Editorial No 54: Contra el imperio de la cultura traqueta

Mural en San Jerónimo Amanalco, Texcoco (México) -Sergio Pérez Méndez

A menudo decimos que en Colombia (y posiblemente en el mundo) impera hoy una cultura traqueta, pero pocas veces nos hemos detenido a pensar lo que eso implica para el desarrollo del trabajo político que se requiere si queremos transformar esta realidad. Las manifestaciones de dicha cultura las evidenciamos todo el tiempo en el comportamiento de la élite dirigente del país, desde el “si te veo te doy en la cara, marica”, expresión que popularizó Uribe Vélez durante su primer gobierno, o la entrada por la puerta trasera de la Casa de Nariño de algunos jefes paramilitares, pasando por la “ñeñepolítica” que hoy pone en cuestión la legitimidad de un gobierno cuyas elecciones fueron compradas con dineros del narcotráfico.

Pero una cultura no se impone en una sociedad porque la practique su clase gobernante; más bien la clase gobernante puede asumir naturalmente estas prácticas cuando ellas ya son parte legítima de la cultura nacional. Por más que la presión armada y los dineros de los narcoparamilitares hayan sido determinantes en las elecciones de Uribe y Duque como presidentes, no hay que olvidar que una gran base electoral del Centro Democrático está formada por gente humilde de los sectores populares que se siente plenamente identificada no solo con las propuestas políticas, sino con toda la idiosincrasia que representan Uribe y sus secuaces.

Eso quiere decir que las manifestaciones más singulares de la cultura traqueta no hay que buscarlas en la élite gobernante, sino en la cotidianidad de los barrios y veredas, en las fábricas, colegios y universidades. La cultura traqueta se ha enquistado en la vida de las comunidades, y sus valores y prácticas son abrazadas hoy por éstas con toda naturalidad: el individualismo extremo que nos lleva a aplastar a los demás, ansias desmedidas por el poder y el dinero, exhibicionismo y demostración de riqueza y poder, machismo exacerbado, imposición de la voluntad propia a través del grito o la fuerza, la idea de que todo vale para obtener lo que queremos y, por tanto, la cultura del atajo y la trampa que nos empuja a buscar siempre la ilegalidad, el soborno y el chantaje. El éxito de los partidos políticos y de las instituciones que mejor encarnan hoy dicha cultura consiste en que su discurso, sus prácticas y sus valores se identifican con aquellos encarnados ya en sus potenciales votantes.

Desde luego, la mayor legitimación de la cultura traqueta en Colombia se alcanzó cuando Uribe Vélez llegó a la presidencia, porque su discurso, sus prácticas y sus valores, encarnados en proyectos y programas políticos, se exaltaban públicamente como ideales que debían ser abrazados por todos. No puede perderse de vista, sin embargo, que este no fue el origen de dicha cultura, sino apenas su consumación pública; lo que pasó fue que desde entonces pudo manifestarse con arrogancia en nuestra vida cotidiana, sin diques morales de ninguna clase.

Y no podía ser de otra manera en un país donde, desde hace décadas, los pillos se convirtieron en el principal referente para los jóvenes en los barrios, donde estas bandas fueron instrumentalizadas por las estructuras mafiosas, y donde estas estructuras mafiosas fuero a su vez instrumentalizadas por la élite política para edificar organizaciones paramilitares que combatieran la insurgencia y de paso podaran cualquier expresión de inconformismo o pensamiento crítico en los barrios, municipios y veredas del país. Desde los ochenta, en Colombia la vida social ha estado subyugada a estas prácticas violentas impuestas por la alianza entre mafia y Estado, pero la sumisión no ha sido solo física, sino, sobre todo moral: los narcotraficantes primero y después los paramilitares asociaron su poder militar con el dinero ilícito y sembraron la idea de que el reconocimiento social dependía de la disposición para matar y hacer dinero a como diera lugar.

Hoy los resultados se muestran a plena luz del día. Los jóvenes siguen siendo una reserva inagotable para las múltiples bandas que se disputan el territorio (convertidas en la principal fuente de empleo), y muchos de sus padres, formados en esta cultura traqueta, son ahora líderes barriales que se disputan el presupuesto participativo o cualquier ayuda gubernamental. Los problemas entre vecinos no los resuelven la autoridad estatal, ni mucho menos la organización comunitaria, sino los jefes de las bandas, quienes además controlan toda la dinámica económica del barrio. Entre tanto, la cultura traqueta se manifiesta también en las rumbas impresionantes, con equipos de sonido que perturban la tranquilidad de todo el barrio durante dos y tres días, haciendo sonar la música traqueta de Jessi Uribe, Giovanny Ayala o Johny Rivera. Y ¡ay! de aquel vecino que se atreva a cuestionar el volumen o la duración de la rumba: lo mínimo que puede pasar es que se tenga que ir del barrio.

Reconocer que en Colombia impera una cultura traqueta es hacernos conscientes de que una de las tareas políticas urgentes es la reforma moral que nos permita posicionar nuevamente los valores utópicos de la paz, la solidaridad y el bien común. Pero reconocer que dicha cultura está enquistada en la vida social cotidiana nos obliga a desidealizar la idea de comunidad y darnos cuenta que el sujeto llamado a transformar esta realidad hoy ha sido formado por este Estado mafioso y sus instrumentos armados e ideológicos; que se trata en principio de un sujeto reacio y desconfiado frente a los discursos y prácticas de la solidaridad, educación popular y el trabajo colectivo por el bien común.

El reto, sin embargo, consiste en asumir, aun en dicho contexto, una actitud desprevenida para involucrarnos con la gente en el trabajo popular y comunitario. Ello implica alejar el juicio que inmediatamente aflora cuando descubrimos una actitud que juzgamos como propia de la cultura traqueta. También quienes intentamos hacer trabajo comunitario hemos sido formados en la cultura traqueta y ella se manifiesta permanentemente en nuestras prácticas políticas: de ahí la descomposición de los sindicatos, el acomodamiento de ciertas ongs y el surgimiento de liderazgos negativos, individualistas, en el seno de las organizaciones. En primera instancia debemos asumir una actitud autocrítica y aprehensiva que nos permita ver que el tejido colectivo no se fortalece excluyendo a quienes piensan y viven distinto, sino comprendiendo y haciendo consciente cómo hemos llegado a ser lo que somos, individual y colectivamente: el proyecto de una sociedad más humana solo tiene sentido si arraiga en el grueso de la comunidad y no contra ella.

Como decía Marx, el socialismo tenemos que construirlo desde las ruinas del capitalismo, y la mayor ruina hoy es el sujeto formado en la cultura traqueta, de la que nadie, individualmente, escapa por más buenas intenciones que tenga; solo es posible oponerse a ella de forma colectiva, como desde hace años intentan las comunidades indígenas contra la cultura propagada por el narcotráfico en el Cauca. Reconstruirnos en las comunidades como sujetos conscientes, críticos, solidarios y capaces de transformarnos a nosotros mismos aun en medio de las condiciones que nos rodean: ese es el gran reto. Cómo hacer realidad ese trabajo en un escenario dominado precisamente por la cultura traqueta es algo que debemos descifrar entre todos y para lo que todavía no tenemos respuesta, porque rara vez nos hemos hecho la pregunta.

Mural – Coronado Ortega

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