Otra terrible historia de ‘amor’

pa mi o pa nadie
Ilustración: “Pa’mi o Pa’Nadie”/Acido

Por Darío González Arbeláez

Todos los vecinos del barrio que salieron a la puerta de su casa aquella mañana recuerdan perfectamente a Fabián empujando por la mitad de la calle la silla de ruedas, en la cual estaba sentado el cadáver de Elkin, sobre las piernas del cual yacía el de Yesica: ambos con un tiro de un revólver 38 en sus sienes.

Yesica y Elkin se hicieron novios desde antes que a él lo cogiera el Ejército. Elkin era un joven rubio, de estatura promedio, delgado y bien parecido; se distinguía, lo mismo que su hermano Fabián, porque llevaba en el rostro una serie de lunares como todos los Castilla. Yesica, por el contrario, era trigueña, de cabello oscuro, de labios gruesos, robusta y voluptuosa, pero de curvas definidas, las mismas que sobresalían con los overoles de jean que usaba.

Elkin llegó al Ejército luego de ser sorprendido por uno de los camiones militares que recorrían las calles de Medellín. Como no era bachiller debió prestar servicio por casi dos años. Durante todo ese tiempo Yesica lo esperó pacientemente. Cuando volvió del servicio militar, Elkin llegó, como se dice, ‘con el dedo caliente’. Se olvidó de los trapeadores que solía fabricar y pasó a cualificar las filas de la gallada del barrio. En ese momento Fabián, su hermano menor, ya ‘volteaba’ con ellos.

Con menos de un mes transcurrido tras su regreso al barrio, ya se le podía ver de ‘parrillero’ en las DT 175 que salían y entraban aceleradas, sentado con todos los muchachos cerca a la cancha de fútbol, donde estaba su centro de operaciones, o yendo con Yesica a todas las fiestas de la gallada.

En esas correrías anduvo Elkin durante un par de años, hasta mediados del año 2000, cuando, regresando de una farra, con uno de sus parceros, fueron sorprendidos a disparos. Aunque el parcero aceleró la motocicleta y zigzagueó hasta dejar de escuchar las detonaciones, no fue suficiente, porque una de las balas había impactado la columna de Elkin. Y, asimismo, tampoco fueron suficientes las continuas terapias ni el acompañamiento personalizado del médico especialista, porque Elkin no pudo volver a caminar. Aunque guardó la esperanza hasta el último día.

Después de que Elkin regresó al barrio en una silla de ruedas, la imagen de Yesica, con su ajustado overol de jean empujando la silla, se hizo común; todos los días lo conducía de la cancha de fútbol a su casa y viceversa. En otras ocasiones, cuando compartían con los muchachos, ella solía sentarse sobre sus piernas. A ojos vistas, el incidente de Elkin parecía haberlos acercado más.

Sin embargo, a mediados del 2002, un domingo que andaba con Samuel, uno de mis vecinos, caminando por el barrio, Elkin lo hizo llamar y Samuel me pidió que lo acompañara. Una vez que estuvimos frente a él le preguntó que si podía empujarlo hasta la discoteca. Samuel asintió con la cabeza y luego me invitó a acompañarlos. La verdad, la situación no me resultaba extraña, porque sabía que Elkin tenía entre sus afectos a Samuel y que éste solía empujarlo por fuera del barrio, porque Yesica no era capaz de empujarlo en subida.

Entre ambos empujamos la silla hasta que coronamos la cima, luego fue Samuel el que la condujo, mientras yo caminaba a su lado; en la discoteca lo esperaban Yesica, Fabián y los muchachos. Cuando estábamos a pocos metros de nuestro destino, una motocicleta DT se detuvo a nuestro lado, por un momento Samuel y yo nos alcanzamos a espantar, pero al momento nos percatamos de que se trataba de uno de los amigos de Elkin. Nos mantuvimos próximos a la conversación, en espera de que terminaran pronto para concluir la marcha. La charla que sostenían era casual y nada delicada, hasta que Elkin la cortó abruptamente y le dijo al de la moto:

-Sabes qué Rodrigo, yo necesito un favor tuyo.

-Decime socio, vos sabes que estoy pa’ las que sea.

-Parcero… quiero que mates a mi mujer.

-¿Te montó los cachos?

-No, ella siempre me ha sido fiel… Pero andamos mal y, como yo siempre se lo he dicho, si ella no es pa’ mí no es pa’ nadie. ¿O no socio?

-¡Así es!… Cuente conmigo Elkin, yo le hago esa vuelta, pero luego le cobro el favorcito.

Después de ello acordaron llamarse para concluir detalles. Rodrigo aceleró su DT y Elkin nos indicó con la cabeza que lo termináramos de empujar hasta la discoteca. Ni Samuel ni yo podíamos ocultar el espanto, del que Elkin se había percatado desde el principio; así que antes de preguntarnos por qué gaseosa queríamos tomar, nos miró y sentenciosamente nos advirtió:

-Ustedes saben muy bien lo que les puede pasar si le dicen algo a alguien…

Durante los siguientes seis meses Samuel y yo esperamos escuchar la noticia del asesinato de Yesica, todos los días nos sentíamos culpables por nuestra inocente complicidad. Para tranquilidad nuestra, en los meses siguientes no ocurrió nada. Hasta el 7 de diciembre en la mañana, cuando Elkin recibió el parte definitivo del especialista que lo estaba tratando: el daño de su columna era definitivo, nunca más podría volver a caminar, no había ninguna posibilidad.

Ese mismo día en la tarde el equipo de fútbol, donde jugaban Fabián y otros muchachos, se coronaba campeón del torneo del barrio. Por lo tanto, en la noche habría farra. El festejo se les alargó hasta el amanecer del día siguiente. Cuando ya iban despuntando las siete de la mañana, Elkin, que había bebido sin reservas, sacó el revólver que guardaba bajo la almohada de la silla y sin demoras le disparó a Yesica, que permanecía sentada sobre sus piernas y, sin dar tregua a los demás, se disparó.

La mayoría de los vecinos que enmudecidos vieron a Fabián empujar la silla con los dos cuerpos, concuerdan en un mismo punto: el gesto de Elkin era de satisfacción y en sus labios se dibujaba una leve sonrisa.

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