Puerto Rico: huracanes y colonialismo

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Foto: Carlos Garcia Rawlins

Por Renán Vega Cantor

El pasado septiembre la isla de Puerto Rico fue azotada por dos huracanes que arrasaron con lo que encontraron a su paso. Irma y María, como se bautizó a los dos temporales, causaron una gran destrucción, sumiendo a la “isla del encanto” en la miseria y la desolación. Especialmente destructivo fue María, que dejó a 1 millón de personas sin agua, a 3 millones sin luz, a un 40% de los usuarios con su teléfono celular inservible, destruyó o averió 250 mil viviendas. Un mes después de los acontecimientos, la situación seguía siendo igual como el 20 de septiembre, cuando se desplegó María con sus vientos de 250 kilómetros por hora.

Esta catástrofe, resultado directo del calentamiento global, adquiere una mayor dimensión porque se presentó en una colonia de los Estados Unidos, un país que ha mostrado un desprecio racista por los puertorriqueños y una notoria incapacidad para contribuir a solucionar la situación de sus súbditos coloniales. Con los huracanes ha quedado claro el carácter colonial de Puerto Rico, una enseñanza que debería ser leída en forma crítica por los latinoamericanos.

La colonia más antigua del mundo

Puerto Rico es la colonia más antigua del mundo, puesto que en forma ininterrumpida ha sido ocupada por potencias extranjeras desde 1493. Primero fue un dominio de España, que eliminó a sus habitantes originarios y permaneció hasta 1898. En este año, luego de una corta guerra entre el desvencijado imperio español y el naciente imperialismo de los Estados Unidos, este último se impuso y ocupó a Puerto Rico, situación que se prolonga hasta el día de hoy. Así, Puerto Rico sufre una ocupación colonial de facto de 524 años continuos, como no lo ha soportado ningún otro lugar del mundo (excepto Irlanda que fue ocupada cerca de 750 años por Inglaterra, desde 1171 hasta 1921).

Para disimular su carácter de ocupante colonial, tras el fin de la Segunda Guerra Mundial y cuando empezaron a desgajarse los imperios coloniales europeos, Estados Unidos decidió bautizar a Puerto Rico, en 1952, como Estado Libre Asociado (ELA) de la Unión Americana. Con este hecho demagógico, la ONU dejó de considerar a Puerto Rico como un problema colonial. La solución de los Estados implicó que Puerto Rico aparentemente dejaba de ser colonia, pero sin tener su propio Estado.

En efecto, los habitantes puertorriqueños pueden elegir a sus autoridades, que están supeditadas a las de Estados Unidos, y no tienen ningún control sobre sus relaciones exteriores. Cuentan con un representante en el senado de los Estados Unidos, que tiene voz pero no voto. Aunque a los boricuas se les ha concedido la ciudadanía de los Estados Unidos, solo pueden votar en las elecciones de ese país si viven en el territorio continental, y mientras permanezcan en la isla no lo pueden hacer.

Esta dependencia política de Puerto Rico no tiene parangón, como lo afirmó Juan Trías Monge, un notable jurista de la Isla: “No hay, en el mundo actual, relación no colonial alguna conocida, en la que un pueblo ejerza tan vasto, casi ilimitado poder sobre el gobierno de otro”.

Puerto Rico tiene una deuda de 73 mil millones de dólares, una pobreza del 45%, un desempleo del 12% y una población que decrece día tras día como resultado de la huida hacia los Estados Unidos, donde residen 4.5 millones de personas nacidas en Puerto Rico, muchas más que los 3.4 millones que habitan en el territorio de la isla, un número que ya se ha empezado a reducir como resultado directo del huracán María.

La dependencia colonial de la economía se muestra con el hecho de que la Isla al ser un ELA no puede ni siquiera acogerse al Código de Bancarrotas estadounidense ni cuenta con mecanismos económicos propios, como lo haría cualquier estado soberano, para afrontar sus problemas internos. Además, en 2016 se le aplicó la Ley para la Supervisión, Administración y Estabilidad Económica de Puerto Rico (PROMESA, es su acrónimo en inglés), con la que se refuerzan los controles externos de Estados Unidos. En síntesis, Puerto Rico parece ser parte de Estados Unidos, aunque en realidad no lo es, como lo está demostrando el “ejemplar” comportamiento del gobierno de Donald Trump para afrontar los efectos de María.

No es solo Donald Trump… es la colonialidad del despojo

Los propagandistas de la CNN señalan a Donald Trump como el directo responsable de la situación de Puerto Rico, por su negligencia criminal, su racismo y su desprecio hacia los isleños, algo que es evidente. Esos propagandistas no mencionan el carácter estructural de la responsabilidad de los Estados Unidos, como si el asunto fuera de este o aquel personaje. Trump expresa en forma burda y chabacana lo que es el colonialismo, el problema de fondo de Puerto Rico.

La crisis suscitada por el impacto de María en el territorio borinqueño ha dejado desnudo el carácter colonial (algo así como la colonialidad del despojo) de las relaciones entre Estados Unidos y Puerto Rico. Ha mostrado que el primero no está dispuesto a ayudar a sus súbditos coloniales ni a dejar que otros lo ayuden, ya que se ha opuesto a que Cuba, México y Venezuela suministren socorro médico. Para eso se basan en otra ley colonial, la de cabotaje, mediante la cual se determina que los únicos barcos autorizados para atracar en territorio de Puerto Rico son los que portan bandera de los Estados Unidos.

La “ayuda” de Estados Unidos muestra la ineficiencia e ineficacia que se desprende de la dependencia imperialista, puesto que la primera potencia del mundo no ha sido capaz de instalar la luz, de restablecer los servicios del agua potable en una pequeña isla de 9.000 Kilómetros cuadrados, y deja que miles de personas se mueran de hambre, sed y enfermedades. Esto indica el desdén del aparato administrativo de los Estados Unidos hacia un territorio colonial y la vulnerabilidad interna de Puerto Rico, cuyos habitantes soportan un genocidio de tipo imperialista.

El objetivo de ese genocidio es destruir a Puerto Rico e imponer una agenda por completo favorable al capitalismo del desastre, como resultado del cual sea liquidado cualquier atisbo de resistencia y se rompan los lazos culturales e históricos que han permitido, en medio de la dependencia, mantener la identidad de los puertorriqueños, todo para apoderarse por completo de las riquezas de la “estrella del Caribe”.

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