UdeA, entre la representación estudiantil y la construcción de poder popular

Por Juan David García Rúa

Ilustración: Luana Du

Un fantasma recorre la Universidad de Antioquia, el fantasma de la representación estudiantil. Nuevamente el Movimiento Estudiantil de la UdeA -lo que sea que esté englobado bajo esa categoría-, se encuentra mirando de frente a un monstruo que le ha acechado durante 21 años, que le persigue y gravita sobre su cabeza, reclamándole retomar la acción.

La representación estudiantil ante el Consejo Superior Universitario se muestra tan amenazante que durante años fue un tema tabú en las asambleas generales. Pese a que en ciertas facultades ha habido regularidad en las representaciones estudiantiles ante los consejos de facultad, lo cierto es que el tópico había sido –hasta hace muy poco- enterrado en el subsuelo de la agenda asamblearia estudiantil, y escasamente se volvía a pasar la mirada sobre el mismo.

En esos casos, la discusión en múltiples ocasiones se cerraba alevosamente al grito de “la asamblea hace muchos años decidió no tener representación estudiantil”, anulando en el discurso la posibilidad de revisitar una cuestión de vieja data. Pero ¿la canonización histórica de una decisión asamblearia es argumento suficiente para sostenerla y, además, proclamar el debate perpetuamente improcedente?

Es evidente que ya no nos encontramos en 2011, cuando ocurrió la gran movilización aglutinada en la Mesa Amplia Nacional Estudiantil; o en el Paro Nacional Universitario de 2018. Las condiciones hoy son otras, los habitantes del estamento estudiantil en las universidades públicas son personas muy diferentes, el nivel organizativo del movimiento en la UdeA decayó estruendosamente y viejas prácticas e ideas que antes parecían universales dentro del mismo, hoy constituyen apenas la retahíla de aquellos a quienes eventualmente se denomina como “mamertos”.

A ello se suma el crecimiento de las ideas de ultraderecha en el seno del estamento estudiantil. Su máxima expresión ocurrió el año pasado, cuando la Universidad abrió el proceso de elección de representantes y dos estudiantes conformaron una plancha que suscitó el escándalo público: la representación reaparecía en la escena, y no porque el sacrosanto y heroico estudiantado reunido en la asamblea así lo haya decidido, sino porque un estudiante –que un par de meses después aparecería en un evento público con el ahora condenado Álvaro Uribe Vélez– encaró el reto de apersonarse de esa papa caliente que es la representación estudiantil; por supuesto, se quemó, y la asamblea le exigió bajar la plancha.

Reinaugurado y rápidamente aplazado el tema, quedó en el tintero para el año siguiente, momento en el que el proceso volvió a abrirse por la iniciativa jurídica de unos estudiantes de derecha; tanto en 2024 como en 2025 quedó manifiesto el interés de sectores vinculados a este espectro en tomar este espacio y utilizarlo políticamente. Por segunda vez, en menos de once meses, todos aquellos sectores del Movimiento Estudiantil que entran dentro de esa categoría de “la izquierda” estuvieron desprovistos de cualquier construcción consolidada ante el advenimiento reiterativo de la coyuntura: en medio de una pugna política por la dirección de la Universidad, en medio de una crisis financiera escabrosa y en un contexto preelectoral, salió de debajo de las piedras la susodicha plancha estudiantil, y reactivó el proceso administrativo imponiendo la agenda al resto del estamento. Quedaba claro que la conversación era cada vez más inaplazable.

Esto es síntoma de la condición política única que caracteriza a esta Universidad, donde la insistencia en la afirmación simbólica permanente del carácter “combativo” del movimiento se ha superpuesto a la táctica, a la cualificación política para ocupar ciertos espacios, a la renovación de las formas organizativas, los discursos y los repertorios de acción política de acuerdo con el momento histórico. Puede afirmarse que esta tradición es herencia de los cruentos momentos de represión y violencia política que ha vivido la comunidad universitaria, que presionaban a que el discurso y las formas de acción fueran otras; ahora bien, un ejercicio juicioso de la memoria histórica debe mostrarnos que la situación hoy es completamente diferente, y, si se quiere, favorable.

Reafirmar esa combatividad de una forma a veces dogmática estribó en que durante años el discurso hegemónico en la asamblea fuese una reivindicación terca de la no representación y las “otras formas” de construcción y movilización al margen de cualquier marco institucional. Pero si algo hicieron dos coyunturas de movilización en contra de las Violencias Basadas en Género, y un gran paro por la desfinanciación, fue develar la debilidad actual del movimiento. Aunque fueron coyunturas fructíferas y tuvieron una gran participación colectiva, al ver sus resultados en el tiempo -y la posterior decadencia del nivel organizativo logrado en la coyuntura- queda claro que no es suficiente con la agitación, la movilización, con exigirle a la administración; ya las calles se quedan cortas para obtener grandes victorias como movimiento.

Es en este contexto donde esa idea reiterativa de “los estudiantes en la calle y los burócratas en sus escritorios” se hace más problemática, la gestión pública y la planeación son ejercicios ideológicos, hoy llevados a cabo de forma antagónica con el modelo de educación superior proclamado en el acumulado del Movimiento Estudiantil Universitario; quizá el salto necesario en la disputa por la educación pública es también estar en los escritorios, por supuesto, sin abandonar las calles. Hay que insistir en el canelazo, el mural, la marcha y el plan tortuga, pero ellos deben ser ahora formas combinadas con la participación en espacios de incidencia.

Es más favorable para la construcción del poder popular hacer honor a las formas históricas del movimiento reconociéndolas como repertorios de organización y movilización, que se agencian en el marco de la disputa por la educación superior, y que deben responder a una táctica derivada de un análisis serio de la correlación de fuerzas y las posibilidades de acción. Pero, sobre todo, es necesario evitar su sacralización, manteniéndolas siempre susceptibles a la crítica y a la evaluación sobre su incidencia o conveniencia táctica.

¿Por qué no ver, entonces, la representación estudiantil como una oportunidad para la dinamización de la cultura política de la Universidad, en todas sus formas, espacios y modos organizativos? ¿No debería un cambio tan importante en el gobierno universitario, y desequilibrante en la disputa por el proyecto de universidad, transformar las condiciones para la organización y fortalecimiento de las bases estudiantiles? Si la coyuntura organiza, hay que crear la coyuntura, y consolidarla, impulsar desde allí un ritmo político que a mediano y largo plazo transforme sustancialmente la democracia y el gobierno universitario.

Está en disputa la novena silla del CSU. Esta bien puede ser ocupada por una representación comprometida con la apertura de vías democráticas, así como la construcción y organización del movimiento estudiantil, o por una que contribuya a poner la segunda universidad pública más grande del país en completa disposición de la ultraderecha, y los sectores que anhelan ver marchito su espíritu crítico.

Urge tomar el timón de la Universidad, la representación es apenas un paso, uno muy pequeño, uno que, por supuesto, no es la solución milagrosa a las falencias del movimiento ni mucho menos un contrapeso significativo ante los poderes colosales que tienen sus garras metidas en la universidad. Pero es uno necesario, y que bien dado abrirá nuevos caminos para la construcción del poder popular en nuestra alma mater.

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