Por C. Carmona Salas

Foto tomada de la Unidad de Restitución de Tierras (URT)
Con la luz primera del día despuntando sobre las colinas orientales de Medellín, enfilé carrera en mi motocicleta hacia Comfama de Copacabana, para participar en la séptima asamblea regional “Tejiendo la Restitución”, que realizarían la Unidad de Restitución de Tierras, la Unidad para las Víctimas y el Sistema Nacional de Atención y Reparación Integral a las Víctimas. Esa mañana me auguraba una larga jornada. Con el corazón henchido, como si el niño que alguna vez fui recordara las veces que estuve en ese parque, me deslicé con diligencia desde las montañas del corregimiento de San Antonio de Prado en busca de la avenida regional.
Tras 40 km de recorrido, llegué al parque recreacional. En la entrada encontré algunos buses de servicios especiales, de los que descendían los invitados de honor de aquel evento. Me acerqué a una de las personas que estaban coordinando el registro e ingreso de los asistentes y me indicó qué hacer. Una vez adentro, me dirigí a la zona de comidas, pues, antes de darle apertura al congreso, nos esperaba el desayuno.
Desayuné y luego fui a dar un paseo solitario por los senderos del parque. En el camino me encontré con un tipo que, por su aspecto, parecía extranjero: alto, cabello cano y bien vestido, acompañado de un joven con el que conversaban en inglés. Entendí que también estaban buscando el lugar de la ceremonia y me les acerqué saludándoles cordialmente. Juntos llegamos al coliseo cubierto, donde empezaban a converger una multitud de almas tan diversas como diverso es nuestro país. Ya muy avanzada la jornada supe que el señor extranjero era un delegado de Naciones Unidas, que estuvo presente en el evento y que en algún momento dio un discurso breve y notablemente diplomático, es decir, prefabricado.
Miembros del cabildo indígena de Ituango realizaron un ritual, y con sus danzas y cantos autóctonos dieron apertura a la asamblea. Luego vinieron los actos protocolarios, en los que el simbolismo de los himnos nacional, departamental, de la guardia indígena y de los campesinos, acompañados por imágenes que exaltaban la belleza de nuestros territorios, dejaba claro que los organizadores del evento querían hacer sentir reconocidos a todos los asistentes.
El lugar estaba distribuido en sentido sur-norte, al fondo había enormes pantallas que proyectaban imágenes relacionadas con el sentido del encuentro. Había también dos mesas largas, en una estaban sentados delegados del gobierno nacional, en la otra, en la cual estaba el tipo extranjero, estaban lo que parecían delegaciones de ONG’s. Uno a uno, fueron tomando la palabra los delegados, algunos de los cuales, al estilo veintejuliero, se extendieron en discursos emocionales que exaltaban la labor de la administración nacional y renegaban de la oposición, apelando a todo tipo de argumentos que el público celebraba con aplausos y vítores.
Entre discurso y discurso, también hubo lugar para la poesía y la música, por parte de un campesino de Vegachí que declamó en versos las tragedias de la Colombia profunda, las vicisitudes de la guerra y el abandono estatal, y un grupo de música experimental andina de Dabeiba amenizó con sus notas el cierre de la primera parte del encuentro.
Después del receso para almorzar, retornamos al coliseo. Allí se establecieron tres mesas de diálogo para discutir sobre asuntos muy específicos: medio ambiente, proyectos productivos y el papel de la mujer en el campo. Me uní a la mesa medioambiental, donde realizamos un ejercicio muy interesante, para discutir desde diferentes perspectivas los problemas y posibles horizontes para enfrentar los desafíos medioambientales que aquejan la región. Como éramos muchos los participantes, nos dividimos en grupos para después recopilar, al final de la sesión, los hallazgos.
Junto a una señora mayor, lideresa del municipio de Santa Bárbara, un joven comunicador de San Rafael y un campesino de San Pedro empezamos a dialogar. Me sorprendió sobremanera descubrir que el campesino de San Pedro tenía un conocimiento tan profundo sobre la legislación nacional, y al escucharle hablar pensaba para mis adentros: “este hombre bien pudiera ocupar una curul en el Senado, en vez de cualquiera de los payasos que hoy se apoltronan en el congreso”.
De todo lo que logramos discutir en tan poco tiempo, un problema que resultó común para todos los que participamos de la mesa ambiental fue el papel de las Corporaciones Autónomas Regionales, cuya autonomía frente a los gobiernos municipal, departamental y nacional les permite administrar los recursos naturales a su antojo. Sin embargo, tal autonomía se desdibuja de facto, pues tales entidades están fuertemente politizadas y responden a intereses políticos y económicos muy específicos, en detrimento de los intereses de las comunidades a quienes deberían tener como objeto de protección y respaldo en su labor administrativa y social.
También se pusieron sobre la mesa problemas neurálgicos de la región, como la minería, los monocultivos, proyectos energéticos, cuidado y uso del suelo. Por parte de nuestro sampedreño ilustrado, se planteó la necesidad de modificar la legislación en favor de los territorios, para que las regalías se vean reflejadas en favor del progreso de las comunidades y la consolidación de áreas de protección agroalimentarias, así mismo, se rechazó la iniciativa de constitución del Área Metropolitana de Oriente.
Con los arreboles del ocaso ardiendo sobre las colinas al occidente, y con el corazón palpitando de esperanza, regresé a casa tras una productiva jornada de construcción de tejido comunitario. Enfrentando el tráfico de la ciudad pensaba que estos encuentros —más allá de la aparente demagogia proselitista fuertemente marcada por parte de sus organizadores—, ponen de manifiesto que el horizonte al cual debemos orientar nuestros esfuerzos de transformación social no pueden imponerse desde la cúspide del poder, sino que deben consolidarse desde las bases, con las comunidades, a partir de un ejercicio amplio, democrático y permanente de diálogo constructivo y crítico, donde la necesaria reducción de la burocracia permita una articulación social orgánica de cara a la construcción de país, pues nadie conoce mejor las necesidades de los territorios y sus problemáticas particulares que las personas que los habitan.
