Contarla para vivir

Por Angie Heredia

Fotos: Arlequín y los juglares

Es el nombre de un festival de teatro en Medellín, que hace alusión a la necesidad de contar y recrear la historia y la memoria para darle sentido a la vida. En esta, su tercera versión, participaron nueve grupos de Urabá, Cali, Medellín, México y Ecuador, que durante una semana recorrieron con sus obras, las diferentes comunas de Medellín y municipios como Titiribí, Caldas y Bello en un encuentro intercultural en el que se conjugaron identidades mestizas, afro e indígenas. Durante todo el festival, las presentaciones, los conversatorios e intercambios con las comunidades giraron fundamentalmente en torno a dos asuntos: la identidad y la memoria.


El teatro es memoria

María Victoria Suaza, directora de la Corporación Cultural Camaleón de Urabá, afirma que este tipo de festivales propicia el encuentro entre culturas y personas de diferentes edades, convirtiéndose en una suerte de “retrato de país”. Camaleón es una escuela con semilleros de teatro en los ocho municipios de Urabá, conformada por 58 jóvenes de distintas edades. Su propuesta es visibilizar desde la estética del teatro la idiosincrasia, la cultura y la memoria de Urabá.

La obra que presentaron en el festival, titulada “Érase una vez un pueblo bello”, integra el teatro, el folklor, la danza y la música en vivo con  cantos de bullerengue, que es, según ellos, la principal raíz y lo poco que queda de la cultura de Urabá. La obra hace memoria de uno de los episodios más cruentos de la historia del conflicto armado en la región: la masacre de Pueblo Bello en 1994, en la que murieron 43 personas. “Tratamos de generar una propuesta esperanzadora, en el sentido de que lo único que esos actos violentos no nos arrebatan son los sueños y las ganas de seguir viviendo. También tenemos un objetivo muy claro: no se trata de repetir y repetir la historia, pero sí de que no se pierda”.

Después de tantos años, afirma María Victoria, todavía no se han encontrado los cuerpos de las 43 víctimas; incluso hoy que existe la restitución de tierras, de las familias que se desplazaron de Pueblo Bello en ese entonces, solamente una ha podido retornar. De ahí la pertinencia de trabajar el tema de la memoria: “Desde nuestro oficio no solamente es importante desvelar el mundo actual y sus contradicciones, sino poder contarles a las generaciones próximas lo que ha sido el paso del hombre por estas tierras”.

De hecho, para ella teatro y memoria son una sola cosa. “La memoria se lleva en la piel y no podemos admitir que la hemos perdido, pero sí que hemos sido un poco indolentes a la hora de cuidar y transmitir el legado, pese a que es nuestra responsabilidad… El teatro es historia, no puede ignorar lo que le pasa a la gente porque el drama está sustentado en la pregunta permanente del hombre por su existencia. El teatro es un ritual y los rituales están profundamente anclados a la memoria”.

El mercado del posconflicto

María Victoria cuenta, además, que en este mal llamado tiempo de posconflicto se pone de moda hablar del trabajo de la memoria y del conflicto desde el teatro. No obstante, esa moda parece estar dejando de lado el quehacer de los grupos que históricamente han trabajado esos temas para dar paso a unos actores de farándula y televisión en escenarios públicos de perdón y reconciliación, representando trabajos de memoria.

Así sucedió en el caso del acto en que las FARC pidieron perdón a las víctimas de la masacre de La Chinita, en Urabá. “A nosotros se nos invitó desde el principio, pues somos un grupo reconocido en la región por el trabajo que hacemos en torno a la memoria desde hace trece años. Pero cuando llegó el día del acto casi ni nos dejan entrar al lugar, hubo un gran despliegue de medios y de seguridad que impedía la entrada; solo después de la nefasta presentación de los actores de televisión (que representaron los hechos tal cual sucedieron, sin ninguna elaboración metafórica, lo que desató la crisis nerviosa de una de las asistentes) nos pidieron el favor de que ayudáramos a atenuar la bochornosa situación con nuestros cantos, pero a la hora de presentarnos ya la mayoría de los espectadores se había ido”, relata María Victoria.

En otros escenarios del festival, como talleres y conversatorios, se aludió también al “peligro” de caer en el mercado del posconflicto que pretende difundir una memoria parcializada, “borrar la tragedia” en aras de crear un ambiente de reconciliación en que acciones y responsables se relativizan y donde el folklor aparece como adorno y no como legítima expresión de la realidad. “No se trata de revictimizar a las personas ni de rememorar lo sucedido y nada más; se trata de mirar al pasado como guía y rescatar de él la memoria colectiva, las tradiciones, las diversas formas de expresión a través del arte y también los proyectos sociales de transformación frustrados o reprimidos a lo largo de una historia plena de conflictos sociales”, sostiene Adriana Diosa, actriz y gestora cultural del grupo Arlequín y los juglares, organizador del festival.

El arte y la construcción de identidades

La memoria es un elemento constitutivo de la “construcción de identidades que nos fortalece como individuos y como colectividad”. Ese es el lema de Mauricio Garmona, actor mejicano que participó en el festival con su obra “Tiradero a cielo abierto”, un monólogo sobre la trata de personas con fines de explotación sexual en su país. Esta obra presenta los hechos desde la perspectiva del victimario, del “padrote” como se les conoce en México a los proxenetas o tratantes, y nos acerca de manera cruda al modus operandi de quienes con engaños, manipulación, secuestro y todo tipo de violencias, trafican con los cuerpos de mujeres, niños y niñas, no solo en México sino en todo el mundo.

Mauricio, interesado siempre en la dignificación de su identidad como mejicano, aborda a través de su obra un aspecto fundante de ella: ser un hombre privilegiado en un contexto de machismo y violencia contra las mujeres.

Creció en Tlaxcala, el segundo Estado más pequeño de México, en la ciudad de Apisaco, e hizo sus estudios de arte dramático en la UNAM. Cuenta que el teatro lo rescató del contexto de violencia y drogadicción que lo rodeaba. A pesar de que Tlaxcala es uno de los 20 llamados focos rojos de prostitución y trata de personas en México, él solo se enteró del fenómeno de la esclavitud sexual hace cinco años, cuando comenzó a interesarse, en particular, por integrar temáticas de género a la perspectiva social de sus obras.

Cuenta que es difícil vivir del teatro en México si se es independiente y que abordar temáticas como la trata de personas con fines de explotación sexual puede ser una actividad peligrosa: “Aunque yo no estoy señalando a nadie en particular, este es un tema que despierta mucha animadversión, ya que si hay prostitución es porque alguien la consume, si hay quien la consume es porque alguien la permite y si hay quien la permite es porque hay quien la explota. Es una cadena de actores sociales que alimentan ese fenómeno a lo largo del país. Alguien pudiera sentirse aludido y querer atacarme. Aunque nunca he recibido amenazas ni nada”.

En cambio, numerosas activistas de derechos humanos que actúan en contra de la trata de personas en México sí han sido agredidas, asesinadas y  desaparecidas. Se ha comprobado que hay una relación directa entre las rutas del narcotráfico y las del tráfico de personas, igual que entre la prostitución y la desaparición de mujeres, por ejemplo en ciudades como Juárez y Tijuana, dos de los principales focos de prostitución infantil.

“Mi obra pretende mostrar claramente cómo funciona la trata de blancas en todas sus etapas, quiere generar consciencia, preguntas acerca de qué deberíamos hacer como sociedad frente a este fenómeno, y además prevenir a las jovencitas y a las familias”.

Según la Comisión de Derechos Humanos de la ciudad de México, es muy difícil determinar cuántos casos hay, pero son alrededor de 70 mil menores de edad víctimas de trata, de las cuales entre 16 mil y 20 mil son sometidas a esclavitud sexual.

Víctimas del amor romántico

“Engánchalas, enamóralas, ilusiónalas, y luego véndelas, pero nunca te enamores de ellas”, repite una y otra vez en la obra el personaje nefasto que inicia a su sobrino en el oficio de padrote, un oficio tan lucrativo que puede dejar hasta 3 mil o 4 mil dólares por chica en una noche. “Entre más rápido la enamores, te la lleves y la pongas a trabajar, menos pérdidas para el negocio…” Lo singular en el modus operandi del padrote es que hace pensar a la sociedad que las chicas acceden al ejercicio de la prostitución por voluntad propia, pues antes de experimentar la violencia sus captores les hacen creer que las aman y en muchos casos hasta se casan con ellas. En la primera noche ya les hacen saber que aquel paraíso que soñaron era solo una falacia y que para permanecer con vida o proteger la de sus familiares deben producir ingresos atendiendo hasta 40 clientes por día.

Mauricio resalta lo que este trabajo ha representado para él en el sentido de tomar consciencia de sus privilegios como hombre en una sociedad patriarcal y de su deseo profundo de transformar esos patrones de identidad en su vida cotidiana. El trabajo de investigación que hizo para la elaboración de su obra fue muy doloroso pero representativo, y espera llegar a muchos hombres, mujeres y familias para movilizar un cambio en la sociedad y que se penalice a los tratantes como es debido.

Desde 2012 el congreso mexicano aprobó una ley de entre 12 y 15 años de pena para quienes sean encontrados culpables de prostituir a menores, pero las activistas de derechos humanos afirman que los jueces se han demorado en implementar la ley por desconocimiento o por prejuicio; juzgan que las chicas están en el negocio de la prostitución por voluntad propia. De hecho solo en 10 de los 32 estados mejicanos se ha comenzado a implementar la ley contra la trata.

P.D. Si por allá llueve, por aquí no escampa

No hace mucho llegó a mí la denuncia de una niña de 18 años a la que le ofrecieron un trabajo en un restaurante de San Andrés Islas, como buenos paisas adujeron que a los negros no les gustaba trabajar y por eso la necesitaban a ella. Antonia, en su ingenuidad, pero también en su necesidad de encontrar trabajo, pues era madre soltera de una bebé de siete meses, accedió, no sin dudas, a la propuesta. Viajó a San Andrés con un tiquete electrónico que le mandaron por correo, apenas con el dinero para sobrevivir un día, tomó un taxi y llegó a la dirección indicada. Tan pronto como llegó pudo darse cuenta de que se trataba de un prostíbulo. Esa misma noche debía enfrentarse a los “clientes”, pero ella, asustada y sin ninguna experiencia en esas lides, se negó rotundamente, a lo que sus “empleadores” respondieron que si no se acostaba con los clientes no podría pagar la deuda que ascendía ya a más de dos millones de pesos.

Durante los pocos días que estuvo allí, Antonia se negó a acostarse con los clientes, por lo que le negaron el agua y la comida. Cuenta que comió y bebió lo que sus compañeras y uno que otro cliente que se sentaba a charlar con ella le ofrecieron. Cuenta también cómo durante el día les permitían moverse libremente entre el prostíbulo y la playa, pero a las cinco de la tarde las encerraban y les volvían a abrir la puerta a las siete de la mañana, una vez hubieran terminado de cubrir sus servicios. Antonia “milagrosamente” logró escapar del lugar y por eso pudo contar la historia, de lo contrario  probablemente hubiese resistido uno o, a lo sumo, dos días más… al final el hambre y la necesidad de pagar la famosa deuda para poder salir de allí la habrían obligado a acostarse con los clientes y a entrar en ese círculo vicioso e infinito de la prostitución. Me pregunto qué dirían las autoridades: ¿Lo que dicen la mayoría de las veces, que eso no es trata, que la prostitución no es un delito, que Antonia y las demás son mayores de edad y “ejercen” la prostitución por voluntad propia?

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