Por Jhonny Zeta

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Existen profesiones de profesiones, todas muy dignas y sabias. Pero para hacer la revolución de la alegría se precisa intercalar la ingeniería, la electricidad, la cerrajería, la ebanistería y otras tantas que no se adivinan en la mirada noble, en el semblante apacible que sabe escuchar y comprender, en los movimientos seguros y otras características que se esconden detrás del oficio de payaso.
Lo primero es que en la cotidianidad resulta difícil advertir a qué se dedican estos seres; divagan por calles y lugares, muchos visten de manera sencilla y austera sin resaltar entre la gente. Es en el escenario de carpa cuando cobra vida el oficio que entretiene, hace reír y deja mensajes positivos en el público. Pero antes de salir al escenario ya han ejercido labores múltiples y precisas desde el montaje de la carpa y el escenario, reparaciones y construcciones necesarias para que el circo, templo sagrado de cultura y entretenimiento sano pueda funcionar.
Detrás de lo artístico y el maquillaje están los valores, cualidades poderosas que quiebran esa invención llamada tiempo, hipnotizando espectadores de todas las edades, volviendo niños a los mayores y viceversa. El payaso oficia también de filósofo, convenciendo al público de que es tonto o bruto, demasiado inocente o incluso maldadoso, encarna con pasión su papel, es el personaje que tiene como don terapéutico lograr cambiar positivamente el estado de ánimo de multitudes. El payaso resulta ser más astuto e inteligente que los demás.
Lo segundo es su condición de nómada trashumante, por oficina tiene al mundo entero, su escuela se da en el núcleo familiar, como familia de sangre o la que le acoge por las circunstancias de la vida; no se le otorga un título académico, pero el escenario sin duda es también escuela y universidad.
El oficio en perspectiva de Dagoberto y Pica pica
Dagoberto Chavarro, el payaso Pica pica, ha sido artista circense desde que tiene uso de razón en sus setenta años bien vividos. Su abuelo convivió con los indios del alto Putumayo, allá le pusieron Quiguagua, de ahí nació la descendencia de los Quiguagua, que también es el nombre de un ave peruana, una tórtola o paloma pequeña.
Creció entre pueblos y ciudades con compañías de maromeros, aprendiendo a hacer yoga, contorsiones, dislocaciones, saltos, una escuela itinerante, una vida haciendo rutas por Colombia a pie, en carro, en tren, en canoas y lanchas, en mula, llevando la revolución de la alegría a los poblados y caseríos más alejados de nuestra geografía, de la Guajira al Amazonas, del Chocó al Vaupés.
En la niñez, su nombre artístico era Pimienta, pero cuando murió su padre adoptó el nombre de Pica pica: era un código que se heredaba, de descendencia.
Durante sus primeros años, se presentaban al aire libre, no tenían carpas ni luces; tampoco los poblados, caseríos y rancherías contaban con energía eléctrica. Si querían hacer función en la noche debían encender antorchas o mechones de petróleo. Tampoco cobraban un monto específico, todo era aporte voluntario. La cuota de música y orquesta la ponían los grillos.
Escribió su historia y la de su descendencia en un libro a través de catorce actos, la tituló La vida es un circo.
En el libro da cuenta de sus correrías por Colombia desde los años sesenta, de su participación en el sindicato Cinarcol y como Consejero Municipal de Cultura de Medellín desde 2016. Muchas han sido las luchas para dignificar la labor del arte circense, para conseguir apoyos. En 2012 iniciaron el Festival de Circos Tradicionales de Medellín y participó en el 5 Congreso Internacional de Circos Tradicionales, realizado en Bogotá. Su lucha ha sido y sigue siendo que el Estado los reconozca como patrimonio cultural de la humanidad, que haya un apoyo para la salud y la pensión, pólizas aseguradoras para los actos de riesgo.
Para Dagoberto hay sentencias claras: el payaso no nace, se hace. El ser humano no viene al mundo con la cara pintada ni atuendos estrambóticos, el payaso es una imagen caracterizada por un humano que lo hace personaje, para llevar al público a lo literal y a lo figurado, a lo explícito, lo implícito y lo imaginado. El payaso desaparece cuando se quita la máscara. Divertir y hacer reír es su consigna.
El carnaval del mundo engaña tanto,
que la vida son breves mascaradas;
aquí aprendemos a reír con llanto
y también a llorar con carcajadas.
Este es el verso final del poema Reír llorando, del mexicano Juan de Dios Peza. Dagoberto recuerda que trabajó y se presentó como payaso tres días después del sepelio de su padre, fallecido en un accidente automovilístico, y después, a los 15 días, cuando también falleció su madre y quedó huérfano.
Una deuda muy seria con nuestra historia
Nacimos en un país atravesado por la violencia y el conflicto armado, actualmente se hacen esfuerzos y avances ingentes por reconocer a las víctimas tras décadas de sufrimiento y dolor. En La vida es un circo se cuentan por lo menos 76 familias con tradición circense, que desde finales de los años cincuenta han hecho rutas y giras inverosímiles para llegar al pueblito, al caserío, a la estancia, a la ciudad. Venciendo barreras, poniendo el pecho al peligro, han llevado alegría y diversión, esperanza, a todos los lugares donde ha oficiado la guerra y la violencia.
Por esa labor incalculable los artistas circenses son pioneros y dignos representantes de la paz, su labor merece ser dignificada por los gobiernos y la sociedad a la que tanto han aportado. Los mal llamados payasos actúan de manera egoísta, en benefició de sus intereses personales y de su clase social, es decir, actúan mal. El buen payaso siempre ha hecho de su oficio un servicio para todos los seres humanos.
Abono: Dagoberto propone como sentencia sabia: El circo será eterno y digno de esa eternidad. Somos los amos de una alegría universal.
