Editorial No. 46 – La justicia de los poderosos no cojea ni llega

Justicia – Fabiano Millani

Un reconocido sabio de la Antigua Grecia aseguró una vez que allí donde reinaba la philia, es decir, la amistad y el amor, no era menester la justicia. Con esto quería indicar que las leyes existían precisamente para garantizar que allí donde entraran en relación varias personas o grupos no vinculados por lazos de amistad, la ley los impelía a comportarse entre sí como si fueran amigos. Curiosamente, esta sabiduría preclara sostenida por el pensador contrastaba con su defensa de una sociedad sostenida en el trabajo esclavo y el sometimiento sistemático de las mujeres en el hogar. De esta manera, tales conceptos de amor y de justicia (que solo podían tener sentido entre iguales) terminaban vacíos de sustancia, tal y como ocurre hoy con la idea de justicia esgrimida por los grandes magistrados y políticos.

Los griegos por lo menos tuvieron el valor de reconocer que su orden social estaba sentado sobre la desigualdad entre los hombres, que ellos daban por natural. Nuestra sociedad, sin embargo, se empeña en sostener la ficción de una igualdad universal entre los seres humanos, pues ya no puede darse el lujo de sostener una tal desigualdad natural, precisamente porque el funcionamiento del orden capitalista necesita de tal ficción: todos somos libres e iguales para intercambiar nuestras mercancías en el mercado, aunque la única mercancía de la que dispongamos sea nuestra fuerza de trabajo, es decir, nosotros mismos. Paradójicamente tal ficción se sustenta sobre la naturalización de una terrible desigualdad: si la mayoría de seres humanos nos vemos obligados a vender nuestra fuerza de trabajo es porque un grupo pequeño de capitalistas se ha apropiado de los medios de subsistencia de la sociedad en su conjunto y los esgrime como encarnación de su poder sobre los demás, como fuente de sus privilegios económicos, sociales y políticos, que les permite disponer sobre la vida y la muerte de los otros.

En este mundo, entonces, el amor y la amistad aparecen más bien como rezagos románticos de una era primitiva, mientras la justicia, exactamente igual que en el mundo griego e incluso en sociedades más arcaicas, se erige como el mecanismo jurídico y el aparato represor mediante los cuales los poderosos mantienen a salvo sus privilegios frente a la turba de desposeídos que se niegan a aceptar el orden establecido. Este tipo de justicia no tiene nunca como propósito garantizar la paz y la convivencia como a veces alegan, ni educar o resocializar al infractor como los más románticos quieren hacernos creer, ni lograr de ellos el arrepentimiento y cambio de actitud; lo propio de la justicia en este sistema es castigar, humillar, someter a los pobres y oprimidos, y disuadirlos de cualquier intento de subvertir el orden de injustica que los mantiene en la pobreza y la opresión.

En la medida en que quienes disponen de la justicia legal en esta sociedad conforman con los poderosos una comunidad de intereses (en general los pobres no aspiran a ser senadores, magistrados, ministros o presidentes, sus condiciones materiales se los niega), la justicia es siempre selectiva y tiene propósitos distintos dependiendo del grupo social al que se dirija: no es sino echar un vistazo somero para ver la manera en que la impunidad, cuando no la comodidad en suites de reclusión, abraza a los presidentes, senadores, altos militares, empresarios, etc. que han incurrido en prácticas delincuenciales, mientras las horrorosas cárceles no dan abasto con los pobres y miserables condenados alevosamente muchas veces por delitos inexistentes. Sobre todo, puede uno reconocer en este vistazo somero la cantidad impresionante de presos políticos en todos los países y la enorme cantidad de políticos comprometidos en grandes robos, estafas, desfalcos, asesinatos y hasta masacres, moviéndose libremente por las calles y por la vida política como grandes señores y grandes ejemplos de moral.

Por eso no puede extrañarnos la arremetida de la burguesía más recalcitrante, acomodada en todas las instancias de poder, contra la JEP, contra la Comisión de la Verdad, contra lo que fue el Centro Nacional de Memoria Histórica y contra toda la implementación de los acuerdos de paz que pueda abrir un camino hacia una verdadera justicia social. No puede extrañarnos la persecución infame contra Santrich que lo obligó a retomar las armas, solo por dar un ejemplo, y la indiferencia del gobierno y los estrados judiciales frente al asesinato sistemático de excombatientes y demás líderes sociales. La máxima que aquí parecen esgrimir los políticos con su perversa idea de justicia es que al enemigo de clase no solo hay que reducirlo a la impotencia, sino humillarlo, difamarlo y deslegitimarlo para que nadie más ose enfrentar su poder sacrosanto.

Los poderosos, cuando son conscientes de su poder no necesitan la justicia, más bien la desprecian, mucho más si son también conscientes de la forma cómo han amasado ese poder. En su actitud hay una mezcla paradójica de prepotencia y miedo que los empuja siempre a usar sus recursos sofisticados y brutales contra los más débiles. La justicia misma es el mecanismo de poder más efectivo en sus manos, un arma de terror contra los más débiles y ciega ante sus reclamos. Por eso no tiene mucho sentido esperar justicia ni de la Corte Suprema de Justicia ni de la Corte Constitucional ni de ninguna instancia de poder. Su función no es esa. Cuando algún fallo, alguna ley termina favoreciendo a los pobres tiene menos que ver con la sensibilidad de los magistrados que con las disputas internas entre los grupos de poder. La justicia realmente se disputa en la calle, con la presión y la lucha social, para que el establecimiento se vea obligado a respetar nuestras vidas y nuestra dignidad, para que libere a nuestros presos políticos y a todos los presos injustamente condenados y para que ponga freno a las prácticas criminales de los renombrados señores de la élite.

Por lo demás, hay que considerar que la justicia por la que luchamos no se reduce a la aplicación de condenas coherentes a los poderosos que amasan su poder en el delito, sino que impugna todo el orden establecido sobre las infames desigualdades que les permite a unos pocos acumular fortunas y poder con el sufrimiento de la mayoría. Tal vez la lucha por la justicia vaya más allá y debamos orientarla a la construcción de un orden social donde todos seamos realmente libres e iguales y podamos vincularnos entre nosotros menos por la competencia y el bien particular que por el amor, la solidaridad y el bien común. Entonces será plenamente válida la máxima del gran sabio griego, y necesitaremos menos leyes para tratarnos como seres humanos.

Meditation Godess – Natasha Kudashkina

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