Editorial No 51: El hambre es la verdadera pandemia

Sin Título / Alberto Jerez



Si nos prolongan el confinamiento, en estas condiciones, simplemente nos matan. Y, sin embargo, ya la alcaldesa de Bogotá se atrevió a sugerir que el encierro tendrá que extenderse siquiera por tres meses. Ello muestra sencillamente la tenaz indiferencia de la clase gobernante frente a la suerte de los pobres, por más que en los medios de comunicación invoquen todo el tiempo la solidaridad y anuncien un montón de ayudas para los más pobres. De hecho, 10 días después de iniciada la cuarentena, las asociaciones de venteros informales le reclamaban a la alcaldesa por las dichosas ayudas que había anunciado desde el primer día y que parecían estar dirigidas a habitantes de otros planetas, o de otros estratos, porque a las casas de los necesitados nunca llegaban.
Lo mismo puede decirse de las famosas ayudas anunciadas por el presidente, toda una campaña de publicidad para un gobierno cuya popularidad estaba en el suelo. Y es que parece una burla decirles a los ancianos que les van a dar 270 mil pesos para que se queden en sus casas durante 3 meses, o anunciarles a los más pobres de los pobres que les van a consignar 160 mil pesos para el tiempo de cuarentena, sin especificar el criterio con el que van a ubicar en el sistema, para hacerles llegar la ayuda, a los que por años han sido excluidos de él. Por lo demás, a nadie con dos dedos de frente se le podría ocurrir que una familia, por más humilde que sea su existencia, podría sobrevivir por tres meses con toda esta fortuna.
Entre morir de hambre o de coronavirus se juega hoy la suerte de los pobres; el gobierno ha cerrado para ellos cualquier otra alternativa. Con el agravante que durante este encierro la cifra de pobres condenados a muerte aumenta cada día, pues el mismo gobierno ha emitido la resolución, a través del Ministerio del Trabajo, que les permite a los empresarios despidos masivos de trabajadores durante la crisis. Como si fuera poco el sistema financiero se sumó al circo de la solidaridad, anunciando alivios en los créditos, que sin embargo debían pedirlos los clientes a través de las líneas telefónicas o de las páginas web, donde nadie responde.
Por lo demás, es claro que la crisis que vivimos hoy en el país no la desató el coronavirus, sino las decisiones del gobierno. Si desde noviembre del año pasado teníamos noticias del virus; si ya en enero sabíamos que se contagiaba con una facilidad enorme a través del contacto; si ya sabíamos que había viajado desde China hasta Europa y estaba haciendo estragos en países como España e Italia, también debía ser claro que había que cerrar las fronteras y evitar que el virus llegara. La pregunta más obvia es por qué el gobierno tomó esta decisión apenas muchos días después de que el virus había penetrado al territorio nacional por los aeropuertos.
Ante un hecho tan grave y tan evidente no cabe más que la hipótesis de un cálculo político. Y es que el miedo al coronavirus le permitió al gobierno las decisiones autoritarias que no hubiera podido tomar sin él. Ya sabemos que desde noviembre se venía agitando en Colombia (y en varios países del mundo desde antes) un movimiento de protesta contra las medidas neoliberales que profundizaban la desigualdad y la injusticia social en el país. De hecho, para el 25 de marzo estaba programada una nueva jornada de paro nacional que auguraba la reactivación del movimiento. Todo quedó paralizado con el confinamiento, y ya desde antes el gobierno había prohibido toda reunión social con más de 10 personas: medidas fascistas que ahora se legitimaban como de salud pública. Esto sin que el virus hubiera llegado al país ni se tomara ninguna precaución para evitar su entrada.
En el largo plazo, además, el confinamiento puede tener el efecto de enfriar la sociabilidad real entre la gente, sembrar la desconfianza ante la realidad de que cualquiera puede estar infectado y amenazar mi vida. Esa sensación durará mucho tiempo después de superada la pandemia, porque el miedo sembrado por los medios de comunicación, serviles al gobierno, puede calar muy hondo. Más allá de eso, inclusive, este aislamiento social pretende naturalizar lo que la economía había intentado mucho tiempo sin resultados contundentes: el teletrabajo como forma extrema de explotación y la educación virtual como su máxima depreciación y la depreciación del trabajo intelectual docente. En toco caso la pretensión es hacernos vivir en un mundo virtual, sin contacto social ni conflictos de clase.
Pero no se puede confinar todo un país, cuando el 60% de su población trabajadora vive del rebusque diario en las calles. 8 días después de empezado el encierro volvieron a poblar las calles de los barrios el canto de los vendedores de aguacates, helados, mazamorra, mangos, etc. Al principio de manera tímida, pero después con más confianza. “Si no trabajamos no comemos”, dijeron desde el principio estos artistas del hambre. Ello no hace más que evidenciar lo que pasa en una sociedad donde el Estado se ha desentendido estratégicamente del bienestar de sus ciudadanos y los ha dejado a merced de las perversas fuerzas del mercado.
A la hora de elegir morir de hambre en la casa o de coronavirus en la calle, el propio instinto de autoconservación decide por nosotros. Y es que el hambre y la pobreza han sido las verdaderas pandemias que azotan a la humanidad desde hace siglos, y hasta ahora muy pocos gobiernos se han atrevido a tomar medidas radicales para combatirlos. De hecho, la pobreza y el hambre hacen más vulnerable a la gente frente a cualquier pandemia, primero porque arruinan su sistema de defensas y, segundo, porque los pobres non tiene acceso a un buen servicio de salud. Esta vez, sin embargo, a los ricos les toca decidir: o asumen el costo económico de la pandemia, garantizando que los pobres puedan quedarse en sus casas sin morir de hambre, o verán pronto las calles desbordadas hambrientos amenazando su seguridad y su confort. O el gobierno logra que los capitalistas destinen buena parte de sus utilidades, acumuladas con un sufrimiento cada vez mayor de los trabajadores, o tendrá un virus más furioso que el covid-19 circulando por las venas del país.
Entre tanto, como movimiento social debemos entender que el encierro, en estas condiciones, ya no es sostenible y, por consiguiente, buscar alternativas para la movilización. No podemos permitir que la pandemia nos desmovilice como si fuera el único enemigo y como si el gobierno tuviera de pronto la sabiduría para enfrentarlo, como se publicita diariamente en los medios. Realmente el covid 19 lo que hace es desnudar un sistema calculador e indiferente a la suerte de los pobres y por eso nos urge a movilizarnos con más fuerza por una vida digna.

Amanecer/Santiago Boldó

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