AQUEL 19

Por Julio Rubio

Ilustración de Steve Cutts

La ciudad se estremeció como hacía tiempo no lo pasaba. El sentimiento gregario parecía inundar a las gentes de todos los colores que, sin rezago y sin distingo, se lanzaban por las puertas en la búsqueda de un mejor lugar, de un sitio en el cual sacasen ventaja de todos y para todo. No importaban los empujones y arañazos, siempre y cuando las promesas no se pusieran en duda o se acabasen en medio del bullicio. Esta ciudad se llenó de fanáticos, no de aquellos que pintan las paredes con consignas, o se visten del equipo de sus amores o se pelean por los orígenes de sus músicas. Estos, pisotean a toda prisa las señales de tránsito y llevan consigo libretas, papeles y celulares con anuncios que dicen “quedan pocas unidades” y “solo por hoy”. La ciudad del confinamiento se abrió con desparpajo y los rostros, apenas legibles, por una extraña combinación de ojos sedientos, frentes fruncidas y bocas húmedas debajo de una tela, semejaban la llegada del último día y la hora final.

No hay certeza de que lo haya predicho Nostradamus. Algunos aseguran que la numerología lo intuía. Aquel 19. Día donde los vivos jugaron con los dioses, la suerte, el destino y todas las probabilidades de la muerte. Las imágenes que sirven como registro de estos momentos, así lo revelan. Hombres y mujeres a la espera de la orden, cumpliendo la primera parte de un ritual que concibe el hacer fila como parte de su disciplina e inteligencia. Fase previa en la cual muchos se inspiraron en el principio esencial: “al que madruga dios le ayuda”. No es lo mismo estar de segundo o decimo en la fila, ese lugar indica un privilegio o un don a la hora de la señal definitiva. Este mundo se ha hecho para ellos, para los primeros ungidos de la fila, pero amenazados por los últimos que no dan espera al descuido o a la trampa. La fila del orden inteligente, esconde las violencias de los desesperados que se niegan a quedarse sin algo.

La orden final llega con las 8:00 a.m. La desnudez de los desesperados y los ungidos deja ver sus caras completas de batalla, la tela que se las cubría perdió toda dignidad, la fila inteligente da paso a las hordas telúricas que todo se lo llevan a su paso, mucho más cuando las puertas del santuario dejan su oficio y su valor. Nadie sabe ahora el lugar en la fila y, como en una de las canciones de esta ciudad, ahora “están dando palos, golpes, bofetones, puños y empujones”. El ritual sigue su marcha, de la disciplina inteligente hecha fila, a la batalla de todos contra todos por no dejar de comprar en este día 19. Estas son las nuevas batallas, ya no se trata de la comida, el trabajo, el agua o la salud, de lo que se trata es de no perder la dignidad de consumidor y de sujeto endeudado. La condición de la existencia está en esas dos características, y debe reafirmarse aun y a costa de la vida. Un sentido sacrificial emerge de todo esto, no importa modo y lugar, tiempo o espacio, es una obligación honrar al 19. Es decir, a la posibilidad de comprar a menor costo, pero con tarjeta de crédito. Todo sea por un bien supremo.

Los fanáticos se sacian desde el primer momento, los golpes hacen parte del éxtasis catártico y los peligros de la vida una noticia del periódico de ayer. Nada mejor que el goce compulsivo de mirar estantes, precios, marcas y hacer cálculos mentales de aquello que se puede llevar, y de lo otro que un fanático agarró y merece un madrazo por su velocidad o capacidad de deuda. Ese es el pleno momento orgiástico del ritual, estar dentro del santuario, correr de un lado para otro siguiendo precios de color rojo, tocar y tirar cosas, competir a codazos y llenar el carrito de pulgadas y neones. Los rostros destilan sudor, las telas de colores que antes los cubrían han quedado como tapiz o arrugadas en las orejas, porque ahora los gritos son más fuertes y el pago se vuelve un tedio infernal. Otra vez aparecen las filas del orden, pero ansiosas por llegar a la estación 3, 8 o 10. Algunos fanáticos empiezan a sentir seca su boca y no pueden quedarse quietos, mueven sus cabezas y empuñan sus manos. Cierta claustrofobia los invade y solo quieren pagar e irse con sus productos. La euforia tiene una breve pausa y el gesto de agarrarse la cabeza deja señas de duda.

Las filas se alargan y las tarjetas se traban, los datafonos se quedan sin señal y la algarabía se transforma en rabia. Al fondo los parlantes siguen repitiendo las maravillas del día 19, de este día único en el cual todo se puede comprar, propicio para reinventarse a cuotas de 18 a 36 meses. ¡Qué viva este día!, sigue repitiéndose con estridencia. Al fondo las pantallas de 100 pulgadas reproducen imágenes: cifras, mapas, gentes. Los fanáticos, en su éxtasis, no alcanzan a comprender los titulares: “la curva sigue en aumento”, “la ciudad en alerta naranja” y “no hay respiradores”. Entre estridencias e imágenes, la preocupación es llegar rápido y digitar la clave, el santuario se encoge y los que antes eran seres tranquilos en la fila de ingreso, ahora mutan de competidores a enfermos en pausa, para disfrutar el fetiche del 19%.

La ciudad y sus fanáticos han cumplido plenamente con la cita. El espíritu de la época no ha cambiado, los miedos a la muerte se resuelven con el smarphone personalizado, el pánico al contagio de las enfermedades con máquinas de ejercicios múltiples, y el contacto peligroso con promociones masivas de mercancías y días sin IVA. Por todo esto, este día 19 es revelador: es mejor morir indigesto de bienes y endeudado, que vivir austero y al detal.

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