Una revolución dentro de la revolución: el papel de las mujeres en Cuba

En la foto Yara Valera, Cortesía: Jairo Suárez

Por Anyela Heredia

Yara Valera, integrante de la Federación de Mujeres Cubanas, participó el pasado 7 de noviembre en el XXVIII Encuentro Nacional de Solidaridad con Cuba que se realizó en Medellín; allí, en medio de una profunda reflexión sobre la situación de las mujeres y las luchas feministas en Latinoamérica, sorprendió al auditorio con su testimonio de mujer cubana, nacida en la Revolución.

Esta mujer joven, alegre y extrovertida, aunque afirma no ser una gran estudiosa del tema feminista, siente que ha vivido toda su vida como mujer liberada y empoderada, gracias a los diversos procesos políticos y culturales que se han dado en su país tras la revolución del 59.

Comienza diciendo que admira profundamente la lucha que las mujeres colombianas y las latinoamericanas en general han librado, pues el panorama de opresión patriarcal, en todos los niveles, que se presenta en el resto del continente, no se vive igual en la Isla.

Según ella, la participación activa y plena de las mujeres en los escenarios políticos y culturales de su país, no comenzó con la revolución del 59, sino que, desde antes, las mujeres asumieron un papel activo y fundamental en las luchas de su pueblo. Ya en las gestas independentistas del siglo XIX, abandonaron la comodidad de sus hogares para incorporarse junto a los hombres en los campos de batalla, como enfermeras, como mensajeras y en todas las labores de cuidado que detrás de las trincheras hicieron posible la independencia. Entre esas muchas mujeres resalta, por ejemplo, la participación de Ana Betancur, en la primera asamblea que se realizó en el siglo XIX; en ella esta valerosa mujer levantó la bandera por la reivindicación de los derechos de las mujeres.

En el siglo XX, cuando ya la revolución era inminente y la llamada generación del centenario luchaba en la Sierra Maestra, las mujeres también estuvieron presentes, muchas de ellas con papeles directivos, como Celia Sánchez, cuyo rol fundamental fue proveer a la guerrilla de todo cuanto necesitaba en aquel momento. No obstante, Yara insiste en que el 59 fue un parteaguas en relación a las conquistas de las mujeres.

“La revolución cubana no fue una revolución feminista, ni mucho menos -afirma-, es más bien una revolución de carácter social; pero precisamente aquellos cambios sociales y políticos que se produjeron en aquel momento, como la reforma agraria, la alfabetización, la creación de los llamados círculos infantiles, propiciaron que la mujer se fuera incorporando plenamente a la vida social, política y cultural del país. Esa incorporación precisamente le dio un matiz más profundo y más revolucionario a nuestra propia revolución”. De hecho, cuenta que para Fidel Castro, la revolución femenina era una revolución dentro de la revolución, y cuando le preguntaban qué pensaba sobre el tema de la mujer, expresaba: “yo creo que lo más revolucionario que estamos haciendo son todas las transformaciones que estamos llevando adelante con las mujeres”.

Para Yara, uno de los aspectos fundamentales que marcan la diferencia de la lucha de las mujeres en Cuba con respecto a otras latitudes, es que todo ese proceso se ha dado desde la unidad: primero, porque se ha hecho codo a codo con los hombres a partir de ese sueño de construcción de una nueva sociedad que trajo consigo la Revolución. Y segundo, porque ya en los años sesenta las organizaciones de mujeres existentes en la Isla, como la Unidad Femenina Revolucionaria, la Columna Agraria o las Brigadas Femeninas Revolucionarias, se unieron para conformar una gran organización que velara por los derechos de las mujeres. En todo ese proceso fue muy importante la participación de mujeres como Vilma Espín, una de las fundadoras de la Federación de Mujeres Cubanas, la organización de masas que tiene como función proveer programas en función del desarrollo de las mujeres y buscar la igualdad entre géneros.

Las mujeres y hombres constructores de la nueva Cuba, paulatinamente, fueron generando programas para dignificar a las mujeres; los prostíbulos, por ejemplo, fueron prohibidos. Y aun cuando se trataba de una cultura latina y caribeña, machista por excelencia, hubo desde el principio una voluntad política de acabar con las diferencias y empoderar a las mujeres con procesos de formación, educación y participación real en la toma de decisiones. “La lucha de nosotras las mujeres no ha sido una lucha aparte, como lo han vivido ustedes aquí, sino que se ha dado de forma natural e inherente al proceso de cambio profundo y radical que fuimos percibiendo en toda la sociedad. Por ejemplo, tener educación gratuita y universal para todos, sin discriminación, nos fue dando la formación y empoderamiento que ha conducido al protagonismo que hoy tenemos”.

En la Cuba de hoy, 41 % de los empleados en el sector estatal son mujeres y el 80 % de ellas ocupa niveles medios y superiores. De hecho, el 53,22 % de los diputados en el parlamento son mujeres. Y a diferencia de los países suramericanos donde la participación académica de las mujeres es todavía insipiente, en Cuba el 82 % de las mujeres empleadas en la educación, son profesoras universitarias. “Lo que sí es cierto, dice Yara, es que esas no han sido conquistas inmediatas, sino que las hemos ido ganando con mucho trabajo”.

Respecto a la posición del Estado cubano frente a los derechos reproductivos de las mujeres, en particular en lo que tiene que ver con el aborto sostiene Yara: “Somos sujetas de pleno derecho, estamos completamente empoderadas y emancipadas, por eso tenemos derecho al aborto, lo cual no significa que lo veamos como un método anticonceptivo ni que lo promovamos; por el contrario, hay programas de educación consensuada y de sexualidad responsable donde se promueve la vida, pero la mujer tiene derecho a decidir si quiere tener hijos o no, y si su decisión es que no, puede llegar a cualquier hospital y ser atendida con todas las garantías. Son temas que aún se discuten en toda Latinoamérica pero que para nosotras son conquistas ya ganadas”.

Finalmente, los desafíos estarían aún en superar la cultura machista tradicional y conseguir un mayor equilibrio en las labores domésticas y de crianza, también, por desgracia, en superar fenómenos culturales más recientes como la industria del reguetón. “Tratamos al menos de que si el ritmo es pegajoso y no podemos evitar que les llegue a los jóvenes, las letras dejen un mensaje de respeto; pero todavía tenemos mucho por hacer”.

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