Monumentos, memoria y espacio publico

Por José Abelardo Diaz Jaramillo

Una estatua de Cristóbal Colón en el suelo, tras ser derribada en Saint Paul (Minnesota) el 10 de junio. Foto: Evan Frost (AP)

Memoria inconforme

Recientemente el mundo presenció la irrupción y consolidación de una ola de destrucción de monumentos que golpeó con especial fuerza a los Estados Unidos y a varias naciones de Europa, y que se originó por el asesinato del afroamericano George Floyd en mayo de 2020 en la ciudad de Minneapolis (EU). Aunque, a decir verdad, se trata de una segunda ola -eso sí, más potente- distinta de la que se registró en 2018 y que afectó a algunas ciudades de Alabama, Virginia, Florida y Kentucky, en los EU. En esa oportunidad, y a raíz de un acto racista ocurrido en Charlottesville (Virginia), un acumulado de indignación contra el supremacismo blanco se desbordó, poniendo en la mira representaciones simbólicas como monumentos, banderas, nombres de calles y símbolos que desde hace decadas vanaglorian a figuras públicas e ideologías ligadas a prácticas discriminatorias.

Decenas de símbolos fueron derribados y muchos se salvaron de correr con la misma suerte, debido a la intervención de las autoridades. Con especial furia, los inconformes se volcaron sobre las estatuas, monumentos y placas que evocaban a Robert E. Lee, un general esclavista que comandó el Ejército Confederado de Virginia del Norte durante la Guerra de Secesión desde 1862 hasta su rendición en 1865, y que ha sido convertido en un verdadero héroe en los Estados del sur.

La ola de 2020, que aún no se detiene, logró extenderse de Estados Unidos a Europa, sintiéndose sus efectos particularmente en Inglaterra, Francia, Bélgica e Italia, en donde fueron derribadas o intervenidas estatuas que exaltaban a figuras vinculadas al colonialismo, el tráfico de esclavos, el imperialismo, el racismo e incluso el fascismo. Aquí algunos ejemplos de monumentos intervenidos en distintas partes del mundo:

  • Estatua de Cristóbal Colon: decapitada. Lugar: Boston, EU
  • Busto del general Emile Storms, colonialista en el Congo: pintado. Lugar: Bruselas, Bélgica
  • Estatua de Edward Colston, comerciante de esclavos: derrumbada. Lugar: Bristol, Inglaterra
  • Estatua de Robert E. Lee, racista y traficante de esclavos en EU: pintada. Lugar. Virginia, EU
  • Estatua del Rey Baudouin, último rey belga en el Congo: pintada. Lugar: Bruselas, Bélgica
  • Estatua de Indro Montanelli, periodista italiano con pasado fascista: pintada. Lugar: Milán, Italia

Simultáneamente, muchos símbolos se salvaron de correr idéntica suerte, gracias a la acción de las autoridades, como ocurrió con las estatuas de Winston Churchill y del rey Jacobo II, instaladas en Londres. De hecho, el alcalde de la capital inglesa, Sadiq Khan, se vio obligado a quitar la estatua del esclavista Robert Milligan del exterior del Museo de los Docklands y ordenar una vigilancia de las estatuas y nombres de calles que pudieran tener conexión con los valores motivantes de la cólera social. Algo similar ocurrió con una estatua del rey Leopoldo II, responsable de la muerte de congoleños a fines del siglo XIX y principios del siglo XX, la cual debió ser retirada de la plaza de Amberes en Bélgica por el gobierno, después de ser blanco de los manifestantes. En Chicago, la alcaldesa Lori Lightfoot ordenó el retiro de dos estatuas de Cristóbal Colón, como efecto de la presión que ejerció la ciudadanía, por considerar que representaban una apología del genocidio y la explotación de los pueblos nativos en América.

Espacio público en disputa

La destrucción de monumentos en distintos países que guardan conexiones con pasados coloniales y racistas, condensan, a la vez, sentimientos diversos y críticas a valores políticos encarnados en ciertos gobiernos. De ese tipo de acciones colectivas es posible establecer varias consideraciones que se pueden proyectar al escenario colombiano:

– En primer lugar, se destaca la percepción de que los monumentos están mediados por ideologías, discursos e instituciones sociales que los cargan de sentidos y los proyectan al resto de la sociedad. No es ninguna casualidad, por ejemplo, el hecho de que en Estados Unidos haya más de 1.500 monumentos que evocan afirmativamente figuras o situaciones relacionadas con el racismo, y que muchas de estas destaquen, especialmente, al esclavista Robert E. Lee, cuyo nombre se ha instituido en decenas de escuelas, edificios y monumentos. Al respecto, un activista afroamericano manifestó que esa práctica, además de justificar la esclavitud, niega u oculta lo que padeció la población negra en ese país: “En EE.UU. tenemos monumentos y memoriales de la confederación por todos lados. Tenemos muy pocos que hablan sobre la esclavitud, la época del terror”, señala.

– En segundo lugar, la acción contra las estatuas conlleva un reclamo implícito por revisar el pasado y la forma como el poder dominante hace uso de este para instalar una memoria pasiva y legitimadora de prácticas intolerables. En otros términos, se cuestiona la predominancia arbitraria de una representación del pasado, a la vez que se desechan otras interpretaciones disidentes. Bien puede verse ese reclamo como una aspiración a que se democratice la construcción de la memoria pública de una ciudad o de una nación, es decir, a que se discuta colectivamente qué se debe recordar, por qué y cómo.

– En tercer lugar, la destrucción de monumentos es también una manifestación de las disputas por los espacios públicos -no olvidemos que la memoria tiene siempre un referente espacial y que los espacios físicos están cargados de significados. Aquí se abre una oportunidad para pensar cómo se han marcado simbólicamente los lugares de una ciudad (parques, plazoletas, alamedas, cerros, etc.), dilucidando los mecanismos que permiten la representación de ciertos personajes o acontecimientos en detrimento de otros en sus espacios internos. El poder oficial dominante suele apropiarse de los escenarios públicos que apuntan a reforzar su hegemonía política a través de narrativas simbólicas (nombres, diseños estéticos, etc.). Por tal razón, la democratización de la vida pública debe contemplar la disputa por los espacios físicos: desde la forma de denominarlos, pasando por la construcción de sentidos en torno a ellos, hasta su ocupación o usos. Lo anterior demanda, a su vez, que los actores estén compenetrados con los saberes del pasado de la ciudad o el país, con los pormenores de la política actual y que apuesten por la creatividad para resignificar los espacios públicos.

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