Por Milton Manco Castro

Foto: Eliana Manco
Fabián Norbey Manco Castro, el quinto de ocho hermanos, vio apagarse su luz demasiado pronto. Tenía apenas 31 años cumplidos cuando la muerte lo sorprendió, dejando un vacío inmenso entre quienes lo conocimos y amamos.
Nació en la vereda Antazales, un rincón de verde profundo, en el nudo de paramillo; allí dio sus primeros pasos al lado de nuestra madre y de nosotros, sus hermanos. Su padre nunca estuvo presente en su vida, y desde muy niño aprendió a enfrentar la dureza del mundo. A los siete años, el conflicto armado nos arrancó de nuestras raíces. Sufrimos juntos el desplazamiento forzado y, con nuestras pocas pertenencias, huimos hacia el casco urbano del municipio de Dabeiba.
Allí, Fabián inició la escuela primaria, aunque la relación con los estudios nunca fue buena. Solo alcanzó a cursar hasta cuarto grado, y muchas veces tuvo diferencias con sus maestras. Pero lo que no logró en los cuadernos lo compensó con inteligencia práctica y una habilidad innata para los negocios y el trabajo.
Apenas con siete años, aprendió a vender las arepas que preparaba nuestra mamá. Recorría el pueblo con una canasta de iraca artesanal, repartiendo cada arepa con una sonrisa. Pronto se ganó el cariño de todos, y en cada calle se escuchaba: “¡Ahí viene el Mono con las arepas!”. Ya no necesitaba publicidad: su bicicleta, su carisma y su constancia bastaban. Al final del día, llegaba a casa con el dinero ganado, y nuestra madre, con esa plata, compraba arroz, alimentos, cosas del hogar… Fabián ayudaba a mejorar, aunque fuera un poco, la vida de todos nosotros, sus hermanos
En aquel entonces, Fabián era mi hermano menor. Jugábamos, discutíamos, chocábamos porque veíamos la vida desde orillas distintas: él, extrovertido, rebelde, impulsivo; yo, más reservado y prudente. Aun así, nos queríamos profundamente y, sobre todo, nos respetábamos. Yo admiraba de él la sagacidad para enfrentar la vida, su decisión y seguridad para resolver.
Vivimos el hacinamiento en carne propia, compartiendo durante más de cuatro años dos pequeños espacios que llamaban «albergues», junto a decenas de familias desplazadas. Fue una etapa dura. Éramos niños que no comprendían del todo lo que pasaba, pero nos las ingeniábamos para sacar risas de las tristezas y convertir en juego lo que era carencia. Esos cuatro años marcaron nuestra infancia.
En 2001 llegó una luz de esperanza: nos entregaron una finca. Con apenas 13 y 14 años, Fabián y yo comenzamos a labrar la tierra. Cultivábamos juntos, ayudábamos a nuestros hermanos mayores y los fines de semana colaborábamos en los quehaceres de la casa. Esa finca se convirtió en nuestro refugio y testigo de nuestra adolescencia.
Fabián, con su carácter fuerte y justo, se enfrentaba sin miedo a quienes imponían reglas absurdas. No soportaba la injusticia, y aunque a veces se metía en líos por su impulsividad, siempre lo hacía defendiendo lo que creía correcto. Ese era él: intenso, valiente, sin medias tintas.
Ya casi alcanzando la adultez, a los 18 años, conoció a una mujer que lo deslumbró. Se enamoró y formó un hogar con ella. La mujer tenía un hijo, a quien Fabián adoptó como suyo, criándolo con amor y entrega. Fue feliz en ese hogar que construyó con esfuerzo y ternura.
Fabián trabajaba en una compañía constructora, en la vía Medellín al mar, que pretende conectar a Medellín con el puerto de Turbo. Ocho días antes de su partida, aprovechando unas vacaciones, bajé al pueblo. Por casualidad, lo encontré en un espacio recreativo. Me saludó con alegría. Saludó a mi hija, a mi esposa. Compartimos juntos su hora de almuerzo. Hablamos de la vida, de los sueños, de su deseo de ahorrar y vivir mejor. Se le veía feliz, lleno de esperanza, con una sonrisa picaresca que había heredado de nuestro padre.
Fue nuestra última conversación, quién lo sabría, pues el destino nos había juntado en esta morada por ultimas vez.
Pocos días después, estando en mi casa ad portas de retomar mí de trabajo, recibí una llamada insistente de mi hermana menor: Fabián había tenido un accidente en el túnel 9. Un talud de tierra le cayó encima. Lo habían socorrido como pudieron, pero estaba grave en el hospital de Dabeiba. Mi corazón se detuvo por un instante. Aún tenía esperanza. No podía imaginar a mi madre y mi familia tan próximas a una tragedia como la que se anunciaba.
Minutos después, el teléfono volvió a sonar. Era mi madre. Entre sollozos, con una voz quebrada, me dijo las palabras que nunca quise escuchar:
Fabián se murió.
Me quedé sin aire. Sin palabras. No sabía qué decir, cómo hacer para mitigar así fuera un poco el dolor de una madre cuando le arrancan del vientre a su hijo amado, no habrá nada que restaure esta perdida. Colgué y me encerré en el baño.
Lloré mientras el agua de la ducha caía sobre mi cabeza. Lloré por mi hermano, por la injusticia, por lo que no se pudo decir. Por lo que quedó pendiente.
El 2 de julio quedó marcado como una fecha dolorosa en nuestra familia. Fabián Norbey Manco Castro fue el primero de nosotros en partir. Aunque su tiempo en esta tierra fue breve, su memoria vive en cada arepa que mi madre aún prepara, en cada calle del pueblo que lo vio crecer, en cada semilla sembrada con amor en aquella finca que fue nuestro hogar.
PD:
En el discurso oficial sobre el progreso que se supone traerá la vía al mar, los beneficios parecen innegables: más de 5.000 empleos generados durante su construcción y un impacto económico favorable tanto para Antioquia como para el país. Sin embargo, lo que rara vez se menciona son los efectos negativos de la obra: daños ambientales, sociales y culturales.
Pero lo más doloroso son los impactos humanos invisibles: los accidentes laborales que han dejado mutilaciones, daños físicos y psicológicos, e incluso la muerte de muchos trabajadores, entre ellos Fabián. Estos hechos, silenciados en las estadísticas oficiales, han marcado para siempre a las familias que hoy cargan con la ausencia de sus seres queridos. La empresa CHEC, responsable de la obra, lejos de responder por estos daños, ha dejado en el olvido a quienes pusieron el sudor, la sangre y la vida en los cimientos de esta carretera.
