¿Nos quitará el coronavirus la ceguera?

Ilustración de Juan Genovés

Por Silvia María Salazar Giraldo

“Un hombre parado ante un semáforo en rojo se queda ciego súbitamente. Es el primer caso de una «ceguera blanca» que se expande de manera fulminante. Internados en cuarentena o perdidos en la ciudad, los ciegos tendrán que enfrentarse con lo que existe de más primitivo en la naturaleza humana: la voluntad de sobrevivir a cualquier precio […] En un mundo así, ¿cabrá alguna esperanza?” Saramago nos obliga a parar, cerrar los ojos y ver. Recuperar la lucidez y rescatar el afecto son dos propuestas fundamentales de una novela que es, también, una reflexión sobre la ética del amor y la solidaridad. “Hay en nosotros una cosa que no tiene nombre, esa cosa es lo que somos”. Dicho con otras palabras: “tal vez el deseo más profundo del ser humano sea poder darse a sí mismo, un día, el nombre que le falta”.

Empiezo esta pequeña reflexión con la gran obra de Saramago Ensayo sobre la ceguera, que nos invita a “cerrar los ojos y ver”. Sí, hoy más que nunca nos vemos abocados a ver lo que no hemos querido ver en tantos siglos de infamia, despojo y destrucción; sí, la pandemia que nos ha recluido en nuestras casas nos debería permitir ver lo que no hemos visto y que ha estado por muchos años ante nuestros ojos: corrupción, violación sistemática a los derechos humanos, asesinatos a líderes sociales, despojo de tierras, desplazamiento forzado de millares de compatriotas, criminalización de la protesta social, hambre, desnutrición y muerte de tantos niños y niñas que debería producir vergüenza cuando se cuenta con los suficientes recursos económicos.

Hay avanzando, en medio de la pandemia, grandes megaproyectos que dejarán a Colombia convertida en un hoyo profundo por la práctica del fracking y la minería a gran escala, bosques destrozados, animales extinguidos; y ahora, aparte de ODEBRECHT, la ñeñepolítica, la merlanopolítica, el oportunismo de esta élite mezquina y repugnante, la “feria” que están haciendo los corruptos de siempre con los mercados para los más pobres; el oportunismo de una élite parasitaria que aprovecha la situación de confinamiento para implementar políticas nocivas para la gran mayoría del pueblo colombiano. La lista es larga, y mencionar todo lo que pasa en Colombia no me permitiría escribir lo que siento.

Sí, la pregunta que estoy haciendo se ha ido profundizando con el paso de los días, con estos largos días de confinamiento que no habíamos vivido jamás; claro, hay unos seres humanos que sí saben lo que es el confinamiento: los y las privadas de la libertad, que llevan años sufriendo en silencio el desastre y la infamia de un sistema carcelario y penitenciario que ya colapsó desde tiempo atrás y que hoy muestra su verdadera tragedia humanitaria, y se revela ante nuestros ojos mostrando el desespero de seres humanos hacinados y menospreciados por una élite que decide quién vive y quién muere; igualmente, las comunidades que han sido sometidas forzosamente al confinamiento por parte de actores armados que imponen unas lógicas de control y vigilancia sobre sus cuerpos.

Ante este escenario dantesco, me pregunto: ¿Será que esta experiencia del confinamiento, nos permitirá ser mejores seres humanos? ¿Será que nos permitirá dar un paso al frente para enfrentar de manera consciente y organizada a un orden mundial criminal que se resiste a caer? ¿Será que estos días de reclusión nos permitirá ver lo que antes no veíamos o no queríamos ver? ¿Será que esta experiencia nos llevará a emprender la construcción de otros mundos, superando la visión de un solo mundo que ha puesto al ser humano al servicio de la economía y no a la economía al servicio de los seres humanos, y, por supuesto, que ha instrumentalizado a la naturaleza hasta llevarla a su punto máximo de deterioro y degradación? ¿Será que después de doscientos años (por no decir más de quinientos), podremos entre todos los sectores que estamos por la política de la vida, unirnos, mirarnos como hermanos y trabajar en medio de las diferencias? ¿O Será que estoy soñando?

Estas son algunas de las preguntas que me hago hoy, cuando todavía estamos inmersos en esta “película de ficción” de la cual todos y todas somos protagonistas. Sí, es de película vernos en las calles con “bozales”, algunos con guantes y con caretas más sofisticadas guardando distancia, nada de abrazos, nada de besos, nada de contacto, hasta este extremo nos ha llevado el modelo de muerte que impera en el mundo: nos necesitan distanciados, asépticos, “juiciosos y respetuosos de la norma”; nada de rebelarse contra este orden injusto, nada de increpar a los dueños del poder, nada de aglomeraciones que “alteren el orden público”. Sí, el orden mundial decadente, hoy más que nunca, requiere rebaños que acepten lo que sea: vacunas dañinas para la salud, control de nuestros movimientos, alta tecnología que enriquece a unos cuantos pero que degrada y enferma a la mayoría; es decir, necesita, aún más, instaurar más dispositivos de control de nuestras vidas. Los dueños del mundo se aferran como vampiros para seguir viviendo de la sangre de la gran mayoría de la población planetaria, y está en nuestras manos si seguimos indiferentes ante semejante escenario.

Para terminar, una cita de Saramago: “Por qué nos hemos quedado ciegos, no lo sé, […] Creo que no nos quedamos ciegos, creo que estamos ciegos, Ciegos que ven, Ciegos que, viendo, no ven”.

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