
Portada: For A World Of Many Worlds – Golrokh Nafisi
Venezuela está en riesgo de invasión y sometimiento por parte del imperio estadounidense, y con ella toda América latina. Realmente han estado en riesgo todo el tiempo, desde que Estados Unidos, por allá a principios de su constitución como Estado libre decidió declarar no libres al resto del territorio latinoamericano. Desde que decidió que América Latina era para los americanos, entendiendo que los americanos son ellos, los estadounidenses, y que América Latina no era más que el patio trasero que debía cuidar para que no se metieran los europeos o, posteriormente, los rusos, y para que sus pueblos no osaran creerse independientes y libres de su tutela.
Esa tutela la ha justificado en una variedad de discursos, en la que predomina la idea de que los latinoamericanos somos menores de edad y, por tanto, Estados Unidos, como un hermano mayor, debe cuidar de que no nos arruinemos con nuestras propias decisiones. Con ese discurso ha agenciado golpes de Estado e impuesto dictadores cuando algún gobernante ha pretendido dejar de operar como funcionario gringo en sus colonias latinoamericanas. Por supuesto, las ansias de control del imperio no se manifiestan solo en América Latina, pero este es el territorio que tiene a mano y cuyo pueblo ha formado política y culturalmente para que asuma como modelo de vida el suyo propio. Así que las intervenciones militares, políticas y económicas se hacen aquí con toda la venia de la clase política y se ofrecen como el camino para lograr el estándar de libertad, seguridad y bienestar alcanzado por los gringos. El suyo es, entonces, un modelo de civilización al que todos debemos aspirar y a favor de cuyo logro se ponen generosamente todas las estratagemas intervencionistas, veladas o manifiestas.
Pero cuando el imperio está en crisis, como lo está hoy, se cuida menos de edulcorar el discurso justificatorio de sus intervenciones y exhibe abiertamente el recurso del poderío militar. Lo bueno para el mundo, especialmente para los latinoamericanos, es plegarse a los intereses del imperio, porque, si no, puede sufrir consecuencias gravísimas.
Nadie con dos dedos de frente se cree hoy la retórica del famoso cartel de los soles, un invento gringo para justificar la invasión a Venezuela y el asesinato o aprisionamiento (que suelen ser la misma cosa) de los líderes del régimen venezolano, bajo la idea de un combate frontal contra las drogas. Pero eso tampoco le importa al gobierno Trump ni a sus gobernados. Nadie cree de verdad que a Estados Unidos le interese acabar con el fenómeno del narcotráfico, de cuya promoción lleva profitando más de medio siglo, tanto económica como políticamente. Por eso más bien le interesa fortalecerlo y para eso promueve la guerra contra él en territorios lejanos del suyo.
La prueba de esta falta de interés es que ha mantenido relaciones de íntima amistad con regímenes abiertamente mafiosos que, sin embargo, trabajan por los intereses norteamericanos. Colombia es un claro ejemplo de ello. Mantuvieron una amistad perniciosa para el pueblo colombiano con el gobierno de Julio César Turbay, a quien la misma DEA señalaba de ser una ficha clave en los carteles de la droga. Igual hicieron con el gobierno de Uribe Vélez, quien de hecho figuraba en la lista de la DEA como uno de los narcotraficantes más poderosos de Colombia, por no mencionar los gobiernos de Pastrana y Gaviria, cuyo vínculo con el narcotráfico nadie niega, aunque se mantenga en silencio. O a Duque, vinculado con las estructuras mafiosas del país, cuya prueba histórica es la ñeñepolítica. De hecho, recientemente el gobierno de Trump osó cuestionar la justicia en Colombia por su fallo contra Uribe Vélez, en un caso que, de todas maneras, lo vincula con el paramilitarismo y la mafia.
La verdad, transparente como el agua pura, es que Estados Unidos está detrás de los recursos energéticos que abundan en Venezuela y que el imperio necesita desesperadamente en su carrera tecnológica donde China parece tomar ventajas enormes. Es lo mismo que estuvo detrás de la invasión a Irak y que descaradamente el gobierno gringo en su momento justificó inventándose un supuesto poderío militar del régimen de Sadam Husein, que ponía en riesgo la paz de los americanos. Tampoco el pueblo norteamericano se creyó tamaño despropósito, pero lo aceptó porque era el precio de mantener su estilo de vida, su confort y progreso.
De ahí que poco podamos esperar de los gobiernos gringos, demócratas y republicanos están comprometidos en el mismo proyecto. Ni tampoco podemos esperar que el pueblo estadounidense se levante y confronte a sus gobiernos y la política de guerra e invasión que esparcen por el mundo. Estas políticas son la garantía de pervivencia de una civilización fundada en el derroche y el consumo y sustentada en una racionalidad que los ha hecho ciegos ante la suerte de los otros, por ejemplo, el arrasamiento de la humanidad en Palestina que es, también, obra de su gobierno, con el respaldo, por acción u omisión, de buena parte del pueblo.
Estados Unidos representa a una civilización enferma desde sus raíces y que enferma todo lo que toca. Y como imperio pretende extender su mano enferma por el mundo entero e incluso más allá de las estrellas. Por lo tanto, lo que realmente amenaza el imperio es la vida digna, libre y justa que pretenda florecer en cualquier lugar del planeta. Ciegos ante esta enfermedad que hoy carcome el mundo, muchos creen efectivamente en el destino manifiesto de los imperios, no solo el gringo sino cualquier otro; y ello porque con el tiempo nuestras relaciones de dependencia se hacen tan sólidas que pareciera imposible deshacerlas. Porque es con el imperio con quien sostenemos la mayor parte de relaciones comerciales, porque de él recibimos, no gratuitamente, la transferencia de ciencia y tecnología y con ellas de toda su cultura. Y porque es mejor contar con la benevolencia del imperio por si algún vecino nos amenaza.
No obstante, el imperio es también una estructura histórica que puede destruirse. Pero soñar con una destrucción inmediata nos lleva a querer plegarnos en relaciones semejantes a aquellas potencias que pueden confrontar el imperio y nos ofrecen abrigo. Sin embargo, nuestra emancipación como pueblos frente al imperio no se dará por la construcción de un poder igual o superior (económico, político o militar), que pueda destruirlo con su misma lógica, sino a partir de nuestra emancipación como seres humanos, mediante la construcción de otra civilización fundada en la solidaridad de los pueblos y no en la competencia. En ese sentido, la lucha contra el imperio es también, y sobre todo, una lucha en el interior de los pueblos subyugados y dentro de cada individuo oprimido.
No hay que olvidar que toda nueva civilización ha emergido lenta y silenciosamente en las márgenes mismas del poder imperante o sobre sus propias ruinas; mientras más nos alejemos, como pueblos, de la civilización promovida por el imperio, de sus ideales y valores, menos influencia tendrá sobre nuestra vida cotidiana, sobre nuestros proyectos individuales y colectivos; y menos determinante y efectivo será el poder que ejerza sobre nuestra forma de gobernarnos y de vivir.
De esta manera, los vínculos de hermandad entre los pueblos latinoamericanos (no necesariamente los gobiernos) no debería fundarse solo en nuestra historia común de sometimiento, sino en el sueño que necesitamos materializar de un mundo mejor, sin opresión de ningún tipo, ni externa ni interna. Un mundo que no privilegie el consumismo y el confort egoísta de los poderosos, de los que tienen dinero, por encima de la vida y los ideales de los otros, ni se funde en la dominación impuesta por los seres humanos sobre otros seres humanos y sobre la naturaleza.

Contraportada: Sin título – Sin autor
