Editorial No 118: La disputa es por una nueva humanidad

Portada: Sin título/Jason Heer

La tarea que nos espera después de esta primera vuelta en la elección presidencial es bien compleja y no se reduce a la acción de arañar votos entre los abstencionistas o indecisos. Se trata más bien de elevar la conciencia en general de la sociedad frente al futuro de la humanidad, pues lo que se juega en estas elecciones no es simplemente la elección de un personaje particular como presidente de la república, sino dos proyectos de país y, por tanto, de humanidad. La famosa polarización que tanto denuncian los medios tradicionales no es más que la evidencia de la distancia insalvable que separa estos dos proyectos.

Ninguno de ellas, por supuesto, se le presenta al país por primera vez, simplemente hoy se muestran en su verdadero rostro cada uno iluminada mejor por su contracara. El proyecto de humanidad (o mejor inhumanidad) que representa Abelardo de la Espriella, de hecho, no es más que la continuidad del Estatuto de Seguridad de Turbay y de la nefasta Seguridad Democrática desarrollada por los gobiernos de Uribe y Duque, heredero por tanto de la tortura, la desaparición forzada y los falsos positivos que el Estado colombiano, liderado por una élite mafiosa y asesina, ha implementado sistemáticamente durante más de cinco décadas. El futuro que nos augura está prefigurado ya por la España de Franco, la Alemania Nazi, el fascismo italiano y las dictaduras Latinoamericanas.

La propuesta representada por Iván Cepeda tampoco nació ayer. Tiene sus antecedentes en las luchas anarcosindicalistas de principios del siglo XX, las reformas liberales de López Pumarejo y las luchas de Jorge Eliécer Gaitán, pero, sobre todo, en el movimiento indígena y campesino, en las históricas luchas del movimiento estudiantil y del movimiento obrero, al que con el tiempo se le han sumado los movimientos feministas, las negritudes, el movimiento LGTBIQ, ambientalistas y demás sectores populares organizados que luchan contra la exclusión y la miseria a la que han sido sometidos históricamente. Esta propuesta, que ha terminado por ser un proyecto de humanidad distinto al de miedo y hambre que encarna la derecha, tuvo su primera oportunidad con el gobierno de Gustavo Petro y, sin embargo, fue bloqueada por los partidos tradicionales y la misma élite mafiosa que hoy disputa la presidencia, desde el Congreso, las Altas Cortes y hasta la Registraduría.

Y cuando se creía que la experiencia, seriedad y compromiso con los oprimidos de un candidato como Cepeda, respaldado por los logros y avances de este gobierno, iban a garantizar la continuidad del cambio desde las instituciones, saltó un tigre advenedizo en la política, pero curtido en los escenarios del hampa, y se puso a la cabeza de las elecciones. Por supuesto que sus más de 10 millones de votos obtenidos generan muchas dudas, pues es difícil pensar que, por arte de birlibirloque, se encaramara de un 31% en las encuestas dos semanas antes de las elecciones al 43% en dicho certamen. No obstante, y eso es lo preocupante, hay que reconocer que su vocinglería, que anuncia destripar la izquierda, poner al país al servicio de los intereses de los Estados Unidos, revertir todas las reformas en favor del pueblo y copiar al pie de la letra las estrafalarias propuestas de Miley y Bukele, han encontrado oídos dispuestos en buena parte de la población colombiana, mucha de la cual resulta precisamente beneficiada con las reformas y las políticas sociales defendidas por el Pacto Histórico.

Los candidatos de derecha, tanto Paloma Valencia como De la Espriella, han recurrido a la más ramplona de las propagandas para desacreditar la candidatura de Cepeda, acusándolo de representar un proyecto criminal, de estar aliado con delincuentes y de defender a los delincuentes. Es algo así como lo que en psicoanálisis se llama proyección, el acto de atribuirle al enemigo nuestros defectos e incentivar hacia él el odio nacional justo por esos defectos. Porque si algún proyecto es abiertamente criminal y ha nacido desde el principio en el seno del narcotráfico y la delincuencia es el que representa la derecha de este país. Prueba de ello son, por supuesto, los miles de falsos positivos en el gobierno de Uribe, la cantidad de funcionarios de su gobierno presos o investigados por acciones criminales y nexos con el narcotráfico y el paramilitarismo. El propio De la Espriella ha amasado buena parte de su fortuna como defensor de narcotraficantes y paramilitares y a través de negocios turbos con delincuentes, a quienes también ha estafado y robado.

Pero la derecha representada por Valencia y de la Espriella se ha inventado un enemigo en Iván Cepeda para sembrar terror en la gente: ha querido presentarlo como encarnación de dos demonios que ya no asustan a nadie en este país: las FARC y el comunismo. Y, sin embargo, han tenido algo de éxito porque, a sabiendas que el pueblo se mantiene en un calculado analfabetismo político, la derecha recurre a sus pasiones, a sus miedos más irracionales y los exacerban a través de la propaganda repetitiva y los eslóganes vacíos.

Por eso no es a través de la propaganda y la exacerbación del miedo en sentido contrario como podemos disputarle a la derecha el liderazgo en la conducción del país. Es mediante la pedagogía persona a persona, en el hogar, en la escuela, en la calle que podemos desterrar esta ignorancia política y estos miedos irracionales que todavía anidan en la sociedad colombiana. No se trata de arañar un voto, sino de comprometer a un sujeto determinado con la construcción de una humanidad donde la vida buena sea posible para todos. La pedagogía, sin embargo, va más allá de la información al estilo de los evangélicos que van de puerta en puerta o asaltan al transeúnte en la calle para compartirles unas enseñanzas que, a veces, ni ellos mismos comprenden. La pedagogía que movilice al otro debe construirse desde el amor y el vínculo y no desde la confrontación, desde el señalamiento y nuestro posicionamiento como dueños de una moral más elevada. Se trata de acercar al otro y a la otra antes que de espantarles y de caminar con ellos en la apertura de un nuevo sentido de vida.

Esta pedagogía es la del compromiso vital que defiende la vida en su conjunto y no la vanidad del individuo que se ufana de tener razón siempre y estar por encima de los ignorantes. En este sentido, son escenarios de dicha pedagogía las tertulias con los amigos, las reuniones familiares, las aulas del colegio y las de la universidad, el sancocho de la cuadra, los convites comunales, etc. Debemos recuperar el carácter político de todos los escenarios de la vida social y colectiva, al mismo tiempo que redefinimos la política: esta no puede ser más la actividad del político tradicional que trata de convencer a los demás para que voten por él en cualquier cargo de representación, sino la praxis en la que todos y todas asumimos el compromiso de construir un mundo mejor y de no retornar a los tiempos de oscuridad más tenebrosa a los que nos acostumbró la derecha. El fascismo no se derrota con discursos de odio contra los fascistas, sino con la construcción permanente de un tejido social sólido que resista los embates también permanentes de quienes se alimentan del odio y se enriquecen con la industria de la muerte. La tarea que nos convoca entonces no es solo elegir a un presidente que encarne ese proyecto de nueva humanidad, sino disponernos con él a construirla.

Contraportada: Sin título /Jean Boccacino

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