Guerras por los recursos naturales

Por Renán Vega Cantor

guerra y recursos naturales 2
Ilustración: es.slideshare.net

 El incremento de la producción material en el capitalismo trae aparejada una lucha por el control de los recursos naturales, algo que es indispensable para garantizar el proceso de acumulación de capital. Sobresale entre todos los demás la apropiación del petróleo, como fuente energética fundamental, sin la cual el capitalismo no podría funcionar tal y como lo conocemos. También se ha incrementado la lucha, abierta o encubierta, por controlar una amplia gama de minerales, los tradicionales y los raros, que son esenciales para sostener el ritmo de producción de viejas y nuevas tecnologías. Gran parte de las guerras convencionales que se vienen librando en el planeta en los últimos treinta años son conflictos armados por los recursos, en especial por el petróleo. Tal es el caso de las agresiones imperialistas en Irak y Libia y las guerras de baja intensidad y de cuarta generación que se libran contra Venezuela.

En la misma perspectiva deben inscribirse conflictos internos en varios países del mundo, como el que se libra en la República Democrática del Congo por la apropiación de minerales, entre ellos el del coltán, materia prima indispensable para la producción de aviones, teléfonos celulares y otros artefactos microelectrónicos. Esa guerra, la más atroz y sangrienta de las que se libran en estos momentos, es resultado de la voracidad capitalista e imperialista por apropiarse de los materiales estratégicos que, para su desgracia, se encuentran abundantemente en el Congo. En esa guerra han muerto más de seis millones de personas desde 1996, lo que la convierte en el conflicto armado más mortífero del planeta desde la segunda guerra mundial, que incluso por su costo humano supera a la guerra de Vietnam.

Para explicar esa guerra hay que ir al trasfondo real, que no es otro que la lucha por los minerales que se encuentran en el suelo y el subsuelo de ese país africano. En efecto, Congo es un reservorio de materiales estratégicos, entre los que se encuentran oro, diamantes, cobre, cobalto, coltán, estaño, tungsteno, zinc, manganeso, magnesio, uranio, niobio y plata. El contrabando de esos minerales alcanza la cifra de seis millones de dólares diarios. En especial, se libra una guerra por el coltán, cuya punta de lanza es la demanda de tantalio, que es una materia prima indispensable para el funcionamiento de las nuevas tecnologías militares.

Existe un vínculo estrecho entre la proclamada “guerra contra el terrorismo” por parte de los Estados Unidos y la guerra por el coltán, puesto que la primera despliega una tecnología de punta, con sofisticados aparatos de muerte, entre los que sobresalen los drones, que se utilizan para bombardear y masacrar a pueblos enteros, como se comprueba en Afganistán, Libia, Irak o Yemen. Y para construir esas armas de precisión asesina, se requiere del coltán y de otros minerales que se encuentran en el suelo y el subsuelo del Congo, donde también se libra otra guerra en la que son protagonistas directos los países imperialistas, encabezados por Estados Unidos, y sus empresas multinacionales del sector militar y microelectrónico.

Sin coltán y otros minerales estratégicos, Estados Unidos no podría fabricar las armas con las que libra sus guerras de agresión en medio mundo. De ahí que en ese martirizado país africano se libre una clásica guerra por los recursos. Este tan solo es un ejemplo sobre las características que asumen esas guerras, cuya finalidad es apropiarse de los bienes comunes de tipo natural que se encuentran en las periferias capitalistas, en América Latina, África, Asia o los países del antiguo bloque soviético.

La guerra por los recursos es bastante antigua, no se originó con el capitalismo, aunque en este modo de producción alcanza niveles inimaginables en otras épocas históricas. La tierra es el generador principal de las guerras por los recursos, como sucede en Colombia. La diferencia de las guerras tradicionales por los recursos con la que se lleva a cabo en la actualidad en el seno del capitalismo, radica en que ahora sí está claro que asistimos a un acelerado agotamiento de esos bienes naturales, lo que torna su disputa más feroz y sangrienta, como se demuestra con las guerras imperialistas de las últimas décadas.

Y no se vaya a creer que solamente se está hablando del agotamiento de los recursos estratégicos (petróleo y minerales), sino que incluso la irracionalidad del capitalismo ha llevado a que cosas que se consideran como inagotables estén empezando a disminuir, como sucede con la arena. Sí, la arena común y corriente, que es una materia prima para la construcción de edificios, de carreteras, de puentes, de puertos… pero también de los microchips de los equipos microelectrónicos, que usan arenas ricas en sílice -SiO2.

No extraña que se empiece a agotar la arena, porque de la naturaleza se extraen cada año la alucinante cifra de 15 mil millones de toneladas, lo que está arrasando con depósitos de arena, con playas y con islas enteras. En Indonesia, para citar un caso dramático, han desaparecido 25 islas por el saqueo de la arena de su superficie para hacer diques en Singapur, algo que debería llevar a pensar cuál puede ser el futuro de las playas de Colombia y de otros lugares del orbe.

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