Por Yuliana Sánchez

Ilustración extraída de jovencuba.com, autor: Félix M. Azcuy
En los pasados Juegos Olímpicos, la imagen de la boxeadora italiana Ángela Carini, de rodillas llorando en el ring, suscitó emociones y sentimientos de todo tipo; uno de estos fue la indignación por el triunfo de la argelina Imane Khelif, que algunxs calificaron como “injusto”, tal como lo expresó la escritora J.K. Rowling en uno de los tweet que escribió al respecto y que acompañó con una fotografía de las dos boxeadoras unos minutos después de que la italiana desistiera de continuar con la pelea: “La sonrisa de un hombre que sabe que está protegido por un establishment deportivo misógino que disfruta de la angustia de una mujer a la que acaba de golpear”.
Imane había sido descalificada por la Asociación Internacional de Boxeo (IBA) en el mundial de 2023. Dicho organismo argumentó que, en los resultados de las pruebas de verificación de género realizadas a Khelif, aparecía un cromosoma Y; afirmación que la IBA no llegó a sustentar con ninguna evidencia.
Entre los distintos rumores que surgen a partir de la polémica pelea, hay uno que ha sido utilizado tanto por quienes atacan a Imane como por quienes defienden su triunfo. Se trata de su supuesta condición de hiperandrogenismo. El COI se ha limitado a defender la participación de Imane, asegurando que todas las y los atletas admitidos en los Juegos Olímpicos cumplen con las normas médicas y de elegibilidad de la competición, esto sin hacer ninguna referencia explícita al historial clínico de la boxeadora, garantizando así su derecho a la privacidad.
De manera que, lo que en este artículo se plantea a partir del caso de Khelif, parte de admitir como cierto el amplio supuesto de lo que biológicamente se interpreta como un exceso de andrógenos en el cuerpo de la deportista. Con “amplio” me refiero a que, “el exceso” de testosterona sería solo un síntoma y no la condición diagnosticada, ya que los niveles altos de testosterona en las mujeres tienen múltiples causas, y solo una de ellas es un tipo de intersexualidad. Es decir, aun confirmándose este rumor, no sería posible afirmar que se trata de un caso de intersexualidad, que es lo que han denunciado los detractores de la boxeadora.
La única certeza que se tiene es que la apariencia no estereotípica de la argelina, el dictamen sin sustento de la IBA, y la decisión inesperada de su contrincante europea, desatan una vez más un conflicto frecuente en la celebración de las olimpiadas; una discusión biomédica (y biopolítica) que surge por primera vez en el escenario de la Guerra Fría, cuando las atletas de la Unión Soviética despertaban sospechas acerca de su género por su alto rendimiento. Poco ha cambiado la cuestión desde entonces, el argumento para poner en duda la identidad sexual de una deportista que se reconoce y se presenta como mujer, sigue siendo una habilidad “inusual” en dicho género… “Yo entreno con mi hermano”, enfatizó la italiana, “pero, hoy he sentido demasiado dolor”.
Demasiada fuerza o demasiada velocidad despiertan la misma sospecha, y parecen tener una misma explicación: “demasiada testosterona”. En todo caso, el problema es el “exceso”, y para esto es necesario que exista un límite que pueda ser sobrepasado. Ahora ¿Cuáles son los criterios para determinar cuánto es demasiado? Y ¿Por qué es demasiado?
La ciencia, y con ella la estadística, cumplen un papel fundamental no solo a la hora de intentar dar respuesta a estas preguntas, sino en la elaboración misma de los mencionados reglamentos a partir del paradigma biológico del dimorfismo sexual, esto es, la existencia de diferencias fenotípicas entre individuos de una misma especie, pero de diferente sexo.
El prefijo “di” implica que “lo normal” es que tales diferencias se presenten únicamente de dos maneras, y es aquí donde subyace la raíz del problema. Científicamente el sexo está definido a partir de cuatro componentes: el sexo cromosómico; el gonadal (ovarios y testículos); el hormonal, y la morfología externa de los genitales. El dimorfismo se sustenta en conceptos estadísticos como la media y la moda, entendidas como la tendencia central, es decir, las cifras hacia donde se agrupan una mayor cantidad de datos.
En la media de la población mundial, la combinación de estas cuatro características fisiológicas efectivamente se da de dos formas; por ejemplo, la mayoría de personas que tienen una vulva, tienen también dos ovarios que producen óvulos y sus cromosomas son XX. La cuestión significativamente problemática es que aquellos cuerpos en los que se presenta una combinación que no encaja en dicho promedio estadístico, también forman parte de la sociedad, también construyen identidades; pero, la patologización a la que son sometidos llega a expresarse en sanciones sociales tan violentas e injustas, como las que pueden verse en los distintos casos de mujeres a las que han señalado de impostoras, porque una institución deportiva viola su intimidad haciendo públicas unas supuestas “evidencias científicas” con las que se pretende sustentar un juicio, tan inaprensible, como el de afirmar que estas mujeres son realmente hombres.
Lo anterior, en el caso de otras deportistas, como la atleta María José Martínez, ha implicado no solo la destrucción de su carrera deportiva, sino la de una parte importante de su vida social y afectiva. Inesperadamente, en este caso, el órgano regulador respaldó a la argelina.
La medalla de oro de Imane Khelif representó un triunfo para muchos grupos históricamente violentados: para las expresiones corporales divergentes; para los grupos racializados; para los migrantes; y, además, una necesaria victoria para el pueblo árabe. Sin embargo, mientras la comunidad científica insista en mantener un modelo dicotómico del sexo, continuarán reproduciéndose las múltiples violencias ejercidas sobre los cuerpos que no encajen en dicho modelo, así como las distintas formas de dominación de unos cuerpos sobre otros, a través de una falsa diferenciación de sus capacidades fisiológicas, que sirve como base biológica para legitimar la predeterminación de unos roles sociales que históricamente han llevado a las mujeres, y a todos los cuerpos feminizados (cuerpos racializados y cuerpos enfermos) a tener que asumir luchas inagotables para que su humanidad sea plenamente reconocida.
