Editorial No. 45 – Movilización por la dignidad: hasta que Duque se vaya

Zitácuaro 4 veces heróica/ Jose Luis Soto González

Dicen que cada pueblo tiene el gobierno que se merece, y en ello se evidencia, irónicamente, la sabiduría popular de esos mismos pueblos. Vista como la afirmación de un destino, esta frase no puede ser más que desmovilizadora y fatalista: sería terrible reconocer que el destino del pueblo chileno era vivir la infame dictadura de Pinochet desde 1973 hasta finales de los ochenta; o que era destino del pueblo español soportar el poder retrógrado de Franco durante varias décadas. De igual manera, sería desalentador reconocer que el pueblo colombiano estaba destinado por la providencia a soportar los nefastos gobiernos de Uribe y a ver pasivamente cómo le cedía después el cetro del oprobio a sus alfiles más fieles a su política de guerra y terror. Si contempláramos así la historia de la humanidad, tendríamos que reconocer que rara vez ha tenido pueblo alguno un gobierno a su servicio y que, al contrario, la historia parece reducirse a la opresión que los poderosos ejercen desde los minaretes del poder sobre los pueblos mismos, muchas veces con el consentimiento o la indiferencia de los propios oprimidos.

Pero vista en perspectiva histórica, esta frase, que recoge la experiencia infausta de sufrimiento de los pueblos, es un llamado a rebelarse contra nuestro propio estado de conciencia. Los gobiernos opresores no han llegado al poder sin nuestra participación, bien sea por acción u omisión; y en este sentido la sabiduría popular lo que nos enseña es que no podemos sencillamente hacernos al margen de las disputas por el poder, que cuando permitimos que este se gestione sin nosotros aceptamos la dominación, el oprobio y la miseria como un destino que se impone sobre nosotros, ajeno a nuestra voluntad. No quiere decir, sin embargo, que la única participación a la que podamos aspirar sea a la participación electoral en la que avalamos a nuestros opresores, candidatos que se disputan la potestad de gobernarnos por encima de nuestra voluntad, pero con nuestra anuencia.

No se trata, pues, de una renuncia por principio al poder ni al gobierno, sino más bien de una búsqueda colectiva de las formas de organización y gestión del poder que nos permitan construir una sociedad justa y humana, donde la felicidad, en la medida en que ella sea posible, lo sea para todos. Y, sobre todo, de una sociedad donde el poder no sea un mecanismo de opresión sobre los demás y sobre la naturaleza sino el índice de nuestra capacidad de acción colectiva y de nuestra voluntad libre, esas dos condiciones para la elevación del espíritu humano, en sus manifestaciones individual y colectiva, por encima de sus condiciones actuales.

La construcción de estas nuevas formas de organización y gestión del poder colectivo empieza por la resistencia ante el poder que nos oprime y obstaculiza precisamente la acción colectiva como expresión de la voluntad libre de los individuos. La resistencia a la opresión es la primera forma de la lucha política y nace de la conciencia de injusticia y, a la vez, de la intuición de que otras formas de vida, de organización, de relacionamiento más dignas, son posibles. Pero no es todavía conciencia política. Como decía Rosa Luxemburgo, la conciencia política nace en el fragor de la lucha por mejorar las condiciones materiales de los oprimidos y explotados, en donde se encuentran miles de individuos enfrentados a un poder común que los oprime, pero cuya opresión todavía se vive como un asunto individual.

Dicha conciencia, sin embargo, no surge de manera espontánea ni mecánica. Por esa confusión fracasan muchos esfuerzos de movilización y lucha, porque mientras la acción colectiva sea apenas un medio para la satisfacción de intereses particulares, su alcance se limitará a la satisfacción de dichos intereses. La emergencia de la conciencia política requiere de estrategias de organización y formación de los colectivos donde los individuos se elevan sobre sus propios intereses particulares y comprenden que liberarse de la explotación, de la opresión y la miseria en todas sus manifestaciones requiere de la acción colectiva. Pero también exige poner esa acción en el horizonte de la transformación de todas las condiciones materiales, sociales y morales que hacen posible la opresión; la conciencia política le pone como horizonte de lucha a la acción colectiva la construcción de una sociedad donde la dignidad y la justicia brillen como faros.

No nos merecemos por destino el gobierno de Duque, ni nos hemos merecido los de Santos, Uribe, Pastrana, etc. Ni tenemos por qué soportar en el futuro gobiernos de la misma extirpe. Pero eso hay que probarlo en la calle y en todos los escenarios posibles, movilizándonos desde ahora hasta que Duque se sienta presionado a renunciar. En su empeño ciego por servir a los intereses mezquinos, cada vez más descarados, de la élite, y en su intención de amparar el pasado y presente delincuencial de buena parte de sus mentores, Duque ha asumido una política que hunde al país en una crisis de múltiples dimensiones: el desempleo y la inflación no parecen tener freno, la indigencia y la pobreza crecen como un incendio en un bosque seco; las oportunidades de las nuevas generaciones de las clases populares están obturadas. La única respuesta del gobierno a todas las demandas sociales es la represión, que avanza a pasos gigantes hacia una militarización total de la vida. Lo peor: ha llevado a un rotundo fracaso el proceso de paz mientras se frota cínicamente las manos por las oportunidades que esto abre para la guerra, único terreno en el que parece moverse con voluntad propia y experticia.

Si permitimos que Duque mantenga su política y que la continúe otro presidente de su misma camada, la crisis en que caeremos será tan honda que demandará varias décadas la recuperación, si es que ésta efectivamente llega a ser posible, porque lo que está en el corto plazo es una guerra fratricida que ocultará en su fragor la ineptitud de la élite gobernante y, sobre todo, mantendrá impune su sistemática acción delincuencial. Lo peor de la crisis será la desmoralización de la gente, que habrá aceptado la degradación social como destino y su impotencia como voluntad propia. Por eso hay que ponerse de pie y movilizarse organizadamente desde hoy hasta que Duque renuncie, pero poniendo el horizonte más allá: se trata de construir una conciencia política y moral de los sectores populares que nos permita vislumbrar la utopía sobre la base de la dignidad y la solidaridad de los individuos y los pueblos, y reinventar las formas de organización que hagan posible la gestión del poder desde las comunidades mismas y en su servicio.

El abrazo de un deseo, por Jade Rivera

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