Por Rubén Darío Zapata
Un medio día caluroso de 2011 Wilson Cartagena y su compañera Carla Giraldo llegaron a Ituango, porque Wilson, quien trabajaba como reportero para Teleantioquia, había sido trasladado a aquel municipio del norte de Antioquia. Ya habían estado trabajando en zonas con problemas de orden público, como el Bagre, Nechí, Caucasia, Tarazá y Cáceres, pero llegar a Ituango realmente le generó temor a Wilson.
Él había preguntado al todopoderoso google por las noticias sobre aquel municipio, y lo primero que le salió al encuentro fue la bomba de la calle peatonal, el asesinato de Jesús María Valle, la masacre del Aro y la Granja, etc. Pero su esposa, que era oriunda de Ituango, estaba muy contenta. Ella había sido desplazada, años atrás, de su suelo natal y todo el tiempo soñaba con volver. Entonces lo convenció de que el pueblo era muy lindo y su gente muy acogedora.
El recibimiento
Apenas llegaron al pueblo, entre curiosos y emocionados, sacaron sus cámaras y empezaron a grabar. Entonces pasó un camión del Ejército y se detuvo junto a ellos. Algunos militares se apearon y, literalmente, le arrebataron de las manos la cámara a Carla; les preguntaron quiénes eran y les advirtieron que allá no podían grabar. Wilson tenía puesta su camiseta de Teleantioquia y les mostró, además, su carnet. A pesar de ello, los militares los condujeron hacia la oficina de la SIJIN, donde empezaron a acusarlos de estar involucrados en acciones subversivas por ponerse a grabar sin permiso.

Fotos: Cortesía Proceso de Comunicaciones de Ituango
Ellos se defendieron diciéndoles a los soldados que estaban cometiendo un atropello, que violaban su derecho constitucional a informar, etc. Pero los soldados insistían en que estaban haciendo su trabajo y debían hacerlo bien hecho, precisamente por las circunstancias de orden público que había en el pueblo. Hasta que llegó un teniente, probablemente el comandante, e hizo que les devolvieran las cámaras:
- Déjenlos hacer su trabajo –ordenó-. Ya saben que en el país existe la libertad de prensa. Don Wilson es un periodista y ya les mostró su identificación. No tienen por qué retenerlo más aquí.
Ese día a las cuatro de la tarde ya estaban sentados en la calle peatonal tomando cerveza con la gente del pueblo, que, efectivamente, resultó muy amable. Les pedían que se quedaran, porque aquel era un pueblo a donde la gente no iba y necesitaban que el país supiera lo que allí sucedía, no solo las noticias del conflicto. En la mesa alguien, sin embargo, les advirtió que, por seguridad, debían reportarse en el monte.
Efectivamente, a la semana siguiente la pareja viajó hasta la Granja. Allí los subieron en dos mulas que los llevaron por un camino de herradura durante más de 2 horas hasta una casa finca, donde después de mucho esperar apareció el comandante (primero su anillo de seguridad) con varios termos de café. Les dio la bienvenida, los invitó a tinto y les dijo que estaba muy contento de tener en el pueblo a un periodista de tiempo completo.
- Solo le voy a pedir un favor- dijo-. Saque las noticias como son, llame las cosas por su nombre, sin ponerle ni quitarle nada. Así nos vamos a entender.
Antes de despedirse le pidieron a Wilson su número de teléfono y le dijeron que si lo llamaban era porque tenía que irse. Pero hasta ahora, Wilson y Carla siguen ejerciendo tranquilos su profesión en Ituango.

Nacimiento de un proceso
El día en que llegaron al pueblo y el Ejército les quitó sus cámaras, Carla les prometió que no iban a tener en adelante solo una sino muchas cámaras en el pueblo. Ese fue el origen del Proceso de Comunicaciones que no deja todavía de dar buenos frutos. Regaron la idea de que iban a formar escuelas y semilleros de comunicación para capacitar a los y las jóvenes en periodismo, manejo de cámara, lenguaje audiovisual, edición etc. Y para hacer la convocatoria fueron al colegio del municipio e invitaron a los y las estudiantes a reunirse en la casa de la cultura. Llegó tanta gente que casi no cabía.
Sabían que en el pueblo había muchas historias que contar y que estas no se reducían al conflicto. En el proceso se dieron cuenta que los y las chicas conocían esas historias y estaban ansiosos por contarlas, pero no sabían cómo ni tenían con qué. Entonces hicieron una natillera para comprar equipos; luego, aprovechando la construcción de la hidroeléctrica y que, para legitimarla, se estaban apoyando proyectos comunitarios, el proceso de comunicaciones presentó uno para dotar a los colectivos de equipos y logró un aporte de 30 millones.

Empezaron entonces a realizar sus propias campañas audiovisuales evidenciando la violencia intrafamiliar, o contra los embarazos en adolescentes, o el consumo de sustancias psicoactivas, y documentales que contaban las historias de los campesinos, indígenas, mujeres, jóvenes, entre otros, que alimentaban la parrilla del canal comunitario.
Sacarle jóvenes a la guerra
Según Wilson, se trataba de darles a los jóvenes otras oportunidades para que vieran que había otras alternativas a la guerra. Y es que cuando los chicos salían de 11 no encontraban otro camino que el de los grupos armados y a veces ni siquiera terminaban el bachillerato, pues para qué sí de allí no se derivaba nada. En las escuelas y semilleros de comunicación muchos y muchas terminaron enamorados de eso que allí se hacía y resolvieron seguir estudiando en universidades públicas, a veces con los esfuerzos de sus familias y otras con recursos públicos a través de becas.
No todos los jóvenes que intentaron estudiar en la ciudad lo lograron, por supuesto. Para el campesino abrirse una carrera en la ciudad resulta complicado, sobre todo porque con los ingresos de sus familias no es fácil costearle al hijo una estancia en la ciudad con arriendo, pasajes y demás; sin contar los gastos de la educación propiamente dichos. Sin embargo, no desistieron y regresaron al municipio a seguir aportando al proceso de comunicaciones y a seguir aprendiendo.
Muchos fueron, sin embargo, los que lograron cumplir su sueño, pero no por eso rompieron su arraigo con el territorio y con el proceso del que había nacido su inquietud. De hecho, a través de un programa de la gobernación que se llamó entornos protectores, algunos de los integrantes del proceso viajaron a Argentina a cualificarse y a formarse técnicamente con elementos importantes como el history telling, crossmedia y transmedia. Y volvieron al municipio a multiplicar entre los demás sus conocimientos. Hoy el colectivo cuenta con periodistas, camarógrafos, editores y publicistas profesionales, y los que no lo son también se han ganado su formación en el mismo proceso a punta de pulso y sacrificio. Muchos de ellos tenían prácticamente un pie en las milicias cuando decidieron entrar al colectivo.
Los grandes tropiezos
“Encontramos jóvenes con mucho arraigo en el territorio, con mucho talento y muchas ganas de contar sus historias”, comenta Wilson. Y ese talento sigue alimentando el proceso de comunicaciones, y sobre todo aportando al crecimiento y transformación del municipio. Sin embargo, asegura Wilson, no hay que olvidar a aquellos que se resistieron a la guerra por medio del arte y la creación y, sin embargo, la guerra les arrebató no solo sus sueños sino su vida. Y es que resistirse al reclutamiento forzado tiene su precio en una región donde los grupos armados ejercen un control casi total.
“Nos duelen, por ejemplo, dos jóvenes que nos mató las FARC aquí en el pueblo, Danilo y Jaramillo. Eran raperos y componían sus propias canciones. Tenían mucho talento”. De hecho, el colectivo hizo el esfuerzo para comprarles las consolas y en ellas los chicos grababan e instalaban sus programas de edición porque no eran la gran tecnología. Hasta un set de presentación se construyó para ellos y para todos los que querían desplegar su talento. “Hacían trabajos muy bonitos y uno les veía un gran futuro. Soñaban con ser cantantes y músicos, pero la guerra no se los permitió”.

Entre trincheras
Cuando Wilson y Carla llegaron a Ituango encontraron que el Ejército había construido trincheras en cada esquina del casco urbano para protegerse de los ataques de la guerrilla. Luego, un alcalde decidió convertir una institución de enseñanza técnica en una base militar y desde entonces la población estuvo sometida frecuentemente a los ataques que la guerrilla lanzaba contra la base. Fueron muchas las protestas y movilizaciones de la comunidad para exigir el retiro de la base. Y el aporte de los colectivos de comunicación fue la realización de un documental llamado Resistencia, donde se cuenta el proceso y las luchas populares contra la militarización del pueblo y contra la guerra en general.
A raíz de este y otros documentales realizados por los jóvenes, surgió la idea de realizar un festival de cine. No tenían los recursos, pero se aliaron con la Gobernación, la Universidad de Antioquia y EPM y crearon el Festival de cine Nudo de Paramillo (Hoy Festival de cine de Ituango), que se realizaba en varios municipios afectados por la construcción de la hidroeléctrica. Han sido tantos los productos audiovisuales y el material elaborado por los jóvenes en este proceso, que hoy reclaman y están próximos a materializar un espacio de proyección de cine para mostrarle al municipio su propia historia, elaborada por su propio pueblo.
