Felices los normales – Dos poemas de Roberto Fernández Retamar

Ilustración por Sara Francisca Loaiza Erazo

Felices los normales

A Antonia Eiriz

Felices los normales, esos seres extraños.

Los que no tuvieron una madre loca, un padre borracho, un hijo delincuente,

una casa en ninguna parte, una enfermedad desconocida,

los que no han sido calcinados por un amor devorante,

los que vivieron los diecisiete rostros de la sonrisa y un poco más,

los llenos de zapatos, los arcángeles con sombreros,

los satisfechos, los gordos, los lindos,

los rintintín y sus secuaces, los que cómo no, por aquí,

los que ganan, los que son queridos hasta la empuñadura,

los flautistas acompañados por ratones,

los vendedores y sus compradores,

los caballeros ligeramente sobrehumanos,

los hombres vestidos de truenos y las mujeres de relámpagos,

los delicados, los sensatos, los finos,

los amables, los dulces, los comestibles y los bebestibles.

Felices las aves, el estiércol, las piedras.

Pero que den paso a los que hacen los mundos y los sueños,

las ilusiones, las sinfonías, las palabras que nos desbaratan

y nos construyen, los más locos que sus madres, los más borrachos

que sus padres y más delincuentes que sus hijos

y más devorados por amores calcinantes.

Que les dejen su sitio en el infierno, y basta.


Una salva de porvenir

A Jacqueline y Claude Julien.

A Fina y Cintio.

No hay pruebas.

Las pruebas son que no hay pruebas.

No estaban, no están, no estarán dadas las condiciones.

Creer porque es absurdo,

y creemos.

Más absurdo que creer es ser,

y somos.

Nada garantiza que fuera menos absurdo

no ser ni creer.

Las llamadas pruebas yacen por tierra,

húmedas reliquias de la nave.

Se derrumbaron las estatuas mientras dormíamos.

Eran de piedra, de mármol, de bronce.

Eran de ceniza.

Y un grito de ánades las hizo huir en bandadas.

No guardar tesoros donde

la humedad, los bichitos los mordisqueen.

No guardar tesoros.

El tesoro es no guardarlos.

El tesoro es creer.

El tesoro es ser.

No existen las hazañas ni los horrores del pasado.

El presente es más veloz que la lectura de estas mismas

palabras.

El poeta saluda las cosas por venir

con una salva en la noche oscura.

Sólo lo difícil.

Sólo lo oscuro.

Y contra él, en él, el fuego levantando

su columna viva, dorada, real.

El amor es

quien ve.

Roberto Fernández Retamar. La Habana, Cuba, 1930-2019.

Poeta, ensayista, cofundador y director de Casa de las Américas. Dejó una vasta obra poética y una incansable labor cultural y académica como docente y colaborador de distintas publicaciones y proyectos editoriales.

Dónde andarás poeta, retando la marea de otros mundos, cabalgando sobre las olas de la memoria con ese vicio tuyo, maravilloso, de señalar la vida cotidiana como único tesoro del presente y el porvenir. Podrán venir otros tiempos más urgentes, y vendrán, menos ávidos de papel y poesía, llegarán más sedientos de quimeras tecnológicas y basura, pero allá también llegaremos con el navío de tus palabras, que son también las que construyeron tu Casa, nuestra Casa de las Américas. Hombres y mujeres de las nuevas generaciones aprenderán a tripular el navío, a retar el mar para decir contigo:

Con las mismas manos de acariciarte estoy construyendo una escuela.

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