Editorial No 53: Por una comunicación para la vida comunitaria

La actual pandemia de Covid-19 no solo ha hecho evidente la estructura profundamente desigual e injusta de nuestra sociedad, sino el papel de los medios de comunicación comerciales en el sostenimiento de dicha estructura. En Colombia, desde el comienzo de la pandemia, estos medios han hecho de cuenta que ningún otro tema, a parte del Covid-19, tiene importancia, aunque la información que transmiten solo muestre la superficie: Su propósito, por supuesto, no es ayudarnos a penetrar en las raíces de la crisis y sus consecuencias, sino diseminar el miedo para mantenernos encerrados en casa, y aceptar todas las medidas antipopulares del gobierno.

En esta pandemia los medios masivos se han mostrado como lo que realmente son: vulgares agencias de publicidad del gobierno. Ningún disenso tiene cabida en ellos, ninguna voz crítica frente a las medidas tomadas por el gobierno. Como si de pronto el presidente se hubiera convertido en el portador de una sabiduría incuestionable, precisamente en el momento en que él o sus mentores están más asediados por los escándalos de corrupción: hablamos, por ejemplo, de la ñeñepolítica y de la estrategia de espionaje electrónico a la oposición y a varios periodistas desplegada por el aparato de inteligencia del Ejército.

Ahora, los medios colombianos nos muestran con gran despliegue las movilizaciones en Estados Unidos contra la violencia policial, expresada en el asesinato de un afrodescendiente a manos de un policía. Y se dan el lujo de denunciar la estructura racista de ese país, que hace que un negro tenga muchas más posibilidades de morir a manos de un policía o ser condenado a muerte siendo inocente, como si hablaran de un país menos civilizado que el nuestro. Pero guardan silencio ante el asesinato de Anderson Arboleda, un joven afrodescendiente de 19 años a quien el 19 de mayo un Policía le reventó la cabeza a bolillazos, en la puerta de su casa, en Puerto Tejada, porque le discutió un comparendo. Y han guardado silencio durante décadas ante la brutal violencia del Esmad que ha asesinado impunemente a varios jóvenes, o frente al abandono estatal y la creciente miseria de las comunidades negras e indígenas en Colombia, o frente al creciente número de líderes, la mayoría de ellos negros o indígenas, asesinados por estructuras paramilitares en connivencia con las fuerzas militares.

No es que este comportamiento de los medios masivos haya aflorado en la pandemia, más bien está en su ADN por el hecho de ser propiedad de los grandes grupos económicos y mantener, a través de ellos, relaciones incestuosas con el poder político. Tampoco es que estos medios no informen sobre los escándalos de la élite política, tan desprestigiada por sus vínculos con las mafias y los paramilitares. Pero hay una manera de informar que es desinformación. Los escándalos presentados por los medios se suceden unos a otros, como si en el fondo ninguno de ellos fuera tan importante como para profundizar en la denuncia hasta que tenga reales consecuencias. Cada escándalo aparece desconectado del anterior y de la totalidad de la agenda noticiosa, con lo cual su audiencia no puede conectar y enjuiciar las causas estructurales de los problemas que aquejan a la sociedad. Lo único que aparece conectado en los medios son las banalidades: la estructura misma del noticiero parece estar dirigida a conectar al final con el mundo del espectáculo convertido en noticia, como si todo lo anterior no fuera más que la entrada para el plato fuerte: los chismes sobre las celebridades.

De esta manera han pasado desapercibidos o presentados como “simples eventos” no solo los escándalos antes mencionados, sino el nombramiento del hijo del paramilitar Jorge 40 como Coordinador de Víctimas en el Mininterior y el ingreso de tropas gringas para incendiar la frontera con Venezuela. O se banaliza el drama de los niños campesinos que han quedado excluidos de la educación, con la historia que muestra “el ingenio” de una niña subida en un árbol para coger la señal de internet, o con aquella que se inventa un computador de cartón, como si el asunto de verdad fuera un juego; mientras, se va posicionando como una tendencia irreversible la educación virtual y el teletrabajo.

Todo ello tendría que convencernos, hoy más que nunca, de la necesidad de fortalecer los medios y procesos de comunicación popular. Pero el asunto va más allá de una estrategia contrainformativa y obliga a repensar el papel de los medios y de la comunicación popular en su conjunto, y la forma de esta comunicación para que despierte en los individuos una nueva sensibilidad y conciencia. Y es que la tarea de la comunicación popular está menos emparentada con el despliegue informativo que con la formación de sujetos políticos capaces de construir su propia historia a la medida de sus anhelos y mediante el impulso de la solidaridad que teje destinos comunes.

Para empezar, la discusión a propósito de la comunicación popular no puede ser exclusivamente entre medios y procesos de comunicación, sino que debe desplegarse en toda la vida de las comunidades y en sus formas organizativas. Así, no solo los procesos de comunicación popular deben apuntar al fortalecimiento de la organización social comunitaria, sino que estas organizaciones pueden y deben, a su vez, fortalecer los procesos de comunicación. Sin esta articulación con la vida organizativa de las comunidades, la comunicación no puede llamarse popular ni puede construir redes que ayuden a tejer la vida comunitaria.

Y la discusión a propósito de la forma que debe asumir la comunicación popular tampoco se mueve exclusivamente en aquello que tradicionalmente ha circulado como comunicación mediática. La comunicación popular recurre a todas las formas de comunicación desarrolladas por las comunidades populares durante la historia: la narración oral, las tertulias de vecinos, el teatro popular, la literatura, el baile y el canto, la juglería, etc. En una palabra, la comunicación popular recupera para la vida comunitaria todas aquellas formas que han sido silenciadas por los grandes medios para imponer contra toda evidencia un estilo de vida que anula a las personas y las aísla.

El arte en todas sus manifestaciones y la educación popular son las grandes aliadas en la búsqueda de nuevas formas de expresión para la comunicación popular; o mejor, la comunicación popular, apoyada en los movimientos artísticos y procesos de educación popular, explora las nuevas formas de expresión de las comunidades (incorporando el potencial de las nuevas tecnologías) para ayudarles a parir sus propios procesos de comunicación e insertarse de forma natural en ellos. Solo así podremos aspirar a socavar el poder manipulador de los grandes emporios mediáticos que buscan legitimar las estructuras de opresión y dominación existentes. Esa comunicación popular debe permitirles a los individuos y a las comunidades decidir conscientemente sus agendas políticas en función de una vida mejor y desvelar la realidad de opresión que se los impide.

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