Hilos que tejen un manto de ternura entre pueblos

Por Alberto Jerez y Angie Heredia

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Foto: Alberto y Sharif. Comunidad Grimmniz

A nuestra amiga B, el corazón más lúcido en la lucha por los Derechos Humanos en Colombia.


Entre refugiados

Recuerda que en 2011, después de la guerra contra Libia, comenzó una fuerte oleada de migración hacia Europa, miles de refugiados llegaron a las costas del sur (España, Grecia, Italia) y, después de meses, a Alemania pidiendo asilo político. Fue allí donde comenzó su interés por los refugiados.

Alberto se unió en ese momento a un grupo de artistas de Berlín que ofreció un taller de serigrafía con el fi n de recoger los testimonios de los y las refugiadas sobre cómo salieron de sus países, cómo fue la travesía y, finalmente, cómo llegaron a Alemania (Según la OACNUR, el segundo país de Europa con la mayoría de refugiados solicitantes de asilo).

Motivados por la crudeza de los testimonios que escucharon él y sus amigos de una comunidad cercana, decidieron recibir entre ellos a algunos de los refugiados y para ello utilizaron la fi gura de “asilo de iglesia”. Aunque cuando ellos hablan de comunidad, esta no tiene nada que ver con la iglesia y más bien es una comunidad en la que varias familias comparten un terreno comunitario en el que establecen un vínculo social distinto (se organizan en torno al arte y la producción de hortalizas agroecológicas, entre otras cosas). De manera que se unieron a la iglesia protestante de Joachimsthal (un pueblo de 3.500 habitantes, en su mayoría ateos, al nororiente de Berlín) y destinaron varias viviendas para recibir a los refugiados.

Recuerda el caso específico de dos inmigrantes de Somalia, Hasam y Scharif, que estaban a punto de ser deportados y pasaron 10 meses en la comunidad. Tres voluntarios les enseñaban el idioma, dos más intentaban legalizar su situación frente a las autoridades migratorias y él se encargaba de integrarlos a la vida comunitaria, trabajando en las huertas, haciendo labores de albañilería en la casa, etc. Y, sobre todo, explorando con ellos diferentes manifestaciones artísticas como la pintura y la escultura. Los dos somalíes consiguieron finalmente legalizar su estadía en Alemania, pero Hasam murió pronto a causa de una infección de Hepatitis C que ya traía desde su país. Scharif, en cambio, aún vive en Berlín y su vínculo de amistad con Alberto se mantiene.

Después llegó una familia de Irán, convertida al cristianismo, perseguida en su país por su condición religiosa. Venían de los refugios de Italia y contaban que el trato allí era muy malo y por eso habían hecho hasta lo imposible para llegar a Alemania a pedir el asilo.

Aquella joven familia, mamá y papá de 30 y 35 años, con dos niños de 8 y 11, vivió la odisea del exilio en varios países: primero Italia, después Hungría, luego Suecia y Alemania. Durante la travesía fueron separados varias veces, pero de alguna manera lograban encontrarse y continuar. Uno de los niños había sido testigo del abuso físico en contra de su madre y por eso era un niño depresivo y de muy mal humor; tuvo que recibir asistencia psicológica. En total vivieron un año en la comunidad. La fi gura del asilo de iglesia sirvió para ellos y muchos otros que llegaron allí amenazados con la deportación, y la ayuda del círculo de voluntarios consistió no solo en brindarles techo y comida, sino en rodearlos de afecto, enseñarles el idioma y compartir con ellos la cotidianidad. Además, garantizaron el ingreso y el acompañamiento de los niños en la escuela (aún sin hablar alemán) para lo que fue necesario hacer un trabajo específico, tanto con los maestros y las directivas de la escuela, como con los niños mismos.

No es fácil, afirma Alberto. En muchos casos se trata de comunidades pequeñas en donde la presencia de los extranjeros no es común y menos de extranjeros víctimas de guerra y persecución, eso implica un fuerte trabajo de integración y mediación intercultural.

Son muchos los proyectos de esa índole en Alemania. En ellos, cientos de migrantes de otras na cionalidades, como Alberto que es colombiano, se involucran en todo el proceso de integración de los recién llegados, facilitando el encuentro entre mundos tan distintos. La propia experiencia favorece la comprensión de la realidad de unos y otros y es el puente que se necesita para tejer vínculos de amistad y solidaridad, pues las leyes y las políticas migratorias son cada vez más cerradas e inhumanas.

Alberto vive ahora en Eberswalde, otra comunidad relativamente cerca de Berlin. Allí trabaja con una asociación africana que se organizó hace más de 18 años en memoria de un joven angolano al que los neonazis asesinaron en 1990, después de la caída del muro. Su nombre era Amadeu Antonio Palanca.

La Asociación, aparte del trabajo que hace constantemente contra el racismo y la discriminación, también se ha vinculado al trabajo con los nuevos refugiados a través de un círculo de voluntarios. En el último año recibieron como empleadas de la asociación a dos madres solteras de Kamerún y Kenia para que obtuvieran más fácilmente su permiso de estadía.

Otro de los frentes de trabajo es garantizar proyectos de vivienda digna para los refugiados, pues es una de las mayores problemáticas: viven en centros (pequeños guetos) para refugiados en condiciones de hacinamiento, y cuando logran legalizar su estadía y salir de allí tienen dificultades para alquilar vivienda, pues muchos de los alemanes se niegan a alquilarles en razón de sus costumbres (que son ruidosos dicen, que les molesta el olor de su comida, en fi n). En muchos casos tienen que compartir apartamentos de tan solo 20 metros cuadrados entre dos o tres personas de diferentes nacionalidades y eso genera choques culturales.

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Escuela para refugiados en Mainz

Sheila, de Kamerun, una de las dos madres jóvenes, tiene un hijo de 2 años. Su travesía como refugiada por Europa comenzó hace 3 años. Llegó primero a Italia debido a la situación de guerra que vive su región. Habla inglés, lo que le permite comunicarse más fácilmente y ha estado en varios refugios generales. En uno de ellos conoció al papá de su hijo, quien ahora vive lejos, en el occidente de Alemania, así que su contacto con el niño es casi nulo. Esa situación obedece a que existe un sistema de cuotas de refugiados para cada estado de Alemania, y al no estar casados, no tuvieron derecho a permanecer unidos como familia. Lo más difícil para Sheila ha sido conseguir un cupo para su hijo en el jardín infantil, una situación común a muchas madres refugiadas que, sin tener dónde dejar a sus hijos, tienen dificultades para asumir un empleo. Y esa es la condición principal para legalizar su estadía en Alemania.

En términos generales, es un gran reto ese de la integración, pues no se trata solo de encontrar refugio; el tema de romper con la xenofobia y garantizar condiciones dignas de trabajo, vivienda y educación para quienes llegan sigue siendo un problema político que por ahora se ha dejado en manos de las comunidades mismas. Y ese trabajo no sería posible sin la participación de miles de voluntarios y sin el abrazo y la solidaridad entre los migrantes de todo el mundo.

¿Ayuda para el desarrollo desde el sur?

A. llegó a “Alemania como voluntaria en un programa llamado Ayuda para el desarrollo desde el sur”. Ya el nombre desafiaba todo entendimiento, en una parte del mundo que se ha caracterizado por la creencia generalizada en la superioridad de sus gentes y de su sistema económico y político. ¿Cómo así que ayuda para el desarrollo desde el sur? era la pregunta más frecuente que le hacían a ella, una jovencita de tan solo 21 años, que era la segunda de las voluntarias llegadas a Mainz con la idea de realizar un trabajo internacionalista que aportara al entendimiento entre esas dos culturas (Colombia y Alemania).

Tuvo la fortuna de conocer de cerca varios de los movimientos internacionalistas de ese país y sus manifestaciones actuales. Muchos habían nacido de la resistencia contra el fascismo, de la solidaridad con las guerras de independencia en África, y de los movimientos de solidaridad contra las dictaduras en América Latina. Conoció maestros que trabajaron codo a codo con Paulo Freyre en el desarrollo de sus propuestas pedagógicas alternativas en Brasil, a sacerdotes predicando en Europa la teología de la liberación, a jóvenes que en cada espacio libre viajan desde Italia, Suiza, el país Vasco, Alemania etc., tejiendo redes de apoyo y comunicaciones para visibilizar la movilización social en distintos países del continente.

Tuvo por primera vez conciencia latinoamericana cuando compartió con los veteranos refugiados de Chile y Argentina y conoció antiguos dirigentes políticos perseguidos de Nicaragua, El Salvador y Guatemala. Todos hablaban el mismo lenguaje, no solo el mismo idioma. Ese lenguaje de los oprimidos que compartió con otros migrantes de África y Asia, a través de cuyos ojos amplió su horizonte de mundo.

Dedicó una buena parte de su estadía a conocer la historia y a buscar los rasgos que diferenciaban a una Alemania de la otra (la oriental y la occidental) y conoció también el drama de los migrantes de la antigua Unión Soviética, muchos renegando y otros añorando regresar al socialismo.

Trabajó en el comercio justo, una alternativa no gubernamental a las políticas de cooperación para el desarrollo, que promueve la comercialización de productos de los países del sur de Europa en condiciones equitativas. El concepto de justo incluye el cubrimiento de los gastos de producción y un margen de ganancia que les permita a los productores (campesinos y artesanos) establecer condiciones de vida digna rompiendo relaciones de dependencia y desigualdad en términos comerciales. También allí tuvo la posibilidad de conocer el problema de la distribución de la tierra y la riqueza y adentrarse en las realidades de sobreexplotación y pobreza de los países del sur global.

Conoció la historia del movimiento de solidaridad con Colombia a través de sus protagonistas, un puñado de hombres y mujeres, ya entrados en los cuarenta (Werner, Bettina, Gúndula, Marta, Stephan, Peter, Elena, Lourdes, Federico), que fueron de los primeros en hablar de derechos humanos en nuestro país. Entre ellos están los responsables de la presencia de Amnistía Internacional en Colombia, los impulsores de la creación de la OIDHACO y de la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para Colombia, los fundadores del grupo de Brigadas Internacionales de Paz (PBI), que hoy lleva más de 25 años acompañando a personas y comunidades en situación de riesgo en medio del conflicto armado. Todos ellos son personas que han entregado buena parte de su vida a su activismo social y político, a recibir a todos los que llegan, a acompañarlos y garantizar que sus denuncias tengan eco en las instituciones europeas. No son hombres y mujeres pudientes, son trabajadores, intelectuales, voluntarios, estudiantes, personas sensibles y solidarias con las luchas de los pueblos.

Conocer ese trabajo la llevó a comprender que no es una “ayuda” ni la solidaridad venida de la caridad la que ha garantizado la presencia y permanencia de todas esas instituciones de cooperación europea en Colombia, sino el resultado del trabajo mancomunado entre colombianos y europeos con conciencia internacionalista. Así entendió también la necesidad de estudiar los fenómenos sociales y políticos a escala internacional para comprender mejor el conflicto que vivimos.

Hoy, de vuelta en Colombia, le sorprenden otras manifestaciones de la solidaridad internacionalista que denuncian las nuevas formas de colonización a través de la explotación de recursos por parte de empresas multinacionales. Un ejemplo, entre muchos, es el “grupo del carbón”, del que hacen parte alemanes y colombianos. Este grupo se ha dedicado a hacer seguimiento a empresas como la Drummond en el Cerrejón, documenta los casos de violaciones contra los derechos humanos, económicos y ambientales de la población y denuncia ante instituciones responsables de la importación de carbón (Alemania es el tercer país importador de carbón proveniente de Colombia) a fi n de que exijan un comportamiento de las empresas respetuoso con el medio ambiente y las comunidades. O para que desistan de importar carbón contaminante y produzcan energías alternativas. Con su trabajo nos recuerdan que el hambre, la contaminación, y las guerras por los bienes comunes son problemas globales y nos competen a todos.

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