La magia infernal de los mafiosos

Por Cecilia Salazar

En la foto: Juventud atrapada por los narcos

Era un fin de semana, un día cualquiera de los años 80… Las calles del pueblo, polvorientas, estrechas, sin paso de carros, estaban engalanadas por la presencia de los jóvenes que, de tarde en tarde, departían con sus amigos de grado en el descomplique, en la bacanería, sentados en las aceras. Mientras tanto, las niñas, en otro grupo, conversaban e intercambiaban charlas, recochas de juventud. Se sentía el jolgorio, la energía y la risa asomaba con todo su esplendor.

Llegó don Rafael el mafioso

La juventud, la niñez, los del otoño gris, llegaron a “noveleriar” a la plaza. Don Rafael llegó con dos carros modeludos, uno estilo campero, y el otro, un convertible. Gran demostración de poder que dejó boquiabierto a más de uno. Todos miraron embelesados al personaje convertido en mafioso, que en esa época era más que un título, era la importancia que se adquiría. El mafioso estaba en un pedestal, las gentes reconocían su grandeza “digna de imitar”. Sus conocidos y antiguos compañeros salieron a verlo, a saludarlo con admiración.

Don Rafael era un hombre bueno, de clara estirpe campesina, de los de machete enramalado y lima en la pretina del pantalón. Descendía de familias de guapos peones sin tierra, de gente humilde que ha trabajado siempre para los hacendados dueños de latifundios. Pero, cansado de ese sol que achicharra las espaldas y del bajo jornal, emigró con su familia al pueblo, buscando una mejor forma de vivir, y para ello se preparó un tanto. Estudió dos años de bachillerato y buscó trabajo. Se transmutó en un pueblerino del común y empezó a rebuscarse la vida por las conocidas trochas como chofer de un camión-escalera y como trabajador en un taller de mecánica de mala muerte, donde conoció a ciertas personas.

Va creciendo la telaraña

Había alzado el vuelo, como un cóndor. Envalentonado y con un aire de superioridad visitaba el pueblo haciendo ostentación de dinero, de mujeres, de trago y de carros. Esa era su nueva vida. Se encontró de frente con el fútbol en donde se ganó el aprecio de muchos deportistas.

Bonachón, se inscribía en todos los campeonatos hasta en el de rodillones categoría sedentarios–barrigones, que se jugaba solo un día a la semana. A su alrededor siempre había gentes de todas las edades y condiciones, pero fundamentalmente jóvenes. Nunca le faltaron elogios por su juego. Donaba los uniformes para uno que otro equipo de fútbol, lo que acrecentaba sus afectos; los deportistas siempre se mostraban muy agradecidos con don Rafael, al cual miraban como su salvador; eso sí, a nadie se le ocurría preguntar de dónde provenía ese dinero.

Tenía muchos admiradores que se revolucionaban cuando él llegaba. Era visto, quizás, como un Robin Hood al cual le sobraba pleitesía y del cual siempre esperaban su donación para obras sociales. En cada paso que daba ganaba muchos adeptos, muchos seguidores. Era todo un ícono.

Hasta el poder divino se fue de bruces

En estos pueblos antioqueños, el cura sale todos los domingos de sombrero y carriel a recorrer el comercio, la plaza, las cantinas, a recoger limosna para su parroquia. En un “afortunado” día, de cualquier año, el sacerdote se tropezó con don Rafael en una fonda. ¡Buen encuentro!, sobra decir. Eso significó el cuadre de la Semana Santa: arreglos florales, cirios pascuales, banda de música y demás logística correría a cargo del mecenas mafioso. Claro, la contraprestación consistió en que don Rafael sería uno de los varones que cargaría el santo sepulcro en la procesión del viernes santo. La imagen del santo carguero en plena semana mayor, no pasó desapercibida para los feligreses. En el recuerdo queda el olor de santidad que, como pachulí, inundaba el pueblo.

Con el correr de los días empezaron a llegar personajes desconocidos embambados en oro, con hermosos vehículos, frecuentando las mejores heladerías, conquistando mujeres bellas y organizando cabalgatas. Pernoctaban en el pueblo. Políticos, empleados, autoridades, desfilaban con don Rafael y con los nuevos embambados por las calles, y remataban en los estaderos con fiestas ruidosas. La aceptación era total. Don Rafael disfrutaba mucho porque veía desfilar por la pasarela de la genuflexión a políticos, curas, jueces con sus tinterillos y militares.

Se mueve el negocio

Los rumores pueblerinos contaban que “se habían organizado varias cocinas (laboratorios de procesamiento de coca) en parajes rurales y que los jóvenes –de la cabecera municipal y el campo- no se resistieron para trabajar allí”. También contrataron jóvenes mujeres para hacer la comida en los cambuches narcos.

Empezó a moverse la mercancía por toda la región. El aeropuerto, cerrado por años, empezó a funcionar. También se vio, en ese entonces, un inusual ajetreo de carros con hombres enfierrados que llevaban de todo, hasta dinero en efectivo, por si de pronto había que transar con algún uniformado. De vez en cuando, y en medio de las rascas, don Rafael hacía su parada militar con disparos al aire que salían de una preciosa pistola 9 milímetros.

Crecía “el trabajo” paulatinamente: expendios de vicio, redes de traficantes, mulas, jíbaros y consumidores muertos. Y también empezó a crecer el silencio y el miedo.

Las defensas auto oficializadas

Con la bonanza del billete aparecieron más patrones, almas gemelas de don Rafael; los mandos medios emergentes aumentaron. Apoderados del pueblo, de la explotación narco clandestina, del comercio de la droga, con el tráfico expandido por Occidente y Urabá, acrecentaron su riqueza. Llegó entonces su maldición: el secuestro y el pago de extorsión a las guerrillas y a la delincuencia común.

A don Rafael le secuestraron su hermano menor. Él categóricamente dijo en público: “ni un peso para la subversión”. Y lo esperado aconteció.

“Llegaron a buena hora las Convivir para apaciguar la región y acabar con la guerrilla”, decían ricos emergentes y latifundistas. La gobernación de Antioquia, que antes no movió un dedo contra el narcotráfico, promovió reuniones y aportó radios a los nuevos vigilantes. Ingresaron a ellas los dueños de las narco-cocinas, pero también civiles, finqueros, paramilitares y hasta militares, quién lo creyera. Y don Rafael se antojó de la dirección de un comando AUC. Y se entronizó el terror, la muerte, el desplazamiento, la expropiación.

Murió este personaje con final de película tras una vendetta de capos-paracos por reparto de ganado y un botín de dólares. Dejó un mal legado: la cultura del dinero fácil, la cultura de la violencia y la mentalidad enfermiza de querer atiborrar con lujos y apariencias materiales la esencia del ser humano.

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