Historia de una catástrofe II

Por Aníbal Pineda Canabal

Imagen de Jorge Niño

A diferencia de los españoles, aquilatados por los ochocientos años que duró la guerra entre los reinos hispano-cristianos y al-Ándalus, los zenúes y los embera no parecen haber conocido conflictos bélicos significativamente grandes ni significativamente sangrientos antes de 1492. Si por un lado habían alcanzado un enorme desarrollo en la orfebrería, la cerámica, la culinaria o la urdimbre de paja; por otro lado, era de esperarse que no tuvieran una tecnología militar avanzada. El clima cálido en que vivían, de escasa variabilidad térmica a lo largo del año; la naturaleza exuberante que siempre tenían al retortero y la vida más bien pacífica que llevaban no hizo necesario ni el lanificio ni una mayor sofisticación en la arquitectura.

Pero lo que no tenían de guerreros ni de arquitectos ni de sastres, los zenúes lo compensaban siendo excelentes ingenieros: sobre las zonas inundables del Panzenú de Jegua, en la región de la Mojana, construyeron un avanzado sistema de canales y montículos que aprovechaba el agua para la pesca durante el invierno y permitía la agricultura en verano. A esa forma particular de interacción con el territorio que funcionó durante siglos, Orlando Fals Borda la llamó “sociedad anfibia”, es decir, un modo de ser que, como la existencia de las tortugas, discurre alternativamente entre lo terrestre y lo acuático y desarrolla mecanismos de defensa para adaptarse a la mutabilidad del ambiente y, en particular, a los ciclos fluviales.

Esta civilización de “hombres y mujeres hicotea”, que emergió en la proximidad de ciénagas y tierras inundables, más que domeñar el territorio se adaptó a él. A la explotación eficiente de los recursos, necesaria para la conservación de la vida, no la acompañaba la depredación del medio ambiente sino más bien una adaptación permanente al eterno vaivén de las aguas sobre el monte, seco en febrero, limoso en octubre.

La invasión de la nación zenú, realizada en nombre de la corona de Castilla desde comienzos del siglo XVI, se llevó a cabo tras una resistencia bastante menos encarnizada que en otras partes. Hubo quienes aceptaron al invasor no solo vencidos por su superioridad militar o diezmados por las enfermedades llegadas de ultramar, sino acaso por puro deseo de tranquilidad. En donde había de todo, todos cabían y para todos podía alcanzar. De hecho, la seguridad alimentaria de los zenúes era incomparablemente más alta que la de los castellanos. Aunque ninguna sociedad es inmune a una mala cosecha, del Finzenú a la Zenúfana se desconocían las hambrunas que, en otras latitudes, diezmaban recurrentemente a las poblaciones.

Sin embargo, la invasión no adquirió siempre el rostro de un asentamiento tranquilo en el espíritu de la sana convivencia. Gracias a la pluma de Fray Juan del Toro, primer obispo de Cartagena, sabemos de toda clase de vejámenes a las que los nativos zenúes fueron sometidos: además de tratos crueles, sus posesiones eran usurpadas y hasta se les vendía como esclavos en otras tierras del Gran Caribe. Cuando a la Cartagena recién fundada llegaron noticias de túmulos funerarios repletos de oro en la región del Sinú, la exploración de esas tierras se decidió más rápidamente.

Esta infeliz fiebre del metal trajo con la bota española, casi de manera conjunta, a los primeros esclavizados provenientes de África en el escuadrón de Antonio de Heredia. Se los destinó pronto a acompañar la búsqueda de guacas mortuorias y, tiempo después, a las minas de la Zenúfana, en lo que hoy es Zaragoza, Cáceres, El Bagre, Nechí (es decir, el Bajo Cauca que no fue antioqueño sino después de la constitución de 1886).

Aunque el comercio de esclavos no empezó en firme sino a partir de 1550, se sabe que fray Francisco de Benavides, obispo de Cartagena entre 1541 y 1550, tenía ya en el tiempo de su episcopado a ocho esclavos negros a su servicio. Venían del Dahomey, de la Costa de Oro o de Angola. Trajeron un universo cultural de incomparable riqueza. Trajeron sus tambores y su música de percusión y enriquecieron con su sazón la gastronomía tradicional. El cazabe indígena se enriqueció así con cocadas y patacones y en general productos de coco y plátano y envueltos cocidos. Los negros esclavizados fueron destinados a tareas agrícolas en la región del Bajo Sinú, en torno a Lorica y la zona costanera de San Antero a Moñitos o a las tierras húmedas al este de la serranía de Abibe y las mujeres esclavizadas se echaron al hombro el servicio doméstico.

Huyendo de la penosa servidumbre de las minas del Cauca, surgieron comunidades negras en la parte alta del San Jorge. Repartidas en zonas boscosas y de difícil acceso, en la vecindad de las tierras ancestrales de la nación embera, a menudo establecidas junto a arroyos de piedras blancas y aguas cristalinas que descienden de la serranía de Ayapel (municipio del mismo nombre, único que existió hasta 1959), estas comunidades formaron lo que hoy se llama Puerto Libertador, Montelíbano y especialmente San José de Uré (último municipio de Córdoba, creado en 2007, al mismo tiempo que Tuchín, bastión histórico del resguardo zenú).

A diferencia del palenque de San Basilio, cercano a Cartagena, o de las rochelas fundadas en la provincia de Santa Marta, el palenque de Uré quedaba a días de camino a lomo de bestia. La madre Laura Montoya Upegui, que llegó hasta allá en 1919 en medio de sus correrías misioneras, comparaba al pueblo con el nido de la garza, a lo mejor porque nadie sabía bien donde quedaba, ni si existía. Esta especial condición de aislamiento hizo que allí tampoco fuera necesaria una disciplina militar, ni empalizadas que defendieran a los cimarrones de los ataques exteriores.

La dificultad de acceso y una situación geográfica al margen de caminos importantes, dio a San José de Uré un rostro diferente: la tranquilidad garantizada permitió el desarrollo de formas comunales propias. Berroche y bullarengue como música y una espiritualidad sincrética de la religiosidad católica se confrontaba a su némesis diabólica en una especie de anti-Halloween en donde no se celebra la oscuridad y la melancolía sino el triunfo de la vida. En Uré, que como Zaragoza es un centro religioso de primer orden, la comunidad conjura al diablo y lo repele y lo deja aparecer cada vez para repelerlo de nuevo.

A esta geografía humana de Córdoba y de sus dos ríos mayores le falta aún un ingrediente que, como en el verso de Gómez Jattin, llegó “buscando un lugar donde posar sin mucha fatiga el pie”, aunque no ya sobre carabelas sino en barcos de vapor cargados de… Pero esto lo dejaremos para la próxima edición de El Colectivo.

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