Editorial No 30: La Utopía de la seguridad

P6 Arbol de la vida Huichol
Portada: Arbol de la Vida /Pueblo Huichol

Es mejor la seguridad que la policía. Esta verdad de a puño, defendida por la sabiduría popular, se manifiesta en su profundidad en aquellos países que cuentan con el mayor cuerpo policial (y militar) en proporción a su población. Una sociedad armada hasta los dientes como la de los Estados Unidos, tiene que sufrir cada vez con más frecuencia los arrebatos de algún “desquiciado” que saca de su armario su ametralladora y entra bien aprovisionado a un cine o a un centro comercial o a un colegio para desahogar sus frustraciones disparando contra todo lo que se mueva. Y en el caso de Colombia, el país con la mayor proporción de seguridad privada, fuerza pública y el menor índice de inversión social del continente, los pueblos, barrios y veredas han tenido que acostumbrarse a vivir bajo el terror no solo de distintos grupos armados que imponen su ley sino de la misma fuerza pública que hace de ella una madeja de arbitrariedades.

Si necesita ser garantizada por la policía, entonces es que está muy lejos de ser verdadera seguridad, a lo sumo será su remedo y casi nunca una aproximación a ella; pues si algo caracteriza a la seguridad policial es que se ubica en las antípodas de la seguridad bien entendida. Es en todo caso una seguridad clasista, que defiende los intereses de los privilegiados, los poderosos, explotadores y dominadores contra la amenaza que representa la existencia misma de los pobres y los humillados por el poder, contra la conciencia libertaria y la sed de justicia verdadera.

Eso lo han aprendido en carne propia los trabajadores, los campesinos, indígenas, estudiantes, etc., que se han atrevido a confrontar los privilegios de las clases poderosas. A don Juan, por ejemplo, un habitante del barrio Moravia que fue desalojado varias veces por el cuerpo de carabineros, le queda muy difícil asociar la imagen de la policía con la seguridad. Igual que a doña Helena, una antigua empleada de Leonisa, que fue golpeada en varias ocasiones durante las protestas contra las malas condiciones que les imponía la empresa. Lo sabe don Argemiro, que fue sacado de la finca que otrora fue de sus padres, a manos del Ejército que llevaba entre sus tropas a varios encapuchados. Y lo aprendieron hace poco los padres de Óscar Salas, cuando su hijo fue asesinado por el ESMAD mientras participaba en una protesta estudiantil contra las reformas privatizadoras de la educación.

Y es que la policía no fue creada en ninguna parte para garantizar que todos tuviéramos comida. Ni para velar porque en el barrio hubiera escenarios de recreación y deporte adecuados para el desarrollo físico y emocional de los niños y jóvenes; tampoco está la policía en función de que todos tengamos acceso a una educación de calidad, que nos permita descubrir y desplegar nuestras potencialidades; ni garantiza que nos atiendan en los hospitales y nos den un servicio de calidad, con tratamientos adecuados, mucho menos que las instituciones de salud desarrollen programas de prevención para garantizarnos una vida sana. Ni siquiera garantiza la policía que la gente pueda expresar libremente sus opiniones y luchar por sus aspiraciones políticas: decenas de miles de personas han sido desaparecidas en este país por el Ejército o la policía por atreverse a expresar opiniones contrarias al establecimiento

A lo sumo, allí donde la fuerza pública cumple plenamente con su deber, se empeña en que todos nos sometamos a la ley. Pero la ley nunca es garantía de seguridad y la mayoría de las veces es la que nos pone en riesgo. Por ejemplo, la ley 100 de 1993 y la ley 50 de 1991 crearon un entorno de inseguridad tremendo para los trabajadores de este país en materia de salud, trabajo y pensiones. Hoy nadie, si está trabajando, puede sentirse seguro en su trabajo, sabe que en cualquier momento lo pueden despedir sin justa causa y sin indemnización; lo peor, los contratos directos y a término indefinido se volvieron algo así como una especie en vía de extinción, con lo cual la mayoría de colombianos tuvimos que abandonar la esperanza de pensionarnos alguna vez. Y, sin embargo, la policía estuvo ahí para reprimir y golpear a los trabajadores que se rebelaron ante estas leyes.

La verdadera seguridad es un valor que reivindicamos hoy con carácter de utopía. Implica no solo controvertir la noción de seguridad que se nos ha anunciado hasta ahora, sino empeñarnos en la construcción de una sociedad donde la policía y todas las fuerzas de represión sean definitivamente innecesarias. La seguridad no puede seguir pensándose como la existencia de un cuerpo represor que castiga a quienes violan la ley, así esta sea profundamente injusta y antisocial, sino como un estado de la sociedad donde la convivencia y la interacción entre los seres humanos no esté regida por leyes externas y arbitrarias, construidas por la élite dominante para mantener su dominación. No se trata de castigar al ladrón (pues la nuestra es una sociedad que se sostiene sobre el robo legalizado de la fuerza de trabajo), sino de construir una sociedad donde nadie está obligado ni motivado a robar nada porque el mundo entero se ha convertido en un bien común que disfrutamos y cuidamos todos.

El lema que ha sostenido la idea de seguridad policial es el lema fundacional del capitalismo: seguro mató a confianza. Aquí está la idea del individuo egoísta, obsesionado con su propiedad privada, amarrado a ella para evitar que nadie se la arrebate, dispuesto a asesinar por ella, a engañar y a someter. Este individuo no puede ver en los demás sino una amenaza para su seguridad, para la seguridad de ese mundo autocontenido que es él mismo y su propiedad. La verdadera seguridad, por tanto, solo puede alcanzarse en una sociedad que ha reconstruido los valores de la humanidad en torno a la solidaridad, el amor y la justicia. Allí donde el tejido social está fortalecido por estos principios la seguridad surge como una condición natural de este tipo de sociedad. Y no es una seguridad como garantía de propiedad privada sino como garantía de una vida plena, en donde cada individuo puede desarrollar toda su potencialidad física, espiritual y social, a condición de participar activamente en el fortalecimiento de esos vínculos solidarios. Y no se limita esta seguridad a la especie humana sino a la naturaleza en general, de quien depende toda vida. Allí donde naturaleza y vida, seguridad y confianza se aproximan por la solidaridad hasta la casi identidad, nace la utopía.

contra ACIDO 12
Contraportada: “Sin título”/Ácido

 

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