Un aplastante día laboral

acoso-laboral
Ilustración tomada de http://www.marioconde.org

Por Ángela María Gómez

El día amanece y los gallos no cantan porque en la ciudad ya están apagados. Los reemplazó el reloj electrónico, o el celular, el mismo que tiene una emisora, un teléfono, un despertador y muchas cosas más. Este mundo tecnológico lentamente relegó al olvido a los viejos gallos que nos despertaban; escasamente permite bandadas de pericos silvestres que, por fortuna, aún vuelan y cantan por encima de mi casa.

Aperezada me despierto a las cinco de la mañana. Llueve, y todo parece irse a pique con ese cielo gris que me recibe apenas salgo de casa. “Una ciudad triste”, pienso, pero no me
dejo llevar por la depresión antes de llegar a ese ambiente de locos. Que me deprima, pero que sea allá, cuando vea de frente el fastidio, el tedio del abuso de la vulgaridad o coprolalia que llaman; cuando vea a la jefa permitir, desde la palabra y desde el cuerpo, todo tipo de abusos. Y cuando recuerde, palmo a palmo, los términos humillantes de ese contrato sindical que me condena como una persona de tercera, a la tercerización.

como un centro de virtudes, de solidaridad, de acogida, pues allí llegan pacientes en estado lamentable, enfermos de todas las edades esperando ayuda, comprensión por su enfermedad o por su evidente trasegar hacia la muerte. Niños, mujeres adultas, ancianos
lo reciben a uno a la entrada después de pasar la revisión respectiva del bolso, la cual no me incomoda, no porque la vea bien sino porque llevo toda una vida siendo observada con cara de criminal, pues acá en nuestro país siempre se ha aplicado el principio de presunción no de inocencia sino de culpabilidad. Y esto ha sido así desde antes de salir de las entrañas de mi madre en esta tierra “innovadora” de metralla y camándula.

Subo al tercer piso y me cambio de uniforme, dependiendo del área adonde vaya: cirugía, esterilización, empaque, cuarto estéril, lavado u osteosíntesis. De antemano sé dónde trabajo y si la voy a pasar bien o mal. Me siento bien si estoy sola o máximo con un compañero o compañera, pero cuando estoy con otros seis, el día me pesa como si tuviera una bola de boliche encima de la cabeza las doce horas. En el vestier ya empiezan los tratos irrespetuosos: casi todos los hombres unos más atrevidos que otros saludan a las compañeras con un cachetazo en las nalgas o con un pasón de mano por las
partes nobles. Y ellas ríen, y a veces, muchas hacen lo mismo que ellos. La jefa se deleita y alcanza a balbucear: “¡muchachos, ay, ya, así no!” y después suelta una sonora carcajada. No hay rubor, es la cotidianidad.

Me ilusioné mucho cuando inicié este trabajo en tanto me veía inmersa no solo en el buen trato y la solidaridad laboral, sino en consignas y tareas humanas, pues este es un servicio público sanitario agotador y tan importante como cualquier otro del hospital. Esperaba y sigo esperando voces como: “hoy vamos a trabajar en equipo”, “los mejores esfuerzos para nuestros pacientes”, “vamos a laborar sin mal genio”, “vamos a comunicarnos bien”, tal como me enseñaron en la escuela de enfermería. Pero no, nunca he escuchado estas frases, estas formas de proceder colectivas; por el contrario, y desde el primer día, noté que la atomización del servicio era total. El “sálvese quien pueda” es la tónica del trabajo. En las reuniones que hacemos mensualmente, que se asemejan a un gallinero con dos o tres gallinas en calor, nunca ha sido mencionado lo colectivo, y, al revés, cuando pretendí hablarlo con una de ellas, me mandó a callar y me informó que eso no sirve para nada.

En el servicio de esterilización del hospital hay estudiantes de enfermería y de instrumentación, ellas traen buenas ideas para mejorar el ambiente, y las plasman en las paredes de los cuartos donde trabajamos con fotografías que dan cuenta del mensaje, pues seguramente se enteran, a primera vista, del pésimo ambiente que allí reina por arte y gracia de todos los involucrados en la rutina diaria. Pues allí están, pero nadie les hace caso: “la unión hace la fuerza”, es un mensaje que queda en la pared, estampillado allí por el desprecio que todos le prodigan.

Cuando empezó el festival de poesía de Medellín me entusiasmé con él, pues conozco algunos contenidos de los años anteriores y llevé un cuadernillo con la programación. Todos y todas me miraron extrañamente cuando lo estaba leyendo en el cafetín y me preguntaron acerca de él. Yo les respondí que era una programación del festival, y después de explicarles que este ya iba en la versión 27, me contestaron, palabras más, palabras menos: “¡ay, gas, eso pa’qué, pa’ise uno a dormir allá. Qué bobada!”. Ni siquiera esperaron a que yo les hiciera algún aporte para despejar sus dudas.

El día a día transcurre entre la agresión verbal, el manoseo, la coprolalia lanzada en todos los tonos, las discusiones religiosas o el rock en español a todo volumen mientras los médicos operan a alguien; o como contaron jocosamente mis compañeros, entre una y otra filmación de operaciones de urgencias tales como la extracción de un material peligroso de la vagina de una señora, sin que haya sido autorizado el cirujano por ella o por su familia. Y tal vez fue subida a facebook, pienso yo, con toda la burla que pudo agregarle el galeno que dirigió la hazaña.

Termina el día y me retiro a casa con el cuerpo desvanecido por el cansancio, pues trabajo las doce horas de pie, y con la cabeza dándome vueltas como la rueda de Chicago en el parque Norte. En casa, cuando hablo con mi compañero, este me dice: “en la industria, eso que cuentas, es apenas una mueca; allí, en el entretanto, las cosas son peores”. Con ello no logro consolarme, pero sí me deja claro que requerimos un vuelco social y cultural en este país que cada vez que me despierto me parece que se va a derrumbar, en cámara lenta, a mis pies.

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