Editorial No 27: Resistencia desde la contracultura

 

P2 - Numak
Mural de “Numak”

Da grima ver, sobre todo los fines de semana, los centros comerciales de las grandes ciudades atestados de gente que decide pasar allí su día de descanso en familia, almorzar juntos en uno de esos negocios donde tienes que hacer una fila inmensa, te atienden mal y te sirven una comida de pésima calidad y precios descarados que luego tienes que comer en medio de una atmósfera que parece invadida del zumbido de abejorros producido por las múltiples conversaciones aisladas, los gritos de los niños, las plomaceras y ruidos de autos veloces que suenan en los televisores a todo volumen. En estas condiciones no debe alimentar mucho la comida, por sabrosa que sea.

Sin embargo, la gente que allí se amontona exhibe sus caras satisfechas, orgullosas de sí mismas por tales gustos. Luego se asomarán a las vitrinas para dejarse seducir por los artículos fastuosos, la mayoría inútiles pero carísimos, acomodados e iluminados de tal forma que parecen obras de arte en un museo. En ninguno de ellos se adivina ya la huella de todo el sufrimiento que los trabajadores han tenido que padecer para producirlos; muchos de estos trabajadores pasean también por allí seducidos con el fetiche que desde el otro lado de las vitrinas les devuelve con cinismo la mirada. Al final de la tarde pasarán por el cine a ver una película banal, cuyo mayor mérito tal vez es la violencia prehistórica con armas ultramodernas, en tercera dimensión, donde las mujeres y los hombres hermosos se muestran al alcance de la mano igual que las mercancías detrás de la vitrina.

¿Qué tienen los centros comerciales para atraer tal multitud de gente sin ofrecerle nada realmente valioso para su vida? Tal vez justamente eso, que solo ofrece la posibilidad de distracción frente a un mundo que no podemos mirar a la cara sin horror.

Resulta paradójico que una sociedad que ha reconocido su potencial técnico e intelectual para desterrar la miseria y las peores formas de barbarie, se empeñe en utilizarlo para profundizar la dominación y banalizar la miseria. Esto, al tiempo que despliega todo el poder del arte y la cultura para manipular la percepción de los sujetos y hacernos vivir como zombis los perores horrores de la vida cual si fueran espectáculos mediáticos que no pudieran afectarnos. Vemos, por ejemplo, en la televisión, bien acomodados en nuestros sillones y con una cerveza en la mano, los bombardeos que destruyen a Irak o a Siria como si viéramos la última producción de Steven Spielberg, y los mismos soldados que ejecutan el ataque no hacen sino operar los comandos de un dron, como si solo se enfrentaran con un videojuego al reto de matar el mayor número de personas y destruir las posibles resistencias de un enemigo que parece también de mentira.

Y en este mundo, el centro comercial es el modelo, una especie de cápsula a donde entramos, como si fuéramos turistas en un mundo exótico (puede ser también un paisaje natural domesticado u otro planeta), para vivir las experiencias que se nos niegan en la vida cotidiana, o al menos a enterarnos que se pueden vivir si tenemos suficiente dinero. Esa experiencia no es otra que la felicidad: por eso dice la propaganda que eEn Oviedo (centro comercial) usted encuentra todo, todo, para ser feliz. No es gratuito que el gran escritor José Saramago en una de sus últimas novelas asimilara el centro comercial moderno con la caverna que aparece en el mito griego de Platón. Pues al final, como pasa en aquella caverna mencionada por el filósofo, terminamos por conceder un mayor nivel de realidad a lo que ocurre allí adentro que a lo que nos asedia o podría alegrarnos en nuestra existencia real.

La ciudad misma va asumiendo poco o poco la forma de un gran centro comercial; el mundo entero aparece como un inmenso centro comercial en donde las ciudades son mercancías que se exhiben y se venden: Madrid, Barcelona, Buenos Aires, Río de Janeiro… Medellín no son más que centros comerciales, cuya publicidad invita a los turistas (y cada vez los propios locales tienen que comportarse más como turistas) a vivir allí experiencias supuestamente únicas e irrepetibles.

En la medida en que el mercado convierte en mercancía todo lo que toca, el arte, al servicio del diseño y la disposición de las mercancías y las ciudades para la seducción, se ha convertido en la poderosa fuerza de embotamiento al envolver el mundo en su capa artificiosa, con una estética de ocultamiento que nos invita (o empuja) a vivir la vida como si fuera una puesta en escena, un reality show en donde lo importante es el valor de exhibirnos con todas nuestras miserias como si en realidad fueran grandes virtudes. Entre tanto, se agudiza la explotación y la dominación de clase, género, etc; se multiplican los niños muertos por desnutrición, los desempleados y los trabajos precarizados, suben de manera imparable las cifras de feminicidios, los bosques arrasados, las especies extintas o en vías de desaparecer… Y cuando estas realidades aparecen en los grandes medios de comunicación lo hacen en medio de una atmósfera sensacionalista que las despoja de su poder de conmocionar, como si apenas anunciaran hechos exóticos, acaecidos en otro planeta. No es casual la ridiculización que hace un humorista colombiano de la presentación de los noticieros de radio o televisión: Alerta, atención, insólito, espectacular… todo es espectacular.

Ello plantea la urgencia de devolverle al arte y a la cultura su potencial crítico y utópico. Frente a una cultura de dominación, que utiliza el arte como instrumento de anestesiamiento de la conciencia, se hace necesario un movimiento contracultural, que retome los caminos de esa juventud rebelde que en la década del 60 del siglo pasado se levantó contra los valores estéticos y la moral conservadora de las élites, asumiendo como bandera de batalla la imaginación. Cuando se anunciaba el poder de la imaginación no se apelaba a su propiedad de embellecimiento de un mundo insoportable, sino a su capacidad para romper ese velo y permitirnos ver el mundo en toda su deformidad, al tiempo que nos ayudaba a construir, a través de esta maraña artificiosa, caminos hacia una sociedad realmente humana. Eso solo es posible en la medida en que la fuerza crítica y destructora del arte anide en las prácticas comunitarias y populares, en una lucha abierta contra los cánones éticos y estéticos impuestos. A despertar esta sensibilidad estética y la capacidad crítica en las comunidades deberemos orientar nuestro trabajo social y popular en lo más inmediato.

CP1 - Toxicomano
“Satan Is Real” de Toxicomano Callejero

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