Por Aníbal Pineda Canabal

Ilustración: Victor C. Cuartas
La propaganda política es algo de invención reciente. La pensadora alemana Hannah Arendt la hacía remontar al primer socialismo del siglo XIX y a varios de sus grupos: saint-simonianos, fourieristas, owenistas, llamados según el nombre del líder o fundador de cada movimiento. Convencidos de la necesidad de una reforma social urgente y conmovidos sinceramente por la miseria de las masas, estos primeros socialistas, para difundir sus ideas, copiaron el modelo de evangelización eclesiástico: en actividades que llamaban “apostolado”, iban de dos en dos anunciando entre los obreros, por suburbios y fábricas, la necesidad de un cambio social que, creían, se lograría aplicando las doctrinas de su líder; organizaban reuniones en que, al modo de un servicio religioso, entonaban cantos a la fraternidad universal y pronunciaban encendidos discursos sobre temas diversos.
Flora Tristán, que militó en el saint-simonismo, llegó a hacer un “tour de Francia” —la expresión es de ella— para predicar su doctrina de una unión obrera. Asimismo, desplegó intenso activismo en pro de organizaciones parecidas a lo que entre nosotros serían las cajas de compensación familiar, es decir, instituciones que ofrecen a los trabajadores servicios de salud, estudio, recreación, subsidio, entre otras. Así se constituyeron movimientos que funcionaron como verdaderos laboratorios sociales en donde, a menudo, aparecieron prácticas e ideas acerca de la organización social del trabajo, la política, el Estado, la familia, la educación de los hijos, la instrucción y emancipación general de las mujeres, la reforma del matrimonio o aun la revolución sexual.
Por haber perseguido, por medio de la persuasión, la ilustración de la conciencia y por haber sido capaces de crear una verdadera plataforma que captaba adeptos, gestionaba fondos, fundaba periódicos y órganos de difusión escritos y, en general, procuraba la politización de la clase obrera todavía incipiente estos movimientos, son tenidos por fundadores de la propaganda política en sentido moderno.
Pero la idea de propaganda venía de atrás: la palabra fue acuñada inicialmente en el vocabulario eclesiástico de la época de la Contrarreforma, cuando se decidió la creación de la llamada Congregación de Propaganda Fide, un dicasterio de la curia romana que aún hoy subsiste bajo otro nombre (la Congregación para la Evangelización de los Pueblos). Desde entonces, propaganda hace referencia a la difusión de las ideas o creencias que busca la persuasión y el compromiso ético con una causa.
Como la propaganda buscaba esencialmente un salto en la conciencia del oprimido que le permitiera entender su lugar en el engranaje social que injustamente lo condenaba a la miseria, su labor era esencialmente educativa: popularizaba la ciencia, llevaba el conocimiento económico y político a las masas, denunciaba la injusticia, planteaba soluciones o simplemente concientizaba acerca de la importancia de la acción política coordinada, más allá de la simple reyerta o del pliego de peticiones particulares. Por supuesto, también excluía tanto la mentira como la reacción puramente emocional y acrítica frente al dato de actualidad. En sintonía con el ideal ilustrado, se dirigía principalmente a una mejora general del entendimiento, como labor humanizadora y mejoradora del mundo.
La propaganda cree que el trabajador, demasiado ocupado en la búsqueda del sustento, es incapaz de elevarse por sobre su situación particular. Aunque sufre la injusticia en su propia carne, por lo general reclama tan solo el cese de su situación particular y, aun siendo capaz de vislumbrar la necesidad de un cambio en la estructura económica, es, sin embargo, incapaz de plantear los caminos para alcanzarlo en términos científicos. El proletariado necesita pues, según este criterio, la ayuda de la ciencia y de los intelectuales que adoptan el interés de clase de aquellos. La ciencia aquí no es de ningún modo despreciada, sino que, al contrario, se la considera orientadora y se le otorga prestigio en la conducción de las sociedades.
Todos los socialismos, y el libertario en particular, prácticamente desde sus orígenes vieron en la propaganda el medio común de propagación de sus ideas. Por eso promovieron frecuentes la palabra escrita destinada a convencer y las reuniones de animación que pronto hicieron que la anarquía cundiera entre las masas de trabajadores, hombres y mujeres. Algún autor del siglo XIX llegó a escribir sorprendido que no eran pocos los empleados industriales que participaban con gusto de grupos de estudio y de discusión política, incluso después de extenuantes jornadas de trabajo que superaban hasta las doce horas diarias. Estos encuentros donde se difundían ideas, se aprendía, se parlamentaba o se organizaba la acción colectiva fueron la columna vertebral de la conformación del proletariado como clase, esto es, de la toma de conciencia de su propia situación y de la necesidad de cambiarla y la identificación de intereses comunes por defender.
Pero con la invención de la propaganda vino asimismo su degradación. En manos de los gobiernos y con el auge, primero de la prensa y, más tarde, de la radio, la televisión y la Internet la propaganda política entró en una nueva fase. Dejó de cumplir su rol de esclarecedora de la realidad e iluminadora de la conciencia para desempeñar la función contraria, la de ocultar la realidad cubriéndola como de un velo gracias al cual pueda seguir imperturbable la conciencia satisfecha del mundo. El modelo inventado por los socialistas fue reemplazado, ya a finales del siglo XIX, por la comunicación tradicional de masas que pronto estuvo dispuesta a justificar el imperialismo, la colonización de Asia y África, los devaneos supremacistas de la raza o el extermino de pueblos enteros.
El siglo XX acabó de degradar la propaganda. Los nazis la convirtieron en un instrumento de control de las masas y vieron en ella la forma más eficiente de mantener entre el pueblo sus propias ficciones. La mentira se hizo descarada y el recurso a teorías conspiracionistas según las cuales el mundo o la nación es presa de un enemigo que se le oculta fue desde entonces más grotesco: para los nazis, Moisés el patrón explotaba a sus trabajadores mientras que Isaac, su hermano comunista, los invitaba a la huelga y a ambos se los tenía por responsables de todos los males de la sociedad alemana. “An allem sind die Juden schuld”, “de todo tienen la culpa los judíos”, cantaba una canción satírica de la época del nacionalsocialismo, degradación absoluta del nombre y secuestro de la tradición obrera.
Las llamadas fake news son herederas del uso degradado de la propaganda estatal, que en el régimen nazi y en los gobiernos autoritarios alcanzaron su más desastroso paroxismo. Constituyen una perversión de la propaganda socialista y la inversión de su sentido y de sus objetivos últimos. Con el mecanismo inventado, bastó la aparición de una nueva plataforma de difusión, la Internet, para que este modo distópico de comunicación de masas encontrara un nuevo impulso y adquiriera dimensiones mundiales. Cualquiera ahora puede tener un poderoso instrumento de difusión de sus ideas a escala global, con una enorme carga de malismo chabacano y lo mismo ganarse un escaño en el congreso que dedicarse a escribir panfletos antipopulares, cobrar conferencias o recibir un homenaje en el concejo de la ciudad. Las noticias falsas amenazan las libertades y el pluralismo democrático. Son la propaganda con que la ideología captura el deseo de las masas. Es deber de la facción que busca el cambio social disputar y seducir las mentes y las voluntades.
