Fernando Barrientos: 46 años de impunidad

Pintura: Velorio de estudiante Muerto, Alejandro Obregón

8 de junio de 1973. Avanzaba a su fin la guerra de Vietnam gracias a las presiones de los movimientos sociales y populares movilizados en las calles de todo el mundo, y en Colombia se vivía el estado de sitio inaugurado por el gobierno Pastrana (1970-1974). Ese día, sin embargo, lo que se gravó en la cabeza de muchos colombianos fue el asesinato de un humilde estudiante de economía de la Universidad de Antioquia, cuando se disponía a salir a una protesta en la calle Barranquilla con la avenida del Ferrocarril, tras una asamblea realizada en el teatro Camilo Torres. La actividad estaba en el marco de la conmemoración de la fecha histórica que recordaba al estudiante Bravo Pérez asesinado en 1928, y a los ultimados por el régimen dictatorial de Rojas Pinilla el 8 y 9 de junio de 1954. Se llamaba Luis Fernando Barrientos Rodríguez.

Por Álvaro Lopera

Los hechos

Era un día soleado y tranquilo. Terminaba la asamblea de estudiantes casi al mediodía y la movilización era el paso siguiente. Las clases se daban normalmente y la rectoría había autorizado el acto político en el teatro Camilo Torres. De un momento a otro, vimos decenas de estudiantes entrar en desbandada a la Universidad, cargando el cadáver de un joven que minutos antes había sido baleado en el pecho por un agente del DAS que, según los estudiantes, tenía una barba postiza y llevaba libros en sus manos. Todos lo acusaron de haberse parapetado cómodamente y haber disparado apuntando con mucha calma. Estas versiones contradecían lo que dijeron los medios de comunicación locales que afirmaron que el agente pasaba casualmente y que había defendido con el arma de dotación al conductor de un vehículo de Empresas Varias que iba a ser incendiado, y en medio de esta gresca cayó abatido el estudiante.

Una profesora de idiomas de la Universidad intentó llevarlo con otros estudiantes a la policlínica municipal, pero retornaron al darse cuenta de su muerte e ingresaron a la Universidad. Bañados en sangre los estudiantes que lo llevaban en lo que minutos antes era una cartelera, procedieron a trasladarlo al segundo piso del edificio de la Administración. Las consignas no paraban, la desazón se tomó la tribuna y la ira sobrevendría después. A eso de las 2p.m. se desató un incendio en el tercer piso que se propagó con inusitada velocidad, se quemaron innumerables archivos de la rectoría y las principales oficinas administrativas, un daño material que fue cuantificado en $7 millones de pesos, sin contar la pérdida de patrimonio inmaterial representado en diversos estudios administrativos, según lo informó la rectoría días más tarde. “Por razones que no aparecen claras, el Cuerpo de Bomberos demoró su acción”, según informó el periódico El Colombiano. Los bomberos llegaron una hora después de haberse iniciado la conflagración.

La toma de la calle

El cadáver empezó a caminar. De la rectoría se intentó llevar a la Biblioteca, la misma que había sido cerrada. En medio del caos se decidió llevarlo a la Facultad de Medicina, mientras el recinto universitario empezaba a vaciarse y a militarizarse. Para entonces su madre, Dolores, ya lo acompañaba con gran dignidad. No pasó mucho tiempo, cuando el carro antimotines y la policía cerró el paso para impedir el cometido, aunque después, tras una larga conversación, permitieron que el cadáver llegara a la facultad.

El gobierno departamental, en cabeza de Ignacio Betancur Campuzano, ya tenía preparado el decreto No. 0849 de toque de queda a partir de las 6 p.m. para los municipios de Bello, Envigado, Itagüí y Medellín. Iría hasta las 6 a.m., y conllevaría a la detención de más de 180 personas que por no tener un salvoconducto terminaron con sus huesos en el Coliseo Cubierto de la ciudad.

El entierro del estudiante que presagiaba grandes movilizaciones, fue realizado casi secretamente el día posterior a los hechos, a las 6a.m., en el cementerio de San Pedro, situación que fue remarcada por los medios de comunicación. El gobernador le “agradeció” a la familia de Fernando su actitud cívica en bien de la ciudad. Aun así, la masiva movilización estudiantil se hizo en el barrio del estudiante, Caicedo-La Toma, a pesar de que el toque de queda vigente prohibía manifestaciones públicas.

La Universidad tras los hechos

El Consejo Superior Universitario lanzó al estudiantado a 15 días de “vacaciones” sin cancelar el semestre, lo que de nada sirvió para apaciguar los ánimos. El comunicado salido a la luz después del asesinato de Fernando, solo dio para un sentido pésame a la familia y para dolerse del “grave daño a la Universidad”, que ni siquiera invitó al entierro del estudiante.

El Consejo Estudiantil se lanzó al paro, pero en la calle, al encontrar cerrada la Universidad el 9 de junio. Y la Junta Directiva de la Asociación de Profesores, cuya cabeza para entonces era Carlos Gaviria, expidió un comunicado con dardos que apuntaban directamente al problema. Después de lamentarse por la muerte del joven estudiante, afirmó textualmente que a su juicio los sucesos ocurridos “son el resultado de un largo proceso de opresión que se ha venido ejerciendo sobre los estamentos básicos de la Universidad (estudiantes y profesores) a quienes se les ha excluido de toda responsabilidad en las decisiones fundamentales que afectan la vida del claustro, negándoseles representación auténtica en los organismos encargados de tomarlas”.

Y terminaron su comunicado -posteriormente rechazado con gran irascibilidad por el rector, pues los llamó “hijos indignos de la Universidad”-, diciendo: “la situación de orden aparente que ha querido mantenerse en la Universidad, tiene como trasfondo una inconformidad acallada a la fuerza y cuya represión resulta más nociva que su libre manifestación”.

Vendrían tiempos de agitación, con la suma de la Universidad Autónoma y muchas otras universidades en el país, en donde el nombre de Fernando Barrientos sería el acicate para exigir el estatuto docente, el presupuesto y el cogobierno democrático en el seno de la Universidad Pública.

Pervive la plaza principal de la Universidad de Antioquia con su nombre, Fernando Barrientos, en donde se han visto grandes debates y no pocos comienzos de importantes combates en la calle y en la misma Universidad.

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