Por Rubén Darío Zapata

Foto: Mariana Hoyos
A las tres de la mañana lo sacaron de la escuela, escoltado por los padres de familia, que lo estaban cuidando. “Profe”, decían, “mejor lo sacamos, porque no queremos que de pronto le pase algo. Nosotros ya hemos visto muchas cosas aquí, que los amarran y los dejan empalados en mitad de camino, les cortan la cabeza, en fin. Y no queremos un profesor muerto aquí”.
Fernando llevaba tres meses en la institución y en la zona, donde se estaba estrenando como docente, recién salido de la Universidad y después de ganar el concurso docente. Por eso sintió que aquello era una especie de bautizo de la selva.
¿Por qué Urrao?
Según cuenta Fernando, su llegada a Urrao fue más bien el resultado de su desconocimiento del territorio. La opción era un pueblo más cercano, que le permitiera seguir con su maestría en la Universidad de Antioquia. Pero no le dio el puntaje, entonces lo más cercano que quedaba era Urrao (o eso creía). “Terminé en Urrao porque pensaba que la sede era cercana al pueblo, pero me encontré con que la escuela queda a ocho horas del casco urbano, entrando por la vereda más cercana. Hay otra entrada por donde se puede demorar uno hasta 12 horas”.
Terminó en lo que reconoce como ruralidad dispersa. En una escuela que funciona como una especie de centralidad en el vacío, la casa más cercana puede quedar a más de una hora, y la mayoría de los estudiantes tienen que caminar hasta tres horas y más para ir a la escuela y después hacer el mismo recorrido de regreso.
El abandono absoluto
Llegó en enero y se encontró con una escuela en precarias condiciones, donde él ni siquiera contaba con un salón para desarrollar las clases. Apenas una casita humilde de tres espacios: en uno está la cocina y en otro está el dormitorio de los profes, y el último espacio es el salón de primaria, que recibe a 26 niños. A él, profesor de posprimaria, le tocaba entonces dar clase en una caseta: cuatro palos sobre los que se asentaba un techo de eternit.
“Lo triste”, dice Fernando, “fue enterarme que eso no solo me pasa a mí, sino que pasa en casi todas las escuelas de la ruralidad dispersa en Antioquia. Crearon el modelo de posprimaria para responder a la necesidad de atender esas necesidades educativas de la población, pero no crearon la infraestructura”. En la escuela hay internet porque lo pagan los profesores, quienes no se resignan a quedarse incomunicados del mundo. Entonces lo comparten con los estudiantes y demás gente de la comunidad, pues no hay otra opción para que ellos puedan acceder al servicio.
Pero el internet, como es obvio, solo funciona con energía. Y en la escuela la energía se proveía por medio de un panel solar. Hace un tiempo el panel se dañó y no ha habido autoridad ni entidad que se haga cargo de su reparación o reposición.
El choque educativo
Fernando es licenciado en ciencias sociales de la Universidad de Antioquia. Y la plaza que está ocupando se ofertó en la convocatoria como una plaza para licenciado en ciencias sociales rurales. Pero los modelos de educación en la selva no funcionan como el modelo convencional. No hay un profesor para cada área, sino que el profesor se encarga de todas las áreas en todos los grados.
Por lo demás, las guías con las que deben desarrollar sus cursos están descontextualizadas, según Fernando, para la ruralidad dispersa. Los temas y contenidos que proponen no piensan el contexto del campesino rural, ese que tiene que caminar tres horas para llegar al colegio y al regreso llegar a ordeñar. Las actividades y estrategias que se proponen vinculan, por ejemplo, las tic. Pero allá no hay computadores, no hay internet, no hay ni siquiera energía. Por lo tanto, no hay forma de materializar esas estrategias. Dichas guías no piensan, por ejemplo, en el contexto de violencia generalizada que reina en el territorio y que condiciona la vida de la gente, como que una estudiante de 25 años de sexto grado tenga que pedirle permiso al esposo para poder ir a estudiar.
Otro tema que generalmente hay que afrontar es el de estudiantes de octavo grado que no saben leer, que los ha arrastrado el sistema durante todo el tiempo, porque desde hace unos años el modelo educativo adoptado en Colombia señala que el estudiante no puede perder el año.
Con todo y ello, Fernando reconoce que la respuesta de los chicos y chicas ha sido, en general, maravillosa. Son estudiantes muy nobles. “Yo tenía que haber salido del territorio desde marzo, pero seguía apostándole a permanecer en la zona por los y las estudiantes. Ellos también merecen que les quitemos ese estigma con el que los hemos cargado. Uno habla con otros profes y siempre escucha la queja de que estos chicos no saben nada, que qué pesar. Hay como una especie de victimización”.
Si uno no analiza el contexto y no planea en función de ese contexto, es imposible que los estudiantes comprendan al profe, sus intenciones y propósitos. “Yo no puedo ir a la ruralidad a hablar de aviones y carros porque ellos a duras penas han visto pasar un avión. Hay chicos que nunca han ido al pueblo y llevan 16 años metidos en la vereda, por lo tanto, ni siquiera conocen un carro. Si les hablan de la chiva saben qué es, pero nunca se han montado en una”.
Algo que le ayudó a Fernando a adaptarse al entorno y emprender nuevos retos fue el acompañamiento de la profesora Camila, la única que estaba en la institución cuando él llegó. Ella tenía la fortuna de ser de la zona y llevaba más de nueve años trabajando en la escuela. Juntos crearon un semillero universitario y a través de él consiguieron varias becas para que algunos egresados de la escuela estudien carreras universitarias relacionadas con sus territorios. También gestionaron computadores y otros elementos necesarios para el desarrollo de una carrera e instituyeron un día el fin de semana para trabajar con ellos en sus tareas y demás compromisos académicos.
Convivencia en el hacinamiento
Hasta marzo de este año en la escuela estuvieron viviendo, en el salón acondicionado para el dormitorio de los profesores, Fernando y Camila, que dormía con su hijo de ocho años. Después llegó otra profesora, también con su hijo de 11 años, que debía vivir en el mismo espacio. Ahí empezaron a tensionarse los asuntos de la convivencia. Seguramente en la tensión puede tener influencia, como reconoce Fernando, el hecho de estar a ocho horas del pueblo, lo cual desincentiva la salida los fines de semana, pues habría que disponerse a pasar 16 horas de dicho fin de semana en camino.
Fernando reconoce que, en principio, podía deberse a choques culturales, pues la nueva profesora era de origen chocoano y a veces tenía prácticas que para ellos no eran naturales. Una de esas era la costumbre de orinar en una bacinilla dentro de la habitación, aunque el baño estaba a menos de tres metros, y almacenar los orines hasta que la bacinilla estaba en el tope. El otro problema tenía que ver con el uso de la loza, que, aunque era de la profesora Camila la usaban todos. “El problema es que la profesora nueva tenía la costumbre de acumular la loza en la habitación, sin lavar, hasta que ya se había ensuciado toda”.
La situación se complicó, definitivamente, el día en que la profesora Camila sorprendió al hijo de la otra profe intentando abusar sexualmente del suyo. No obstante, cuando Camila y Fernando le comentaron el asunto a la profe, esta lo que hizo fue negarse de tajo a aceptarlo y más bien se fue a hablar con el grupo armado dominante de la zona, las Autodefensas Gaitanistas de Colombia, AGC, que habían montado un campamento de unas 90 personas a las afueras del colegio. Los armados mandaron a llamar a la profesora Camila y a Fernando para tener una reunión con ellos, pero ambos se negaron, aduciendo que ya habían puesto el caso en conocimiento de la institución, que era quien debía resolver el asunto. Fue entonces cuando los padres de Familia sacaron a Fernando de la escuela en una madrugada, para evitar que pudieran hacerle algo.
Multas por todo
Cuando Fernando llegó a la gobernación a exponer su situación se encontró con que, como no había una amenaza directa, él no podía abandonar su puesto de trabajo y, por tanto, debía regresar a la escuela. La situación parecía calmada, y los señores de la Junta de Acción Comunal los tranquilizaron, asegurándoles que ya habían hablado con los comandantes y que ellos no los querían tener como amigos sino como aliados.
Un día en que Fernando no estaba en la escuela, Camila y la profesora nueva tuvieron un problema y ese fue el motivo para que el grupo armado volviera a intervenir. Entonces decidieron que les iban a cobrar multas. “Es que allá se cobra multa por todo; esa es la manera de resolver los problemas. Si usted inventa un chisme y se comprueba que es un chisme le cobran una multa de un millón quinientos. Si se roba una cabeza de ganado la pena es la muerte”.
Lo curioso son los criterios valorativos con los que se establecen las multas. El robo, por supuesto, puede y suele ser castigado con mayor severidad que una violación. Hace un tiempo se supo que unos padres de familia habían violado a una estudiante. Y lo resolvieron los hombres del grupo armado cobrándole a cada uno cinco millones de pesos. “Lo peor es que la multa ni siquiera era para reparar en algo el daño moral de la chica, sino para las arcas del grupo armado. Es simplemente una de sus formas de financiación”.
El poder del chisme
Según Fernando, el medio de comunicación más eficaz en el territorio es el chisme y también el más peligroso. Un día al final de la semana, cuando Fernando estaba en la escuela con uno de los estudiantes del semillero, lo increparon unos hombres de la comunidad, con machete en mano, y con la profesora nueva entre ellos, reclamándole porque discriminaba mucho a la profe. Lo exhortaban a que saliera y los enfrentara como hombres, porque ellos no iban a permitir que siguieran maltratando así a una persona por mujer y por afro. Lo que él hizo fue encerrarse, esperar a que se calmaran y se fueran.
Después, la profesora mandó a la secretaría de educación una carta en la que acusaba a sus compañeros de acoso laboral. Según la misma secretaría, la carta se centraba en varios comentarios subjetivos que no había forma de comprobar. Luego empezaron a circular otros rumores más ordinarios, pero más peligrosos, que según Fernando nadie decía de dónde venían, pero podía adivinarse. Se decía que el profesor Fernando tenía un amorío con uno de los comandantes de las AGC en el territorio. Eso sí puso sobre aviso al profe. “Yo he vivido mi homosexualidad muy tranquila y abiertamente. Pero ese es un lujo que uno no puede darse en un pueblo ultraconservador como Urrao, donde un señalamiento de homosexualidad es casi una sentencia de muerte”.
El peligro venía de varios lados. De algunos fanáticos heterosexuales de la comunidad que podían asumir la homosexualidad en sus cercanías como una ofensa particular contra ellos. De algunas disidencias de las FARC que, de tanto en tanto, hacen presencia en la zona y que lo podían asumir como objetivo militar al verlo así relacionado con un comandante de las AGC. Y del propio comandante, cuyo chisme lastimaba su hombría. Así supo Fernando que debía partir.
Sin embargo, hizo un último intento en la semana institucional de septiembre, en la sede principal de la escuela. Esperaba analizar mejor la situación para tomar la decisión. Pero entonces la profesora le puso un mensaje escrito en que le advertía que ya había hablado con la gente de las AGC para que no lo dejaran volver al colegio.
Desde entonces está en Medellín. Ninguna autoridad le ha resuelto nada, ni las demandas ante la Fiscalía ni el pedido de traslado ante la secretaría de educación departamental. Y en todo esto los más afectados son sus estudiantes. Pues ahora las clases (si así pueden llamarse) se realizan de manera remota. Ni siquiera virtual porque no hay energía para la conexión. Entonces lo que hace es que le manda los materiales a la profesora Camila para que los imprima y comparta con los estudiantes, y reciba luego las actividades y se las envíe a él. Si antes la educación de estos chicos era precaria, la que están recibiendo hoy no tiene nombre.
