Malo si sí, malo si no

A propósito del drama cotidiano de las mujeres

Por Ányela Heredia

Ilustración Esteli Meza

Para nadie es un secreto que en nuestra cultura la lascivia de los varones no tiene límites. Lo vivo cada día cuando voy o vengo del trabajo y paso frente al taller de mecánica y la típica tienda de la esquina habitada cotidianamente al menos por una decena de hombres. Me comen con sus ojos, me chiflan, me dicen sus famosos “piropos” (y eso que ya paso de los cuarenta y no soy el prototipo de mujer “ideal”, modelo de revista). Claro que no es lo mismo si paso por ahí con mi compañero, entonces no me dicen nada, solo le hacen señas a él y murmuran un respetuoso buenas tardes o buenos días vecino, haciendo como que no me han visto.

El código sexista y machista permanece intacto y está tan interiorizado que es siempre igual, todos lo dominan y todos y todas parecemos haberlo normalizado.

Cuando jovencita el campo de batalla era el mundo, los primos aprovechaban cualquier rincón oscuro, los vecinos me acechaban con sus ojos y sus vulgares piropos, los transeúntes y hasta los que andaban en bicicleta aprovechaban la soledad de la calle para tocarme el trasero y salir pedaleando a toda velocidad. Pero los peores siempre fueron los copasajeros de los buses, que aprovechaban cualquier posibilidad para rozar jadeantes sus genitales contra mí, ya fuera de pie, en el pasillo del bus, o contra mi hombro; yo sentada, aterrorizada, y ellos de pie, triunfantes, colgados del pasamanos como unos micos con los dos brazos para no caerse, mientras yo me colgaba del ave María y de la santísima trinidad luchando para no desmayarme del asco y la vergüenza.

En ese entonces, cuando yo ni conocía lo que era un orgasmo, tuve, más de una vez, la desagradable sorpresa de sentir el agobiante roce de un bulto húmedo contra mi cuerpo. Sí, esos seres anónimos y despreciables se atrevían a tener orgasmos con el hombro o la nalga de una adolescente en el bus. Y ¡ay! si te atrevías a decir algo, entonces te insultaban, te amenazaban o, en el mejor de los casos, salían corriendo, despotricando y se bajaban del bus.

Fue la época que nos tocó vivir a las de mi generación. Nos contábamos esas anécdotas a hurtadillas, con rabia y con vergüenza, pero jamás pensamos que tuviésemos derecho a denunciar, a gritar, a apelar a la solidaridad de los demás, y menos que hubiese algún eslabón en el sistema que nos protegiera de aquel flagelo permanente. De manera que, en mi barra, a los 16 años, pensábamos que el sexo era algo asqueroso. Que los hombres solo veían en nosotras un culo y unas tetas y que jamás verían nada más. Nos dedicamos a estudiar, a leer y a hacer trabajo comunitario y nos escudábamos en una actitud arisca, sin novios para no exponernos, hasta el punto que no faltaba quien dijera que parecíamos hombrecitos. Pero nada de eso impidió que nos violaran, que familiares o amigos o amigos de los amigos se metieran en nuestra cama para manosearnos o que alguno de esos sinvergüenzas tomara sigilosamente nuestra mano para masturbarse con ella en silencio.

¿Por qué no grité? ¿Por qué no gritamos?

¿Para qué? pienso hoy, igual que ayer… para que nos maltraten una vez más, para que juzguen nuestro comportamiento de principio a fin. Porque sencillamente: malo si gritamos y malo si no gritamos. Si no gritamos, no tenemos derecho a contarlo nunca porque se nos juzgará de faltas de carácter, o incluso, de que nos gustó. Y si gritamos, siempre se cubrirá con un manto de duda lo que gritamos: que si no sería que lo soñamos o lo provocamos, que somos unas chiquillas fantasiosas, que los malinterpretamos, que es increíble ese comportamiento en un fulano al que conocemos… etc. Y siempre, pero siempre, siempre será su palabra contra la nuestra.

Peor aún. Si gritábamos poníamos en riesgo la armonía familiar, nos exponíamos a que nos controlaran aún más y no nos volvieran a dejar salir. Nos exponíamos a que nos aislaran y nos obligaran a llevar una vida sin posibilidades de una socialización medianamente normal. Si gritábamos nos exponíamos a que los machos de nuestra estirpe se enfrentasen con violencia al agresor y sabíamos lo que eso significaba. Le temíamos a ver a un hermano o a tu padre moliéndose a golpes “por ti”. De cualquier manera, ese “por ti” nos taladraba en la cabeza y hasta el tuétano y era por eso que no gritábamos. Pues, supuestamente, por nosotras podían perderse oportunidades, se dañaban amistades, se arruinaban vidas… y, a la larga, a los 12, 14 o 17 años, terminaba siendo por ti y por proteger tu entorno que, finalmente, decidías no gritar.

¿Qué ha cambiado?

Es cierto que hoy, gracias a las luchas feministas, hemos logrado unos niveles de esclarecimiento donde es posible pensar como mujer, niña o adolescente, que nada de eso es tu culpa, que tienes derecho a gritar y que habrá a tu alrededor al menos un pequeño círculo dispuesto a escucharte y a comprenderte. A decirle al abusador que no estás sola y que no puede manipularte y agredirte más. No obstante, es realmente muy poco lo que hemos alcanzado, baste ver las cifras espeluznantes de denuncias por violencia y abuso sexual en tiempos de pandemia.

Me pregunto seriamente si lo que ha aumentado son los abusos, o lo que ha crecido más bien es el nivel de consciencia de algunas mujeres y la idea de que ya no se puede callar más.

Aunque claro, en tiempos de pandemia, con todos esos machos cabríos encerrados en sus casas, viendo culos y tetas en la televisión todo el día, anunciándose para ellos, vendiéndoles desde los más triviales hasta los más necesarios artículos de consumo, no me sorprende que anden desesperados sin poder exhibir toda su lascivia en calles y rincones. Y que hoy, más que nunca, quieran echarle mano a lo que tienen más cercano: sus hijas, sus hermanas, sus sobrinas, sus vecinas…

Desde tiempos inmemoriales, las mujeres víctimas de violencia sexual han tenido que convivir silenciosamente con los agresores. Cuando mucho, hoy se ha logrado que se reconozcan delitos sexuales como el acoso, el abuso, la violación y la prostitución. Pero ¿qué decir de la eterna violación a la que fueron y siguen siendo sometidas las mujeres de nuestros pueblos originarios, las hijas de los trabajadores violadas sistemáticamente por sus patrones y los hijos de sus patrones, las empleadas de servicio adolescentes que aún hoy parecen obligadas a pagar el “derecho de pernada”?

Nuestro sistema de justicia reconoce algunas categorías como el acceso carnal y el acceso sexual violento y “no violento”. Pero ¿en qué cabeza cabe, por ejemplo, que el acceso carnal de una niña de doce años por parte de uno o más (siete) varones (además uniformados y armados) no sea un acto de violencia? Ese es justamente el nivel de perversión de una justicia que emerge de una sociedad incapaz de asumir críticamente su naturaleza machista.

Para qué denunciar, se cuestionarán familiares y víctimas, ante unas instituciones que insisten en que se debe denunciar, al mismo tiempo que atenúan la culpa de los perpetradores, aduciendo que el acto que cometieron no se puede considerar una violación. La imputación de cargos de la Fiscalía en el caso de la niña embera violada por miembros del ejército el pasado 22 de junio es emblemática y muy preocupante en tanto envía un mensaje erróneo a los abusadores. Si una víctima aterrorizada no ofrece resistencia, ¿entonces no hay violencia?

Según Medicina Legal, entre enero y mayo de este año se realizaron exámenes a 6.749 menores en procesos por abuso sexual. Y de acuerdo con el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, durante el aislamiento preventivo obligatorio decretado por el Gobierno Nacional se han iniciado 3.619 procesos de restablecimiento de derechos por casos de violencia sexual contra niñas y 364 contra niños.

Ello quiere decir que son cada vez más las personas que se atreven a denunciar, no obstante, las cifras no dan cuenta de la magnitud del problema, pues solo expresan la cantidad de exámenes practicados, no la cantidad real de denuncias, por ejemplo, a través de llamadas a las líneas de emergencia habilitadas por las instituciones; además, queda un sinnúmero de casos sin registrar. Muchos de esos casos son de menores cuyas familias no se atreven a denunciar porque el abusador es un miembro de la misma familia, o por temor a represalias, y otros tantos son los menores que callan. Lo que vemos es apenas la punta del iceberg. Además, no basta solo con denunciar, y menos cuando, tras denunciar, las víctimas siguen siendo revictimizadas, por el Estado, por la ley y por su propio entorno.

La respuesta del patriarcado

Es muy alto el costo de la denuncia para las víctimas. Primero, verbalizar y hacer pública la humillación de la que han sido objeto física y psicológicamente para luego pasar una y otra vez por el enjuiciamiento y la duda de los familiares y de los funcionarios ante quienes deben comparecer. No obstante, lo más duro para ellas es tener que asumir el costo que supone la alteración de su entorno familiar o social, sobre todo en aquellos casos en que el victimario hace parte del mismo (no olvidemos que se trata de compañeros de estudio, de trabajo, familiares, amigos). Las sobrevivientes, sobre todo las mujeres que han sido históricamente responsables de garantizar la armonía en el entorno social, no solo cargan con el sentimiento de culpa por ser y estar en el momento y el lugar menos propicio (esto incluye cómo se visten, en qué lugares transitan, con quién hablan, en quién confían, cómo se mueven), sino que se sienten culpables de romper dicha armonía.

En el último tiempo y con el impulso que les da saber que hay movimientos de mujeres en todo el mundo promoviendo la denuncia con eslóganes como “no estás sola”, “yo te creo” o “a mí también” (me too), muchas mujeres en Colombia se han atrevido a denunciar públicamente situaciones de acoso y abuso sexual que les han ocurrido recientemente o en el pasado. Y la reacción del patriarcado ha sido brutal. Más allá de la demagogia de los medios de comunicación masivos que se muestran, aparentemente, solidarios con las denuncias, el acoso a que son sometidas en las redes sociales y, aún más, en sus propios círculos cercanos, constituye de nuevo un ataque frontal contra su integridad. “Feminazis” las llaman y llegan a catalogar sus acciones como fascistas, supuestamente por perseguir a sus agresores. Se las acusa de querer arruinar sus carreras, de atentar contra la estabilidad de las organizaciones de las cuales hacen parte o de desbaratar la pretendida unidad de los proyectos políticos que representan; siempre con cuestionamientos como ¿por qué denunciar ahora y no antes? ¿por qué no esperar a que se gradúe? ¿por qué mejor no tratar esos asuntos en privado? entre otros.

Es necesario reconocer dos cosas: una, que no hemos avanzado realmente tanto como quisiéramos. Dos, que no estamos preparados aún para comprender la magnitud del problema en una sociedad que sigue solapando el comportamiento sexual lascivo agresivo como algo natural e inocente, cuando en realidad se traduce en la posibilidad de los varones de ejercer derechos sobre el cuerpo de las mujeres y en muchos casos conlleva la naturalización del abuso y legitima la comisión de actos violentos en contra de mujeres, niñas y niños.

Ilustración: Antonia Santolaya

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