Sustento y fractura:

Economía popular, exclusión y consumo de alcohol en los márgenes

El consumo comunitario de alcohol en Cumbal

Texto y fotos por Diego Meza

En esta nota recorro los pasos de la producción, venta y consumo de alcohol en el resguardo del Gran Cumbal, al suroccidente de Colombia. Desde la molienda de la caña hasta el consumo, el alcohol aparece no solo como objeto que engrana la vida comunitaria, sino también como reflejo de las desigualdades que estructuran la vida indigena.

Trapiches

Contenedores de Guarapo

La molienda: el comienzo de una fatiga acumulada

Hombres y mujeres de todas las edades se turnan para cortar la caña y llevarla al lugar de la molienda. Ahí, un armatoste de hierro se yergue sostenido con palos, cuerdas y fe. Los artefactos se juntan y amarrán con una precisión que ha sido perfeccionada por la repetición y el hambre. El jugo resultante se deposita en unos recipientes viejos de madera, y el bagazo se acumula como si la tierra devolviera lo que ya no quiere retener. En estos valles, los cultivos de caña, los trapiches, los laboratorios de cocaina y las minas de oro se han convertido, a lo largo del tiempo, en objeto de la explotación foránea pero también en una fuente precaria de subsistencia para miles de indígenas empobrecidos.

Alambiques artesanales

La destilación: entre las ruinas y la innovación

La fermentación del jugo de la caña se produce gracias a un rústico alambique fabricado por los indígenas. Estos dispositivos tienen formas diversas. La mayor parte de ellos están constituidos de tanques que alguna vez contuvieron pesticidas o gasolina, también de tubos de madera, ollas corroídas y hojas de plátano. Cuando el tambor hace evaporar el guarapo, un líquido cristaliano atraviesa las mangueras improvisadas. Las primeras gotas son consideradas más fuertes, el licor que sale al final tiene para ellos una menor potencia.  El primer chapil, llamado punta “pega” más y se vende mejor.

Bidones para depositar el chapil

Venta familiar de alcohol

La circulación: la economía subterranea del alcohol

El chapil se envasa en canecas o bidones amarillos que saben a humedad. Algunos han pasado por decenas de manos, otros llevan todavía las marcas de su uso anterior. Se transportan en caballos, bueyes, motos y camionetas. El alcohol llega a escondidas a las otras veredas y al casco urbano de Cumbal. Se vende en las cantinas dominadas generalmente por mujeres, aunque también es intercambiado por víveres o favores.

Consumo: entre el gozo y la decadencia

En Cumbal, el chapil es omnipresente. A esta característica hay que sumar la riqueza de sus funciones: sella alianzas, consagra, arroja hacia lo más mundano, destruye poderes, vincula con el pasado, deteriora la vida. Algunos comuneros ven el chapil como una herencia de sus antepasados, otros como una maldición. Las dos cosas pueden ser ciertas. En una misma botella caben los lazos comunitarios y el deterioro colectivo. El licor artesanal de los Cumbales no es simplemente una bebida ni una mercancía más. El chapil encarna la manera como este pueblo se relaciona con la tierra, el trabajo, la fiesta y la memoria. Pero también funciona como una metonimia: alude a los procesos históricos de exclusión que han atravesado a esta comunidad y a los dilemas estructurales que la siguen tensionando. Beberlo, producirlo, circularlo, es una forma de decir: seguimos aquí, vivos, resistiendo, reinventando lo que somos. Sin embargo, esta trama tiene un reverso inquietante: a medida que el proceso avanza y el alcohol comienza a ocupar cada espacio de la vida cotidiana, los Cumbales parecen ir perdiendo el control sobre su propia creación.

Deja un comentario