El archipiélago del perro

Acuarela de Alberto Jerez

Por Darío González Arbeláez

Las primeras noticias que tuve de Philippe Claudel y su última novela, El archipiélago del perro, fueron gracias a la conversación que él mismo ofreció en Cartagena el 30 de enero en el marco del Hay Festival 2020. Por fortuna, Señal Colombia la transmitió en vivo y pude escuchar al escritor francés. En sus propias palabras, su novela no era más que “una fábula sobre la crisis migratoria actual”, en especial, sobre las barreras infranqueables que deben enfrentar las hordas de refugiados; barreras indolentes a la búsqueda —y a la muerte— de los miles de niños, niñas, mujeres y hombres que sueñan con una “vida digna”.

Por supuesto, Claudel no se refería a las barreras fronterizas levantadas a lo largo de los Balcanes — Grecia, Bulgaria, Hungría, Macedonia, Austria, Eslovaquia, Eslovenia y Serbia—, ni mucho menos, al publicitado muro de Trump. Aludía a la barrera que más vidas de refugiados cobra diariamente y que en lugar de hormigón se fabrica de xenofobia: mezcla de egoísmo, miedo, indiferencia y, por supuesto, silencio. Como lo explicita en la novela el Alcalde, autoridad de la única isla habitable del Archipiélago del perro donde tiene lugar la historia:

“[…] saben perfectamente que no soy un canalla ni un hombre sin corazón. Pero yo no tengo la culpa de que en el mundo haya tantas desgracias, ni me corresponde a mí solo remediarlas. Enterrar esos cuerpos en nuestro cementerio no tiene ningún sentido. Primero, porque esos hombres no forman parte de nuestra comunidad, y segundo, porque ni siquiera sabemos cuáles eran sus creencias. […] Por otra parte, como ya les he dicho hace un rato, quiero que este asunto quede entre nosotros, que nos lo llevemos a la tumba sin contárselo a nadie”. (p. 45).

Y así ocurre, los lectores resultamos —como en la realidad— cómplices de todo lo que se decide en esa pequeña isla ubicada en las mandíbulas del archipiélago; todos devenimos parte de esa pequeña comunidad hermética, conservadora y humilde que se regocija en las laderas del Brau, “un volcán que lleva milenios vomitando lava y escorias fértiles”. Todos nosotros incluidos en el modesto consejo de autoridades —el Alcalde, el Maestro, la Vieja, el Doctor, el Cura y el Emperador— que deciden el futuro de “los cadáveres de tres jóvenes negros” arrojados por el mar a las grises playas de la isla.

Y si bien la aparición de los tres ahogados resulta una evidente alusión a lo que ocurre en las playas del Mediterráneo, donde en efecto ubica Claudel el imaginario Archipiélago del perro, dichos cuerpos no representan únicamente a las hordas de personas que huyen de África y Oriente Medio, también a los que huyen de Centroamérica —Honduras, Salvador y Guatemala—. Así como a todos los migrantes africanos, asiáticos y caribeños que, queriendo alcanzar Panamá, y, mucho después, EE.UU. o Canadá, mueren ahogados en el Golfo de Urabá o enfermos —o asesinados— en medio del Tapón del Darién.

Los tres jóvenes negros ahogados, indocumentados, sin historia, NN, son arrojados a la playa de nuestra conciencia por Claudel como un símbolo de todos los que diariamente se juegan lo que les queda —su vida— para alcanzar “la tierra prometida”: donde sí respetan la dignidad y la vida humana, donde dicen que sí se puede vivir; no como en sus países de origen. Pero, para poder alcanzarla —esos miles de niños, niñas, mujeres y hombres que a veces aparecen en noticieros con chalecos naranja, o en las páginas rojas de los periódicos mexicanos— de seguro debieron haber transado con alguna red “humanitaria” de traficantes que se comprometió a conducirlos hasta allí; como lo manifiesta el Comisario, uno de los personajes más complejos de esta novela:

“[…] Mis empleadores, que no son personas indiferentes al sufrimiento humano, se dieron cuenta de que las organizaciones internacionales oficiales estaban desbordadas, así que procuraron hacer lo que estaba en su mano para permitir que decenas de miles de mujeres, niños y hombres alcanzaran lo que ellos ven como nuevas tierras prometidas. Eso a veces no se valora: las intenciones de mis jefes y de sus iguales no son únicamente mercantiles. También son, y me atrevería a decir que quizá ante todo, humanitarias”. (pp. 164-165).

Por supuesto, podríamos juzgar a Phillippe Claudel porque en su novela los únicos que carecen de voz son aquellos “desventurados” que perecen ahogados en altamar, que a larga no son más que el efecto colateral de un mal negocio. Sin embargo, esa decisión narrativa determina la profundidad de la novela y su alto potencial reflexivo. Porque finalmente es aquel modesto consejo de autoridades blancas —en el que se incluye al lector—, quien resuelve qué hacer con los tres cuerpos y, por tanto, condena al pueblo a su fin. En virtud de lo cual, Claudel consigue endilgarnos la responsabilidad por nuestro silencio: indiferente a los traficantes “humanitarios” que viven entre nosotros y al efecto colateral de su trabajo. Además, conserva a los tres ahogados como la imagen de la culpa —cual si los tres fueran Aylan Kurdi— con sus cabezas hundidas en la arena de nuestra conciencia:

“Más que un sueño era una pesadilla […] No nos hacía falta hablar. Sabíamos lo que pensaba el otro. Los dos nos decíamos ‘bueno, ya estamos, otra vez lo mismo, esto no va a acabar nunca’. […] Los arrastramos hasta la orilla. ¿Qué habíamos hecho para merecer aquello? […] Cuando acabamos de tenderlos sobre los guajiros y miramos hacia el mar, vimos a través de las lágrimas que de las olas emergían otros cuerpos y que algunos de ellos ya casi estaban a nuestros pies. […] Constantemente, el mar empujaba hasta nuestros pies decenas de cadáveres, que tenían una edad a la que debería estar prohibido morir, y todos con la misma expresión seria en la cara, que se nos metía en el alma y nos pedía cuentas. […] —Pero, hombre —murmuró al fin [el Alcalde]—, ¿por qué dices que es un sueño?”. pp. 203-205.

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