La gran Marcha por la Dignidad

Por Katerine Pencue Liz- Indígena Nasa

Fuente: pares.com.co

La Marcha por la Dignidad inició el 25 de junio en Popayán. Obedeció a una propuesta inicial de José Milciades Sánchez, sindicalista y Premio Nacional de Derechos Humanos, quien redactó un documento en donde, aparte de convocar, denunciaba graves problemáticas de derechos humanos, como el derecho a la vida, que se presentan en el país, sobre todo en el Cauca.

A esta propuesta se sumaron el Comité Nacional Agrario -CNA, la Fuerza Alternativa Revolucionaria del Común -FARC, el Proceso de Comunidades Negras -PCN, el Concejo Regional Indígena del Cauca -CRIC, los estudiantes de la Universidad del Cauca; la Unión Patriótica -UP, En Red Podemos, la Guardia Indígena del Cabildo, Abriendo Caminos de Pance (Valle del Cauca) y otros más. Empezamos doce caminantes y en el camino se sumaron personas de diferentes procesos, hasta completar 34 que llegamos a Bogotá.

Caminamos los departamentos de Cauca, Valle, Risaralda, Quindío, Tolima y Cundinamarca esperanzados, alegres y a veces amenazados. 578 kilómetros aproximadamente, en los que los pies se llenaron de ampollas, el cuerpo se agotó y se hicieron casi insoportables los protocolos de prevención frente a la pandemia covid-1,9 como el tapabocas y los trajes antifluidos, que portamos obligatoriamente.

Recorrimos parte de un país en crisis, y en el camino recibimos las banderas de muchos movimientos sociales que luchan por la vida, por una nación justa. Como una suave brisa sentíamos el apoyo del pueblo cuando en las vías pasaban los buses y los camiones pitando y todos saludando; quienes paraban a preguntarnos: “¿Cómo estamos?”, nos apoyaban con algo de dinero para nuestro sustento. En los pueblos nos brindaron agua para calmar nuestra sed y hacer más llevadero ese sol que iluminaba ardientemente el camino; en los territorios siempre nos dieron un espacio para armar las carpas y lograr de esta manera descansar un poco en la noche y escuchar las historias de quienes han caminado antes y que hoy, tras duras luchas, han logrado recuperar tierras. Música para mis oídos.

En Santander de Quilichao nos recibieron en la Asociación de Cabildos Indígenas del Norte del Cauca –ACIN, nos abrazaron con su voz de aliento y nos guiaron con su fuerza ancestral, entregándonos una de sus simbologías, la cual portamos con orgullo hasta el final de la jornada.

Escuchar las inquietudes de los artistas en Jamundí-Valle, saber que existe el colectivo Tejido Social Xamundi, y darnos, esos amables jóvenes, un espacio donde reunirnos con artistas de diferentes disciplinas, representó un segundo aire para nuestro agotado cuerpo.

Conocimos también de cerca el proceso de resistencia de la Viga Pance-Valle del Cauca, donde la gobernadora y los comuneros nos recibieron con los brazos abiertos. A pesar de haber sido desalojados, nos brindaron un plato de sancocho y chicha.

En la Universidad del Valle los estudiantes, que tenían campamento exigiendo matrícula cero, nos dieron la bienvenida, nos ofrecieron un espacio donde poder bañarnos, donde descansar un poco. En Siloé la comunidad Wounaam nos permitió compartir con ellos y en Palmira y en Buga La Grande nos recibieron compañeros sindicalistas de tal manera que día a día nuestro camino se llenó de pancartas, simbologías y de las miradas de quienes en las calles le apuestan a la paz con lágrimas en los ojos.

En Cartago, Pereira y Armenia, a pesar de que los retenes de la Policía y el Ejército nacional estaban sembrados en cada kilómetro, no nos amilanamos y aun así no desaprovechamos el espacio para hacer un plantón en el batallón San Mateo de Pereira, debido a que hace unos días siete soldados adscritos a este violaron a una menor de edad de la etnia indígena Embera.

Sentimos un Estado no acompañante, sino manipulador y provocador, pues desde el comienzo nos trató de irresponsables, por lo de la pandemia, pero nuestras preocupaciones van más allá de esta y corresponden a la militarización de nuestro pueblo, al asesinato de líderes sociales, a la negación de los derechos mínimos. La única iniciativa que tuvo este gobierno fue infiltrar la marcha con policías de civil que tomaban fotos y preguntaban a toda hora el nombre de los líderes, a lo que se sumó el seguimiento cercano, por muchos kilómetros, de una motocicleta.

La intimidación llegó hasta Ibagué; allí nos pronunciamos en diferentes medios de comunicación, exponiendo la situación y exigiendo al Gobierno Nacional garantías para la protesta social pacífica. Nos asentamos en la universidad del Tolima, donde los estudiantes tenían un campamento exigiendo matrícula cero.

Continuamos el camino y en Melgar nos quedamos en una finca de los excombatientes de las FARC. Nos dimos cuenta que aún hay mucha estigmatización; en las calles algunas personas pretendían agredirnos gritándonos “guerrilleros”.

Caminando en Fusagasugá nos recibieron los Muiscas en su territorio sagrado, comentándonos sus procesos, sus luchas para la conservación de sus tradiciones; ya en Soacha, arribaron los compañeros del CRIC para darnos fuerza y acompañar más de cerca la caminata.

Las comunidades afrodescendientes, campesinas, indígenas, sindicatos y estudiantes, rechazando la violación sistemática de derechos humanos en el Cauca y desde el recorrido llevando la voz del pueblo, llegamos a Bogotá. El fin era generar conciencia en todo el territorio nacional, ya que no buscamos diálogos con el Gobierno, en vista de que nunca se cumplen los acuerdos.

Entrando a esta ciudad, nos esperaban sonrientes y amorosos, estudiantes, trabajadores, vendedores ambulantes, los compañeros desalojados de las zonas más vulnerables durante la pandemia, como Ciudadela Sucre, Ciudad Bolívar. Y así, la marcha continuó sin dilaciones desde Protabaco, pasando por el sitio donde fue asesinado el joven estudiante Dilan Cruz a manos del ESMAD el 23 de noviembre de 2019. Continuamos hasta Ecopetrol, donde un grupo enorme de personas de diferentes movimientos sociales acompañaron y levantaron las voces de todo un pueblo que exige respeto a la vida.

Ahora el rumbo del país depende de todos; seguiremos incomodando al establecimiento hasta que seamos capaces de perdonar y encontrar una paz verdadera. Agradezco de corazón a quienes se unieron desde los diferentes procesos, a quienes en un acto de solidaridad nos brindaron su fuerza y confiaron en este gran paso a la vida digna y, asimismo, invito a todo el pueblo a movilizarse en rechazo a la violación sistemática de los derechos humanos de todo nuestro pueblo.

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