Editorial No 13: Comunicación popular para un entendimiento desde el corazón

comunica(Número 13 / Noviembre 2016)

En otro tiempo nuestros abuelos narraban historias alrededor del fogón de leña donde se reunía toda la familia para escucharlos mientras aprovechaba el calor del hogar. La tradición viene de más atrás y de más hondo: todavía nos es familiar la imagen de comunidades indígenas reunidas en torno a una hoguera, escuchando las historias, que brotaban de la boca de los sabios, sobre espíritus de la naturaleza y guerreros. Homero mismo pervivió en los juglares medievales y sus historias de gesta. Cada civilización, puede decirse, ha construido su identidad y su memoria en la narración oral, una de las formas más naturales y ricas de la comunicación humana.

En la comunicación se construye y se manifiesta toda nuestra dimensión social. Es a través de ella que dejamos de ser átomos aislados para sabernos integrados a una comunidad que comparte un destino común, que sin embargo no es impuesto por la naturaleza sino que expresa la voluntad y la capacidad de construir ideales y utopías colectivas.

Esto quiere decir que nuestra capacidad de soñar y participar en la realización de los más nobles ideales de las comunidades es proporcional a la profundidad de la comunicación que sostengamos con los demás. Estas utopías rebasan la temporalidad del presente para alimentarse del pasado y proyectarse en el futuro, lo cual requiere, desde luego, de la preservación y enriquecimiento de las tradiciones que han orientado sus esfuerzos a la construcción de una verdadera humanidad desde las ansias de justicia, libertad y felicidad. Es decir, exige solidarizarnos con el sufrimiento de los antepasados y de los contemporáneos que han luchado por estos ideales. Eso era lo que hasta hace poco se jugaba en la narración oral.

Pero el arte de narrar está desapareciendo, sustituido por una avalancha de información suministrada por los medios masivos de comunicación. En la narración se transmitían experiencias profundas tanto individuales como colectivas, lo que permitía mantener la memoria y la tradición de las comunidades. La información periodística, en cambio, nos presenta una suma de hechos fríos, desprovistos de toda experiencia genuina; la novedad (o la chiva) es su norma contra la preservación de la tradición libertaria. La narración oral ha caído en desuso en la medida en que la sociedad moderna desprecia la sabiduría, que brota de la experiencia y de la inserción profunda en una tradición, y ensalza la erudición, que se asemeja a una base de datos llena de información dispersa y desarticulada, sin ninguna alusión a la experiencia humana.

Pero los medios masivos de comunicación no solo han ido desplazando la narración natural a escenarios marginales, sino que han despojado a las comunidades de casi todas sus formas propias de comunicación. Hoy la imagen que construimos del mundo viene mediada por las multinacionales de la información; los valores y las aspiraciones colectivas e individuales son prefiguradas en esos mismos medios e impuestas con la fuerza de la repetición y la propaganda. El mundo de la publicidad aparece ante nuestros ojos como un mundo maravilloso que pone la felicidad, entendida como consumismo, a nuestro alcance con solo estirar la mano llena de billetes.

Y nos encontramos con periodistas expertos que interpretan la realidad para nosotros, evitándonos tan doloroso esfuerzo. Y opinadores profesionales que guían nuestra conducta y ejercen como guardianes éticos de la sociedad, velando por los más nobles ideales del trabajo abnegado, la sacrosanta propiedad privada, el individualismo extremo y la competencia como manifestaciones elevadas de la libertad, la democracia mediática y la felicidad consumista. Todo a la medida de las necesidades de sus dueños, los grupos empresariales más poderosos.

Su función es legitimar y posicionar este mundo como el mejor posible, a pesar de su barbarie y la injusticia sobre la que se funda. Para ello, por supuesto, tienen que recurrir a la manipulación mediática de los individuos, a quienes intentan despojar de su autonomía y capacidad de juicio con múltiples estrategias propagandísticas. Con ello, desde luego, lo incapacitan para participar plenamente de una vida social comunitaria y para imaginar otra forma de vida donde la felicidad sea posible para todos.

Por fortuna, la comunicación es parte de la esencia humana y no puede ser enajenada completamente. Ella sigue siendo parte de las prácticas sociales cotidianas, aunque de manera cada vez más marginal, y su recuperación ni siquiera requiere de grandes recursos materiales. Para confrontar la realidad mediáticamente construida ni siquiera es indispensable erigir poderosos medios que disputen la hegemonía de los emporios informativos. Se trata más bien de dinamizar los procesos de comunicación más naturales en las comunidades, de los cuales la comunicación mediática y la información son apenas una parte y no la más importante para construir autonomía individual e identidad comunitaria. En este sentido podemos redimensionar la comunicación popular, emergida de las dinámicas cotidianas de la comunidad, como la forma de comunicar experiencias profundas y significativas para la supervivencia y enriquecimiento de la vida colectiva.

Lo popular de la comunicación no está solo en el contenido y muchos menos en los medios de información, que son apenas instrumentos y no encarnan el fin de la autonomía individual. Más bien se hace evidente en las formas y en las estrategias que logran vincular a la comunidad como productora y resignificadora de su realidad simbólica y su identidad, en la misma medida que transforma la realidad material. En estas formas de comunicación el individuo encuentra también la posibilidad de conquistar su autonomía y capacidad crítica, sin que ello sea contradictorio con la dinámica colectiva.

Si entendemos esta comunicación como la solidaridad de la experiencia de los pueblos y vehículo de las tradiciones utópicas, el escenario resulta enriquecido. Pues estaríamos ante la posibilidad de una comunicación no solo discursiva sino también afectiva, emocional, corporal. Sería una comunicación no solo desde el argumento y la razón sino también desde el corazón, dirigida al mutuo entendimiento y no a la manipulación y la dominación. Eso puede materializarse en los convites, las tertulias y, por supuesto, las narraciones. Además, en el arte popular que involucran a la comunidad en la creación y disfrute de las obras, en la educación popular y crítica, en los medios de comunicación construidos por la propia comunidad para hacerse sujeto de la comunicación y no simples receptores de información. Ni el arte ni la educación ni esas otras formas de la comunicación popular fueron inventadas por la burguesía o por los poderosos en cada época. Todas ellas han emergido de la cotidianidad social de los pueblos y en su recuperación y enriquecimiento encontramos una de las claves para la emancipación colectiva y la posibilidad de construir formas de vida libres de la opresión y la dominación.

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