Heroína en tiempos de guerra

Lina Marcela Álvarez

Aquella tarde fría de invierno, el grupo de la Asociación del municipio de El Peñón, Santander, que se encontraba en la ciudad de Bucaramanga, se acercó a una cafetería, para calmar el frío, pero especialmente para planear la jornada que adelantaría durante su estadía en la ciudad. Como una inesperada ola que ahoga al pequeño que no sabe nadar, la gente del lugar se empezó a estremecer porque un sicario apareció en el establecimiento “sin mostrar ningún sentimiento de humanismo y compasión”. Así lo calificó la protagonista de esta historia, con rastros de dolor, al recordar que en medio de la confusión no tuvo tiempo de correr y solo podía ver a su alrededor rastros de sangre.

Segundos o minutos después que el asesino se fugara del lugar, pudo darse cuenta que en el suelo habían quedado tres cuerpos de importantes líderes a los que les habían robado su vida: Ciro Antonio Güiza, Over Yesid Jerez y Nicacio Jerez. Ella estaba cerca, podía verlos, pero no sentía su propio cuerpo, no se podía mover.

Marinita, como le gusta que la llamen, quedó cuadripléjica; con tristeza en su rostro, nos cuenta el motivo por el cual llegó a esa cafetería aquella trágica tarde… “Profesores del Colegio Integrado Antonio Ricaurte y miembros de la comunidad, se fueron a solicitar a la Secretaría de Educación que enviaran docentes al municipio y a evidenciar otras necesidades”. Entre las múltiples solicitudes que les suponían una gran preocupación, estaba la falta de caminos vecinales y principales que redujeran el tiempo de viaje (calculado entre tres y cuatro horas) desde el casco urbano de El Peñón hasta el municipio de Vélez.

Estos largos recorridos se convertían en una verdadera agonía cuando había que trasladar heridos, porque en aquel entonces “no había médicos aquí” nos explica Marinita, quien recuerda que el asignado solo iba cada 20 días o cada mes, cuando era de vital importancia. El problema es que se presentaban urgencias las 24 horas, pues los grupos armados parecían ir dejando heridos sin clemencia.

Por lo anterior, muchas familias decidían irse o, en casos peores, terminaban cediendo a los comportamientos repetitivos de la época: destruirse unos a otros. Doña Marina Galeano recuerda que los habitantes del municipio, quisieran o no, terminaban tomando partido, de un lado u otro, frente a los grupos al margen de la Ley. “Los esperaban en lugares apartados, y allí eran asaltados con machete, plomo, lo que tuvieran a mano, causándoles la pérdida de sus extremidades o la muerte”.

La situación empeoró cada vez más, hasta el punto que los peñoneros eran humillados por todos los grupos armados porque cada uno pensaba que eran del grupo contrario. Las masacres se tornaban tan absurdas, que los conflictos podían empezar hasta por el robo de una gallina. “A las seis de la tarde debía tener todo el mundo las puertas cerradas”, mientras adentro con angustia y temor escuchaban el latido de los perros anunciando la llegada de los grupos armados, ya que sin saber cuál era, sentían que estaban todos en peligro, especialmente quienes buscaban el bien común del municipio.

En aquel entonces, hace aproximadamente 30 años, quienes estaban adelantando el proceso de conformación del municipio de El Peñón, para que dejara de ser considerado un corregimiento del municipio de Bolívar, corrían grave peligro; sin embargo, continuaban creando jornadas comunitarias, bazares para recolectar el dinero requerido para la conformación del municipio, y aunque Marinita no podía ya realizar éste tipo de actividades, se encargaba de organizar reuniones, ubicar lugares donde debería asistir la comisión, entre otras formas de planeación.

Esta mujer blanca, de ojos bondadosos y cabello corto, recuerda que el grupo que acabó con sus ilusiones era conocido como Bobina Roja, y hacía parte de grupos paramilitares; sin embargo, ella ya no guarda rencor, pues en vez de ver su asalto como una gran tragedia, siente que sirvió para aportar a la conformación del municipio. “Me siento feliz y contenta de saber que fue por el bien común. Además, sé que Dios me ha bendecido ante las caídas”. Además, recuerda que en 2018, en el marco de los 25 años de existencia municipal, fue condecorada con la medalla Feisal Mustafá Barbosa, por sus aportes al desarrollo y la paz de El Peñón, Santander.

Marinita lleva 32 años de invalidez, y algunas personas creerían que el hecho que ella quedara cuadripléjica estando en plena juventud (los veinte), y que su madre fuera asesinada tras haberla visitado en el hospital, sería algo que no se podía perdonar. Pero gracias a su familia ha logrado sortear la dependencia a la que la ha reducido su invalidez, y, según ella, haberse aferrado a Dios, a la oración, fue lo que le permitió perdonar a los culpables, para así no guardar resentimiento en su corazón y poder ver la vida con más esperanza.

Ella recuerda que en un tiempo su municipio era escenario de permanentes enfrentamientos entre guerrillas, paramilitares, Policía y Ejército. “Hubo masacres terribles, como la del 20 de octubre de 1987, cuando un grupo denominado “los macetos” entró al municipio el día de las Confirmaciones, y dejaron tras de sí, cinco muertos, entre ellos el señor Plutarco que era conductor de una buseta y vivía en el casco urbano, Dominga Hernández y Luis Enrique González quien vivía en la vereda de Otoval, en el sector del municipio llamado Tierra caliente”. Esta zona precisamente, según informes de la comisión de búsqueda de personas desaparecidas, podría considerarse como una gran fosa común.

Es importante resaltar que la ayuda de la iglesia católica fue fundamental para superar esta época de tristeza y dolor, y así El Peñón logró un desarrollo humano, económico y social. Por ello, hoy en día Marina Galeano, de 53 años, ha enfocado su energía en otras cosas, pues tiene la capacidad de chatear o pintar cuadros en acuarela con la ayuda de su boca; goza de buena salud, en compañía de su familia, su padre don Luis Galeano, quien actualmente tiene 93 años, y de su hermana Morelia con sus hijos y esposo, quienes siempre la han apoyado.

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