San Carlos: entre el turismo y la producción agrícola. A propósito de las Fiestas del Agua

Caturo

Mural por Mr. Garek.

“Turismo de propietarios de casas fincas, fincas de recreo. Las mejores tierras de las veredas cercanas al casco urbano están loteadas para viviendas utilizadas en vacaciones, fiestas y puentes, igualmente muchas casas del casco urbano solo son ocupadas esporádicamente en los días que la vereda se llena de personas que ‘vienen a pasar bueno’ con basura de toda clase, música, vicio, mascotas, vehículos”, esto es lo que cuentan algunos lugareños que sufren el turismo en San Carlos, municipio del oriente antioqueño, a 3 horas de Medellín.

De campesinos se han transformado en sirvientes; eran propietarios-productores, ahora han pasado a ser peones en su propia casa. Los paseantes traen de la ciudad mucho de lo que van a consumir y, por eso, el poquito trabajo en las casas de recreo es esporádico. Cuando se van los visitantes se acaba el trabajo de los y las sirvientes, quienes quedan con la basura por recoger.

La alternativa económica para San Carlos, según la ha planteado la Administración, es el Turismo ecológico, turismo de naturaleza. Y eso para aprovechar el potencial del territorio, en donde hay muchas aguas; ríos, quebradas, charcos, cascadas, que invitan a disfrutar, bosques naturales ricos en vegetales y animales diversos, en diferentes climas, paisajes bellísimos y expertos locales que nos acompañan en el descubrimiento de nuevos mundos. Pero, por otro lado, la mayoría de los habitantes de San Carlos, personas amables, sencillas, hospitalarias, no tienen vivienda propia, ni suficientes ingresos para su manutención. Es por eso que las ventas de fritos, el alquiler de cualquier pequeño espacio para dormir, la venta de gallinas, de leña y los fiambres para los caminantes hace parte del rebusque de los pueblerinos con los turistas.

“Los únicos beneficiados con las Fiestas del Agua son el comercio, los hoteles, restaurantes, bares, cantinas, bailaderos, el transporte, el negocio de los proxenetas y psicoactivos”, comenta uno de los habitantes del casco urbano, quien asegura que en las Fiestas del Agua la mayoría perdemos. El medio ambiente pierde con tanta basura, y durante las fiestas más que eventos culturales lo que hay una rumba y un desorden impresionante. Eso es una burla al pueblo”.

Por lo demás, en San Carlos, hay pintores, muralistas, músicos, artistas de teatro, escritores, cuenteros que se imaginan unas fiestas para estimular la producción artística y cultural. Para mostrar los elementos que marcan la identidad y la historia del pueblo. “Tenemos talento -dice un artista- y queremos nuestro pueblo con futuro. Que nuestros productores muestren con orgullo el fruto de su aporte a nuestro bienestar, a nuestro buen vivir. Las Fiestas del Agua deberían servir para encontrarnos con nuestro pasado y con nuestro qué hacer”.

“Uno en realidad debería hacer fiesta -dice un campesino del municipio- porque hemos mejorado las condiciones de nuestros campesinos, porque tenemos un mejor futuro para nuestros jóvenes y niños, y no para entretener a los visitantes y disimular por un rato el hambre y el no futuro”.

Según estos artistas, las actuales Fiestas del Agua, que comparan con bombones de trapo y limosnas, muestran de verdad el desinterés de la Administración municipal por resolver las problemáticas reales de la administración. El 60.20% de la población padece una pobreza multidimensional, frente al promedio nacional que es de 33%. Las necesidades básicas insatisfechas están hoy en un 32.41%, y como si fuera poco, en el municipio más rico en aguas del país, el 60% de la población no cuenta con agua potable en sus hogares. En este sentido, todo lo que pasa en las Fiestas del Agua parece no tener nada qué ver con la realidad que vive la población sancarlitana. De hecho, hay quienes se preguntan cómo hizo la Administración para cubrir los gastos, en medio de tanta pobreza, de las recientes Fiestas, que parecen haber superado los mil millones de pesos; solo la presentación del cantante de vallenato Silvestre Dangón costó 300 millones.

“Esas Fiestas del Agua -comenta un señor reconocido en el pueblo- son una cochinada; habíamos quedado con mis hermanos de encontrarnos en el parque para tomarnos unos aguardientes y yo no aguanté, todos los negocios querían que fuera su música la que se escuchara; en el parque había una bulla de locos. Olía a mil demonios. Los servicios de los negocios no daban abasto, todo el mundo se orinaba, vomitaba, escupía, el vicio sin ningún control rodaba por toda parte”. En medio del tumulto que se armaba para ver los espectáculos, la gente no se podía mover, pero como los borrachos, que abundaban desde temprano, no respetan nada, todo el tiempo había peleas y algarabías porque alguno de ellos quería abrirse paso a empujones o era tumbado y pisoteado por la multitud. “Así que les dije a mis hermanos que eso no lo aguantaba y que me iba para un lugar más tranquilo”.

La principal actividad económica en San Carlos históricamente ha sido la agricultura. Pero hoy está orientada sobre todo a una producción de subsistencia, porque los campesinos están reducidos a propiedades menores de 3 Ha, microfundios. De hecho, el 81,97% de los predios en San Carlos son minifundios, menores de 10 Ha., pero el 58.36% son microfundios. Eso, cuando la ONU define como UAF, Unidad Agrícola Familiar, entre 6 y 8 hectáreas.

Se entenderá en qué condiciones viven y trabajan los agricultores en San Carlos. Peor, cuando acompañamos al campesino a vender sus productos en el pueblo la realidad es todavía más diciente: “Le doy tanto o vuélvaselo a llevar a la finca”, dice el intermediario. Encontramos más desestímulos para la producción agrícola como las malas condiciones de las vías de acceso, mala calidad y vocación de suelos y los altos costos de producción y comercialización, así como la carencia de organización de los productores.

“Con esos dineros de las Fiestas del Agua -dice un líder comunal- se podrían haber beneficiado muchas comunidades campesinas con proyectos de producción serios que superen las limosnas con las que se disfraza hoy la presencia institucional”.

Por lo demás, es claro que los jóvenes campesinos no encuentren posibilidades de vivir dignamente en sus veredas ni en el pueblo y prefieran entonces ofrecerse para el Ejército o la Policía. O, como dice un joven campesino, “pegarse de lo primero que les aparezca”.

Sin embargo, a pesar de tanta dificultad, aparece un hilo de esperanza. Este artículo se ha construido precisamente con los comentarios de jóvenes del pueblo que están construyendo alternativas para un mejor futuro para la población sancarlitana.

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