A sacar las apuestas de nuestros barrios y de nuestras vidas

Juan D. Suárez Gómez

Foto: Tomada de Diario Sanitario

El pasado mes de julio circuló una información que parecía una de aquellas notas folklóricas que llenan los noticieros del mediodía. René Higuita, el famoso portero del Atlético Nacional en los ochentas y noventas, se cortó el pelo por causa de la eliminación de Colombia en la Copa América que se jugó en Brasil el pasado junio. Higuita había prometido que, si la selección Colombia no ganaba la copa, él se cortaría el pelo como pago de aquella apuesta. Todo este pequeño circo protagonizado por Higuita fue parte de una estrategia publicitaria de una empresa de apuestas por internet, negocio que ha crecido de manera exponencial en los últimos años, y que, junto con los casinos que existen en la ciudad de Medellín, conforman un gran negocio basado en la promoción del juego entre los más jóvenes. Estos juegos inclusive pueden ser vistos como una forma de obtener ingresos para aquellos que no tienen lugar en el mercado formal de trabajo o en la maltrecha educación pública.

El negocio en torno a las apuestas ha existido siempre en nuestro medio; en el caso de Medellín siempre se presentó en forma del chance, la lotería y el bingo, maneras de jugarse la suerte poniendo en riesgo los pesos que sobran, o incluso los que no. Sin embargo, esta forma de apostar ha venido invadiendo la vida social, convertida en un jugoso negocio que nos bombardea por todos lados. Desde la tienda de la esquina, que tiene unas maquinitas que rentan dinero al combo que domine el barrio, pasando por los casinos en los cuales las personas pueden pasarse días enteros, hasta las omnipresentes apuestas deportivas por internet que están al alcance de cualquiera que tenga un computador a mano; apostar se volvió un asunto cotidiano. Aunque las autoridades centrales pretendan dividir el asunto entre las apuestas legales y aquellas ilegales, es decir, que no pagan al Estado una parte de sus ganancias, el juego siempre se presenta ante las personas como una forma de obtener unos pesos, o inclusive soñar con enriquecerse.

Según la organización que reúne a las empresas del juego en Colombia, Fecoljuegos, este sector representa un 1.5% del Producto Interno Bruto, es decir, representa un creciente sector de la economía. Solamente entre 2015 y 2018, el sector de las apuestas en línea creció un 400% en su movimiento de dinero, y ya son 16 las empresas que están autorizadas para ofrecer juegos en línea. Según estas empresas del juego, son aproximadamente 1,5 millones de colombianos los que hicieron por lo menos una apuesta en línea en 2018, que puede ir desde $500 pesos hasta $10 millones.

Sin embargo, este fenómeno de las apuestas, sea en un lugar de maquinitas, en un casino o por internet, siempre lleva implícita la creación de una necesidad que fácilmente puede convertirse en adicción y que se denomina ludopatía. Esta adicción ha sido inclusive considerada por la Organización Mundial de la Salud como un problema de salud mental que debe tratarse de manera profesional. La proliferación de este tipo de apuestas constituye en sí una amenaza, puesto que intenta aprovechar situaciones de pobreza y precariedad crecientes para formar los jugadores que alimenten este viejo negocio que irrumpe en nuevas formas. Según declaraba hace poco al diario La República uno de los gerentes de estos nuevos sitios de apuestas online: “Buscamos que los usuarios tengan el entretenimiento a su mano, adaptándose al estilo de vida actual, un mundo en donde las personas quieren inmediatez y facilidad de acceso, entre otras cosas, a sus actividades lúdicas”. Las mismas empresas de apuestas intentan adaptarse a un nuevo modelo de persona, el cual quiere todo ya, inmediato, sin que cueste ir a buscarlo.

También es interesante señalar cómo esta nueva industria del “entretenimiento” crece a la par que se suceden las crisis económicas. Las maquinitas, casinos y páginas de apuestas crecen en un contexto social y económico donde las personas buscan escape a las presiones diarias de la precariedad usando este tipo de máquinas y juegos, generando lucro a partir de la desesperación. Y este público, sujeto a las apuestas, crece cada día con el uso extensivo de los celulares y tabletas entre niños y niñas, sobre todo cuando estos aparatos se convierten en maneras transitorias de aliviar estados de ansiedad y tristeza. A lo anterior se suma la disponibilidad creciente de plataformas que no controlan de ninguna manera la edad de sus jugadores y cuántas horas pueden pasarse frente a la pantalla. Incluso en países como España se habla de este tipo de adicciones como “la nueva heroína” y ha surgido un movimiento que se llama “fuera casas de apuestas de nuestros barrios”, que quiere, además, la prohibición de la publicidad online de este tipo de prácticas.

Sitios como Wplay, Betplay, además de las maquinitas y casinos, son negocios especulativos que enganchan a los sectores más vulnerables de la población. Este tipo de iniciativas sitúan sus negocios en los barrios mas humildes para atraer y atrapar especialmente a nuestra juventud. La ludopatía no es solo un problema individual que debemos dejar para la esfera privada de las personas, sino que se convierte en uno más de los espacios que disocian comunidades y terminan afectando la construcción de un vínculo social que vaya mas allá de la mediación del dinero, creando una mentalidad donde perder y ganar sea cuestión de la suerte individual. En estas pequeñas prácticas de lo cotidiano, en el encuentro cara a cara, también nos estamos jugando el cambio social.

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