Por Álvaro Lopera

magen: «La narrativa palestina resiste la persecución», Montaje Digital Álvaro Lopera
La historia la escriben los vencedores… y el sionismo la sigue escribiendo y reescribiendo sin que deje asomar un atisbo de sufrimiento palestino. Los medios occidentales y las editoriales de todo el mundo, cabalgan a la velocidad de los intereses de Israel y del sionismo mundial que se ha esparcido como las diez plagas de Egipto. La narrativa palestina y árabe en general se ha ocultado o se ha eliminado de la mirada crítica de los pueblos, y para ello la guerra conveniente que ha lanzado el sionismo contra la Palestina histórica ha apuntado, aparte de la limpieza étnica, al desaparecimiento de las raíces milenarias del verdadero pueblo semita que siempre la habitó, el pueblo palestino, para apuntalar el mito sionista de que Palestina era una tierra sin pueblo. Y en el Norte Global, en especial en Estados Unidos, lanzaron, casi desde el nacimiento del sionismo, en el Congreso de Basilea de 1897, la manipulación cultural planetaria como nueva baza, cuando desde la visión supremacista propagaron (lo que Edward Said denunció en su libro Orientalismo) la idea de que la “subcultura” de los pueblos de Oriente cercana a la barbarie es casi una enfermedad, que debe ser adaptada o erradicada con la mano y el arma colonialistas.
Ocultar el relato, la narrativa, desde la perspectiva de los que vivieron en su territorio por miles de años y de los que ahora son refugiados en su tierra, es un objetivo de la propaganda mediática sionista de la redención judía, que se vende justiciera tras el holocausto en la Alemania nazi (que se ha usado para legitimar todos los excesos sionistas) y que se ha dado sobre la base del desarraigo de un pueblo que, históricamente, acogió en su seno a todas las culturas y religiones del planeta.
Permiso para narrar
El escritor e intelectual palestino-americano Edward Said, autor de libros y textos relacionados con la causa palestina, en 1984 escribió un ensayo denominado Permiso para narrar, en donde habla del silenciamiento y de la interpretación que se ha dado a la historia y la cultura del pueblo palestino. Critica férreamente el cierre de posibilidades de la narrativa palestina después de la década de los años 80 del siglo pasado, cuando Israel inició, tras la invasión del Líbano en 1982, las grandes campañas para afianzar la posesión de los territorios que tomaron en la guerra de los seis días de 1967.
El asedio al Líbano, la gran masacre del campo de refugiados palestinos en asocio con la falange cristiana, y la gran destrucción de ese país, pasaron de agache y, por el contrario, los grandes medios mundiales propagaron los nuevos mitos impulsados tenazmente por la propaganda sionista: democracia israelí (la única del Medio Oriente), pureza de armas israelí, benigna ocupación, ausencia de racismo contra los árabes en Israel, terrorismo palestino, paz para Galilea, etc.
Editoriales americanas y europeas cerraron las puertas a informes tales como el de la comisión internacional de seis juristas, encabezada por Sean MacBride, que se encargó de investigar la invasión del Líbano y sus derivaciones, y que concluyó que “Israel fue culpable de actos de agresión contrarios al derecho internacional; que utilizó armas y métodos prohibidos; que bombardeó de forma deliberada, indiscriminada y temeraria objetivos civiles – «por ejemplo, escuelas, hospitales y otros objetivos no militares»-; que bombardeó sistemáticamente pueblos, ciudades, aldeas y campos de refugiados; deportó, dispersó y maltrató a la población civil; que no tenía razones realmente válidas «en virtud del derecho internacional, para la forma en que llevó a cabo las hostilidades o para sus acciones como fuerza de ocupación»; que fue directamente responsable de la masacre de Sabra y Chatila en septiembre de 1982”.
Edward Said, en su ensayo, hace una observación que habla de la ratificación del deseo de destruir los cimientos de su pueblo desde la narrativa posible del nacionalismo árabe: “Algo más estaba en juego en la invasión sionista al Líbano, y ese algo fue, en mi opinión, la inadmisible existencia del pueblo palestino, cuya historia, actualidad y aspiraciones, como poseedor de una dirección narrativa coherente que apuntaba hacia la autodeterminación, fueron el objeto de esta violencia”. Todo ello se confirma con la realidad insoportable del resto de territorios ocupados que resisten y luchan por la autodeterminación, muy a pesar de la falta de apoyo y la incomprensión de los gobiernos árabes, y de la mano del Norte Global en donde siguen siendo amplificadas las palabras “terrorismo, guerra civilizatoria, luchamos contra animales no humanos”, dándole de nuevo la razón a ese Israel que, según la narrativa imperialista, es un “país del cual solo proceden actos en afirmación del bienestar del ser humano en tanto cumple con todos los cánones de una democracia occidental”.
Said, como un pregonero inagotable de su pueblo, puso a resonar su voz sin importar el paso de los tiempos. Aseguraba en su escrito militante, en el tiempo en que todavía apoyaba la idea de dos Estados (el palestino y el israelí), que “en la medida en que Occidente ha dotado complementariamente al sionismo de un papel para desempeñar en Palestina junto con el suyo propio, se ha opuesto a la narrativa quizá humilde de los palestinos nativos que una vez residieron allí y ahora se reconstituyen a sí mismos en el exilio en los Territorios Ocupados”.
Pero más tarde, antes de su muerte en 2003, Said optó por lanzar el apoyo moral y ético a un solo Estado laico en donde convivieran palestinos y nacionalidades o religiones que quisieran compartir democráticamente ese espacio que siempre había sido una casa abierta para todos los pueblos. Este cambio de perspectiva frente a la posible solución al conflicto en Palestina ocurrió tras el papelón que jugó la OLP (Organización para la Liberación de Palestina) de Yasser Arafat al firmar los acuerdos de Oslo en 1993, que dieron origen a una ANP (Autoridad Nacional Palestina), apéndice de Israel, y al ver que el sionismo seguía construyendo asentamientos en Cisjordania y asesinando a hombres y comunidades comprometidas con la resistencia, todo con el silencio cómplice y la corrupción de esa Autoridad palestina.
El cine palestino: muestra de la persecución de la narrativa
El archivo del cine palestino que hasta los años 80 consiguió reunir un centenar de películas, incluidas algunas cintas anteriores a 1948, fue saqueado por la entidad sionista en la invasión del Líbano de 1982. Como lo escribe el periodista español José Manuel Rambla (en el portal elsaltodiario.com): “el pueblo palestino, al igual que en 1948, volvía a ver cómo su cine desaparecía. Y con él la memoria de varias generaciones, el relato con voz propia de su historia.Si la Nakba implicaba la negación de la existencia del pueblo palestino, anular su representación cinematográfica se convertiría en objetivo estratégico de Israel.”
En los tiempos posteriores a ese genocidio en el Líbano, el cine palestino, como narrativa propia, empezó a recuperar el tiempo perdido; pero sigue desaparecido de las redes sociales, salas de cine, streamings o main streams de los festivales de cine y hasta de las críticas de este arte.
Y, detrás del telón, en la penumbra, la mano siniestra del sionismo internacional sigue blandiendo las negras tijeras de la censura.
