LA POESÍA ES UN ARMA CARGADA DE FUTURO

Recuerdo, de Paul klee

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmado,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural por los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

LA VERGÜENZA DE SER FELÍZ

Cuando hay en la tierra tantos hombres que sufren

ser feliz da vergüenza.

Pero yo lo soy, casi sin querer.

¡Soy tan feliz, perdón!

por mi amor, por ¿qué sé yo?

porque la vida se ensancha y es siempre diferente

(¡Si usted viera ese Paul Klee!

¿Y ha probado unas almejas con Vouvray,

del seco, no del otro?)

Por eso y otros detalles vale la pena vivir.

¿Saben cuál es el secreto?

Todavía no me he muerto,

y es más -muchos se indignan-

ni siquiera estoy enfermo.

Mi secreto es: Todavía.

Gabriel Celaya

Seudónimo de Rafael Gabriel Juan Múgica. Hernani, Guipúzcoa, 18 de marzo de 1911-Madrid, 18 de abril de 1991.

Fieros y sensatos, los poemas de Gabriel Celaya se arman de corazón solidario para invitarnos a comulgar con la libertad, esa que permite sobreponerse al miedo, al engaño y a la desidia. Su legado, de más de sesenta libros entre poesía, prosa, dramaturgia y ensayos, soportaron las inclemencias de la dictadura franquista, como los versos de Miguel Hernández y Federico García Lorca, como tantos que son ejemplo y avanzada del sentir y la necesidad por un mundo donde podamos ser.

No es ni ha llegado el tiempo de quemar las naves, largo es el camino a Ítaca, lo recuerda el poeta Kavafis. Naveguemos y llevemos a buen puerto estas tempestades, tan verosímiles como la sentencia de Gabriel Celaya:

La poesía es un arma cargada de futuro.

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