La incivilizada costumbre de vivir en ciudades

“Nubes sobre la ciudad”, Pintura de Carlos Anabeil

Por Andrés Álvarez

Siempre la ciudad

Tantas cosas que se han dicho, se dicen y se dirán sobre las ciudades; tratados, libros, películas, y lugares comunes relacionados con una palabra de la cual muchos hacemos parte, sobre la cual disertamos, a la cual vamos y volvemos siempre y de la cual somos esclavos por más que buscamos liberarnos de ella.

Se han planteado muchas formas de abordar el tema de la ciudad, desde la recurrente dicotomía campo-ciudad analizada en torno al desbalance poblacional que demuestra que la mitad de la población mundial habita ahora en ciudades (54%); en Colombia este porcentaje es del 77%. Otro enfoque postula el impacto ecológico de la ciudad, la huella resultante de la demanda de recursos de las urbes, la cual pisa más allá del espacio físico, afectando las áreas naturales o las rurales, afirmando con sobrado sustento que la ciudad es un sistema heterótrofo (que no produce su propio alimento) mientras que la ruralidad es un sistema más autótrofo.

Están los análisis políticos versando sobre las ciudades como centros de poder, de sistemas de control y disciplinamiento, como lo propone Foucault, y los geopolíticos que analizan la importancia de las ciudades de acuerdo a su ubicación ya sea porque posee recursos importantes (minerales, materias primas), por ser puertos o enclaves para ejércitos, o por la importancia espiritual como centros de fe y peregrinación, como Jerusalén, construida, destruida y reconstruida a luz de tres religiones importantísimas en el mundo (Judaísmo, Cristianismo e Islamismo).

El mito de la ciudad amerindia

Las ciudades precolombinas, milenarias, testigos del esplendor material y espiritual de muchas culturas en América evocan el imaginario de lugares majestuosos, respetuosos por la naturaleza. Tómese por ejemplo las ciudades mayas, concebidas como reflejos del cosmos, alineadas con los astros y planeadas para observar las estrellas, además de ser centros ceremoniales dialogantes con los niveles superiores y con el inframundo.

El anterior panorama ofrece una visión ideal de estas urbes, llámese Uxmal (la dos veces construida en lengua Maya), la conocida Palenque, en verdad Lakam Ha (Lugar de las grandes Aguas) y otras de las más de 110 ciudades Maya ubicadas en el sur de México, Guatemala, Belice y Honduras. Sin embargo, hay que decir que antes de la llegada de los españoles, muchas de estas ciudades estaban abandonadas, gran parte de la población se diseminó por las selvas circundantes.

Básicamente el modo de vida urbano Maya demandaba grandes recursos. El estuco para dar los acabados a las monumentales construcciones (templos, observatorios, palacios reales), requería muchísimos árboles para pulverizar la piedra caliza al calor de hogueras. La agricultura demandaba suelos, frágiles de por sí en una selva, que a pesar de las avanzadas técnicas empleadas en las milpas (unidad maya de producción agrícola agrodiversa) utilizaron intensivamente la tierra. La proteína obtenida a partir de la cacería y otra suerte de recursos generó gran presión sobre el ecosistema, constituyendo una demanda agregada que hizo colapsar muchas ciudades, haciendo que la gente se dispersara en la selva.

La ciudad irresoluble

Casi como un sistema cibernético autónomo, la ciudad posee una dinámica que sobrepasa la voluntad de los gobernantes y va más allá del control de sus habitantes. Se necesitan nuevas autopistas, nuevas casas, nuevas instalaciones eléctricas y de telecomunicación que generan un efecto rebote multiplicador del consumo energético: mientras más facilidades en la ciudad, más difícil se hace vivir en ella.

En las capitales colombianas, clase alta y media quieren tener casa en el campo e ir a trabajar a la ciudad. Los venidos del campo quieren volver a sus terruños y los que no tienen opción, una gran mayoría, están atrapados entre la imposibilidad de ir al campo y poder vivir con dignidad en la ciudad. La paradoja no resiste análisis a no ser que sea en otro espacio diferente al de la ciudad.

La crisis ambiental mundial, según muchos teóricos, se resolverá en la ciudad. Se piensa en sembrar árboles, proteger los ecosistemas naturales como el Amazonas o el polo Norte, a donde muy difícilmente podrá ir la mayoría de nosotros, mientras la contaminación ambiental, el hacinamiento, el estrés siguen habitando nuestra cotidianidad como problemas. La ciudad en sí misma es un problema grave que no se resolverá en virtud de su crisis, como una serpiente mordiéndose la cola, la tautología vuelve a surgir.

Ahora que estamos presos en las ciudades, confinados, pensando en el inmediato mañana, en si habrá comida, en poder ver un paisaje que alegre el espíritu y con la zozobra de que es fácil morir por causa de un agente invisible propagándose en función del contacto físico, favorecido por la alta concentración de personas en las ciudades. Hoy se hace más visible el fracaso de estas; es necesario producir nuestros propios alimentos sin depender tanto del mercado. Tener un espacio natural para contemplar es una aspiración del espíritu y la posibilidad de vivir respetando la naturaleza, un descubrimiento.

Los mapas de contagio muestran que los lugares más infectados son las grandes capitales, las babilonias mundiales se aprecian inermes ante el virus y su grandeza en la historia no sirve de mucho; las megalópolis son sinónimo de vulnerabilidad.

Liberarse de la Ciudad

Sería desproporcionado plantear un éxodo masivo al campo, igualmente desastroso resultaría colonizar los sitios naturales como una forma de revertir el modelo imperante de hábitat en que vivimos la mayoría de seres humanos. Lo cierto es que la solución a la vulnerabilidad de la vida en las ciudades debe pasar por buscar una forma justa en que más gente vuelva al campo, deshacernos de la inutilidad de equipaje con que nos ha cargado el consumo capitalista. No podemos depender de un sistema de producción que nos ha vuelto esclavos de una economía que paradójicamente no economiza en dilapidar los recursos del planeta y que nos hace depender de un salario que de un momento a otro se ve amenazado.

Vivir por fuera de la ciudad es una forma de resistencia, es una alternativa de autonomía que nos permitirá sobrevivir como civilización, así el término implique la idea de ciudad; los mayas aún sobreviven como cultura porque reconocieron el fracaso de las ciudades. El asunto de cómo replantear la ciudad pasará por la discusión a partir de cuántos quedarán en ella y la posibilidad de un mundo más justo se puede ir concretando desde otra apuesta de habitar.

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