivir, sin el garrote centenario del imperialismo del Norte Global. Esperemos que los gobiernos de Colombia y Brasil reaccionen y corrijan ante la ola de indignación y desconcierto que, con su actitud equivocada que beneficia intereses oscuros de fuerzas imperialistas, han generado al interior de los pueblos latinoamericanos.
Nuestro Norte debe ser el Sur, no el imperialismo del Norte.
