Por Juan Felipe Lesmes Cadavid

Imagen: Generada con la IA Gemini de Google (2026).
¡Abran paso al Eros alado! Así tituló la escritora y diplomática soviética Alexandra Kollontai una carta a la juventud obrera de la URSS en mayo de 1923 sobre el papel que debía jugar el amor de pareja en el momento histórico del Estado soviético. Si bien, los contextos económicos, políticos y sociales son en lo absoluto diferentes, aquella exclamación puede ser una invitación necesaria en el presente.
Se ha popularizado una crítica a la forma de elegir las personas que ostentan el poder político en Colombia: “La gente escoge a sus gobernantes como si estuvieran escogiendo pareja”. Esta crítica se hace en contextos negativos y como forma de manifestar que un o una gobernante no tiene que gustar, tiene que servir para su cargo. Sin embargo, que aquella frase sea una crítica negativa puede estarnos mostrando que no solo no sabemos elegir gobernantes y/o representantes, sino, también, que no sabemos elegir parejas sentimentales. Vale la pena detenernos un momento en dos conceptos claves: el amor y lo político.
Para Erich Fromm el amor es “un sentimiento de afecto, apego y cuidado hacia otra persona, que se manifiesta mediante el respeto, la confianza, el compromiso y el deseo de procurar su bienestar”, por lo tanto, puede sintetizarse de manera más comprensible como un sentimiento que brota de una persona para acompañar y preservar el bienestar de otra y se espera que de la persona contraria surja lo mismo para poder entablar una relación amorosa. Estas relaciones son, para Kollontai, la manifestación del Eros alado, es decir, la capacidad de desarrollar un sentir compartido a partir de todas las sensaciones que trae consigo la conformación de una relación; el eros alado es la oportunidad de llevar a su máximo potencial el sentir hacia otra persona, lo que termina volviendo un sentimiento que brota de un individuo en una necesidad de acompañar y velar por el bienestar de otro individuo ajeno a él mismo.
No obstante, las relaciones contemporáneas, no solo se cohíben del desarrollo de esas sensaciones fuertes, también están movidas por el único deseo del consumo de cuerpos como una mercancía más que sacia las necesidades biológicas de los seres humanos. Este tipo de relaciones fugaces es lo que Kollontai nombra como Eros sin alas, lo cual nos comienza a dar indicios de por qué está mal escoger representantes como si fueran parejas.
Por otro lado, lo político, como lo define Norberto Bobbio, es “la dimensión de la vida social relacionada con las relaciones de poder, la toma de decisiones colectivas y la organización de la sociedad para atender los asuntos de interés común”. Esto puede sintetizarse como las pugnas de poderes por las formas de organización social con respecto a las necesidades de las comunidades. Es en lo político donde las fuerzas contradictorias de la política, la cultura y la economía chocan en la búsqueda de mantener o transformar un estado de cosas que rige las formas de vida de las personas y esto puede hacerse en aras del bienestar común o en búsqueda del beneficio de unos pocos que ostentan el poder. En lo político, pues, también aparece la cuestión del amor descrita con anterioridad, y es que puede moverse por firmes convicciones colectivas que superan al individuo o pueden solo estar movidas por un deseo privado.
Existen entonces relaciones entre las contradicciones que habitan al interior de los conceptos de amor y de lo político, por lo tanto puede haber mucha certeza en que elegimos mal los gobernantes porque pareciera que escogiéramos pareja y resulta evidente que ambas sean malas elecciones si se priva del potencial transformador que tienen tanto el amor, como lo político, puesto que si ambos surgen de necesidades o sentimientos individuales cuando se desarrollan de forma comprometida con el acompañamiento y el bienestar del otro, pueden dejar de ser algo privado para convertirse radicalmente en algo colectivo que transforma, que mueve y que desarrolla una sensación a un sentimiento que se vive por la decisión de salir del sí mismo. No obstante, si se elige pareja y gobernante a partir puramente de un deseo privado, que su mayor evolución llega hasta la satisfacción de un deseo individual, resulta que, ni la relación amorosa trascenderá en el otro ser, ni el gobernante alcanzará la capacidad de buscar el bien común.
Es así como surge la necesidad de politizar al amor como herramienta capaz de transformar el ser en sí, en el ser para el colectivo, y como un impulso para resistir a quienes toman las decisiones sociales, políticas y económicas con fines de lucro privado ajenos al bienestar común. Si la radicalización del bienestar colectivo comienza por la forma en la que elegimos y desarrollamos la vida de pareja, si las relaciones tuvieran la gallardía y la decisión firme en poner los límites necesarios para la búsqueda del bienestar del otro, si tuvieran la valentía de superar el mero consumo de cuerpos para construir camaradería de vida y si se pudiera vivir un amor que priorice la libertad para ser, vivir, y transformar, quizá también sería posible comenzar a radicalizar las formas de elegir a quienes ostentan el poder.
Y es que si esa misma gallardía y decisión se traspolara a la elección de personas dispuestas a luchar contra el lucro individual por el bienestar colectivo, si esa valentía se convirtiera en fuego para la lucha por arrebatar el poder a los pocos para entregárselo a los muchos y si la libertad de ser superara el encierro del consumo, tal vez así elegir a los gobernantes como así eligiéramos a nuestras parejas no sería una crítica negativa, sino una esperanza de transformación para el bienestar y la camaradería colectiva. Cuando radicalicemos el Eros con alas tendremos la gasolina para radicalizar el poder colectivo.
