Tras veinte años de impunidad: La vigencia de Jaime Garzón

Jonathan Cardona Rojas

En la mañana de un viernes 13 de agosto de 1999 sicarios acabaron con la vida de Jaime Garzón Forero, pedagogo, abogado, periodista, humorista político, actor y mediador de paz. Su caso hace parte de los incontables asesinatos selectivos realizados en las últimas décadas por paramilitares organizados y auspiciados por el Estado colombiano con el objetivo de exterminar las voces disidentes y críticas. Entre tanto dolor y muerte que sigue azotando al país cabe hacer memoria de por qué es especial el caso de Garzón y en qué van las investigaciones

Heriberto, Personaje interpretado por Jaime Garzón

Hice parte de una generación de estudiantes que, aunque no tenía uso de razón cuando Garzón estaba vivo, nos vimos inmersos en procesos sociales en parte inspirados e influenciados por el ejemplo que plasmaron figuras como él y que pudimos conocer gracias a ejercicios de memoria y al registro audiovisual: videos en los que se le ve instrumentalizando el humor para el desarrollo del pensamiento crítico, de la participación política, de la necesidad de reformar la educación para que cumpla su función social y de recordar, en general, que el Estado debe estar por y para la gente.

En una Colombia históricamente sumida en la pobreza y la desigualdad extrema, bajo el gobierno de una élite indiferente y violenta, Jaime Garzón supo buscar la paz ingresando en el reducido círculo de la fama y el poder político. Apoyó el mantenimiento de diálogos de paz entre los actores del conflicto, en la mediación para la liberación de secuestrados, y de manera singular, se esforzó en construir la reconciliación mediante el uso de su casa como un espacio para el diálogo: allí reunía a figuras públicas enemistadas alrededor de cenas que él mismo preparaba, incentivando la conversación por sobre las hostilidades. Tristemente, esta labor pacifista no fue bienvenida por ciertos violentos —militares, políticos, paramilitares, entre otros— quienes aplicaron una conocida estrategia: generaron el rumor de que era guerrillero, lo declararon objetivo militar, lo mataron, y luego lo quisieron negar todo.

De Jaime Garzón a Heriberto de la Calle

Desde muy pequeño Garzón desarrolló su habilidad para mezclar el humor y la política mediante la imitación. En los setenta hizo parte de tertulias donde imitaba a políticos de renombre y participó en la distribución del periódico La Gente, en Bogotá. Aunque siempre mantuvo el deseo de conocimiento, pues se graduó en Derecho en la Universidad Nacional y cursó semestres de aviación, física, sicología, historia y ciencias políticas, nunca encajó completamente en los moldes rígidos de la educación formal. Incluso lo expulsaron de varios colegios.

En 1988, durante la campaña del entonces candidato a la Alcaldía de Bogotá, Andrés Pastrana, presenció e intentó frustrar —sin éxito— el secuestro del candidato. Una semana después el político fue liberado y, tras ganar las elecciones, nombró a Garzón alcalde menor de la localidad de Sumapaz. Pese a los evidentes logros en infraestructura y sociales durante su alcaldía, solo dos años después Pastrana lo destituyó sin justificación.

Desde 1990 Garzón asumió la coordinación de la traducción de la nueva Constitución Política a los idiomas indígenas. Paralelamente, hizo parte de Zoociedad, programa televisivo de parodia política en el que exhibe su particular capacidad de actuación, hasta el final del programa, en 1993. Dos años después se unió a ¡Quac!, noticiero político en el que le da vida a personajes como Godofredo Cínico Caspa, caricatura de la extrema derecha arribista y racista; a Dioselina, una campesina cocinera de la Presidencia que comentaba sobre política mientras trabajaba; a Néstor Elí, un vigilante del edificio “Colombia” que desde la intimidad de su portería ilustraba con humor dolencias del país como la brutal expansión paramilitar, la llamada ‘guerra contra las drogas’ y la profunda corrupción política y económica.

En 1997, cuando clausuraron ¡Quac!, Garzón, ya famoso, conversaba frecuentemente con un vendedor de dulces y cigarrillos que se ubicaba justo afuera del estudio de grabación. Al encontrar bella y particular su manera de expresarse, se inspiró en él para crear su más conocido personaje: Heriberto de la Calle, un lustrabotas —fiel reflejo de la desigualdad y la pobreza del país— que, con actitud inocente pero mordaz, sarcástica y cómica confrontaba en entrevistas a políticos y celebridades.

Reina la impunidad

Aunque inicialmente el primer condenado del caso fue Carlos Castaño, desaparecido comandante de las AUC, años después la verdad salió a la luz: fue un crimen de Estado ordenado por el Ejército y ejecutado por sicarios al mando de paramilitares. El Ejército siguió a Garzón, creó mapas y croquis de su vida y los entregó a Castaño para el asesinato. Según un cable diplomático estadunidense recientemente desclasificado, los militares querían enlodarlo por “haber cruzado la raya” al apoyar la paz y denunciar que el Ejército estaba vendiendo armas a las guerrillas e incluso haciendo negocios que involucraban secuestros. También se supo que el DAS y la Fiscalía desviaron durante años la investigación acudiendo a testigos falsos y otras irregularidades.

A veinte años del homicidio, solo han sido vinculados al caso el coronel Plazas Acevedo, quien, según Don Berna, fue el encargado de recibir a los sicarios que él mismo envió desde Medellín; y José Miguel Narváez, ex-subdirector del DAS, muy cercano a los gobiernos de Álvaro Uribe y uno de los cerebros de las Convivir, organizaciones paramilitares creadas en Antioquia por el mencionado expresidente. Solo en 2018 se produjo la primera condena: Narváez se encuentra pagando 30 años de “prisión” en las comodidades de una amplia guarnición militar.

No han sido vinculados al caso el entonces comandante de las Fuerzas Armadas, Enrique Mora Rangel, artífice de una campaña de desprestigio contra Garzón desde que denunció crímenes del Ejército; ni al general Rito Alejo, superior de Plazas Acevedo en la época y quien hoy se encuentra en libertad, tras acogerse a la JEP.

Poco o nada ha mejorado: la alarmante frecuencia con que asesinan líderes y lideresas sociales lo evidencia. Garzón sigue vigente porque a veinte años de su desaparición física seguimos casi igual de lejos de lograr la vida digna para todos y una paz real que resuelva las raíces del conflicto. Sigue siendo una esperanza el día en que no nos arrebaten con tanta facilidad e impunidad a quienes trabajan por una sociedad mejor. Entre tanto, las organizaciones paramilitares, impulsadas por poderosos políticos, militares y terratenientes, continúan la matanza.

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