Editorial No 109: La paz convoca a los pueblos conscientes

Portada: Mural «Fraternidad»(1968, fragmento) – Rufino Tamayo

Las potencias mundiales se muestran los dientes y los pueblos del orbe tiemblan con miedo a desaparecer; sabemos que quienes primero sufriremos las consecuencias somos los que siempre hemos llevado la carga de esta falsa paz: los y las humilladas, explotados y explotadas, oprimidos y oprimidas del mundo. En esta paz de mantequilla en que ha vivido el mundo contemporáneo, la forma de negociación entre potencias militares se hace la mayoría de las veces a través de terceros e inmolando a terceros, a quienes ya no se les muestran los dientes, sino que se les clava el puñal por la espalda. Y la lógica que gobierna hoy estas relaciones entre poderosos e impotentes es la de matones de barrio: Estados Unidos bombardea laboratorios nucleares de Irán como una simple advertencia de su fuerza, le exige entonces que acepte el ultraje como una sobadita de espaldas, porque si reacciona le puede ir peor.

El ataque inadvertido a Irán no es porque su desarrollo nuclear amenace a la humanidad; entonces debería bombardear también a Israel, en vez de apoyarlo. Si al obtener la bomba atómica Irán se convierte en una amenaza para la humanidad porque su gobierno es irracional e irresponsable, entonces la primera amenaza para la humanidad es Estados Unidos, gobernada por un loco realmente peligroso y por un Congreso tremendamente irresponsable.

¿Cómo hemos llegado a esta situación? No a la situación de que un loco pueda desatar una guerra que culmine en la desaparición completa de la humanidad, esa es una situación en la que vivimos desde finales de la Segunda Guerra Mundial. La pregunta es más bien por la situación que nos llevó a la Segunda Guerra Mundial y a las anteriores y a las que siguieron después. Son guerras decididas por unas cuantas personas, supuestamente a nombre de los intereses de una nación, y que han peleado los pobres, humillados y ofendidos de dicha nación, convencidos de que peleaban por ella. Por la libertad, la autodeterminación, la gloria de la patria. Pero en el fondo el pueblo ha peleado siempre las guerras de otros y los intereses que en dicha guerra ha defendido son los intereses particulares de esos otros. ¿Cómo hemos llegado a la situación en que un hombre poderoso y bastante perturbado tiene la potestad de jugarse su suerte personal con el destino de la humanidad y el resto de esa humanidad nos sentimos absolutamente impotentes para detenerlo?

La pregunta cobra relevancia sobre todo si la aplicamos a un orden mundial que ha hecho de la democracia su baluarte y en nombre de ese baluarte ataca, bloquea, sanciona, invade a aquellas naciones que, según los poderosos del planeta, no son democráticas. Si en un mundo democrático un hombre o un grupo de hombres, desde un cargo de elección democrática, puede decidir la guerra, enviando a la muerte a sus propios hombres, pero sin contar con ellos en la decisión, entonces la democracia es una gran mentira. Pero en muchos casos esos hombres enceguecidos y alienados deciden con alborozo participar en dichas guerras y parten a la muerte cantando himnos a la libertad, a la gloria patria y al honor: en este caso, la mentira no es solo la democracia, sino el sujeto mismo y su supuesta libertad de elección.

Si alguna vez en el concepto de democracia anidó el pueblo, es un hecho que desde hace mucho tiempo ha sido expulsado de allí. El poder democrático no es y nunca ha sido el del pueblo, sino el de una casta, una élite o una clase, que se ampara en el discurso demagógico de que encarna la voluntad de un pueblo consciente. Si el poder democrático asumía al gobierno como servidor del pueblo, es un hecho que hoy el gobierno se sirve del pueblo a su antojo en casi todas partes y hace de este un mero cascarón de la voluntad de la élite a la que representa. La vocación de servicio a la comunidad que lo eligió ha desaparecido de la mayoría de los políticos, si alguna vez existió, con la indiferencia de ese pueblo que ha delegado en ellos la conducción de su destino. El poder, aún en democracia, se ha vuelto, pues, en la mayoría de los casos, en un arma que mantiene sojuzgado a su propio pueblo y al de otras naciones si se puede.

¿Qué tiene el poder que enloquece? Quienes llegan a un cargo de poder, por pequeño que sea, sienten que han ganado licencia para hacer lo que les venga en ganas, incluso en contra de quienes allí lo han puesto. Pero tal vez no sea el poder el que enloquece, sino que los locos de hoy han hecho del poder su vocación. Por eso hoy asistimos a una especie de pandemia de locos en el poder (como en los últimos años del Imperio Romano). En otro tiempo la locura se asoció románticamente a la poesía y la genialidad artística, a la sabiduría, lo cual hacía del loco un sujeto digno de cierta admiración, incluso de compasión por los tormentos espirituales que trataba de conjurar; en todo caso era un sujeto inofensivo porque nada tenía que ver con el poder. Nada más peligroso que un loco con poder. Pero vivimos en una sociedad donde quien llega al poder del Estado es porque ya dispone del poder económico y armado para obtenerlo a las buenas o las malas, lo cual ya implica una especie de locura colectiva marcada por los nuevos tiempos, una locura perversa y de mala fe. Lejos estamos entonces de aquel ideal platónico de un gobierno encabezado por los más sabios de entre la comunidad.

Así las cosas, tal vez la paz dentro de los territorios y entre las naciones solo sea posible cuando los pueblos se erijan en sujetos de su propio destino y cada individuo asuma su compromiso consciente de trabajar en función de la comunidad política que lo interpela. Esto no implica renunciar al poder, sino todo lo contrario: asumirlo y resignificarlo. El ser humano es un ser social y su poder, incluyendo el tecnológico, se convierte en fuente de crecimiento y realización de la humanidad solo cuando es realmente un poder colectivo, un poder de hacer y de soñar con los y las otras, de diseñar y realizar juntos un mundo mejor, un mundo donde el sometimiento del otro para mi propio beneficio no sea ni necesario ni posible.

Para ello debemos empezar por identificar en cada nación el poder de clase que nos agobia, el patriarcado que nos aplasta, lo homofobia y el racismo que nos habita y nos desgarra. Todas estas son manifestaciones de un poder al servicio de la opresión y, por tanto, nos exige identificarnos con los oprimidos y oprimidas del mundo y construir en la solidaridad que genera el sufrimiento compartido un poder popular que nos eleve a la condición de sujetos y agentes de nuestra propia historia. Ese poder así construido se expresa en todos los escenarios de la vida social, nacional e internacionalmente, no como un poder que el pueblo impotente delega en alguien poderoso para que decida por él, sino como vínculo entre individuos y colectivos conscientes que se abrazan para dar forma conjunta a un mundo sin opresión ni injusticia.

Contraportada: Imagen construida con IA – Álvaro Lopera

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