Resistencia indígena: ayer, hoy y hasta la victoria

Mural en Toribío(Cauca): “Tejiendo en nuestra memorias”, Artista Datura: Jaider Urrego

Por Henry de Jesús Rivas

La Minga y la Guardia Indígenas, la Liberación de la Madre Tierra, los masivos y duraderos taponamientos de la Panamericana, así como sus grandes marchas y tomas de Bogotá, son procesos trascendentales de gran impacto y ejemplar valor para el movimiento popular colombiano. Incluso, su movimiento sindical magisterial marca la diferencia, al desarrollar huelgas de solidaridad, por su lucha directa y franca contra la intermediación de la salud, así como por su impulso de proyectos productivos y economía solidaria, haciendo de la pedagogía y la educación popular instrumentos y ejercicios de resistencia y liberación. Y todo ello deviene de un ayer glorioso.

Bases de unidad y fortaleza

Los pueblos nasa libran una gesta de centurias por la tierra y el territorio, por la autonomía y la identidad cultural, que inicia desde el mismo arribo de los invasores españoles a su región en el suroccidente colombiano, tan pronto identificaron sus codiciosas pretensiones. Brindaron apoyo al pueblo pijao entre 1539 y 1540 cuando dicho pueblo, bajo el mando de la cacica La Gaitana, protagonizó la primera gran gesta libertaria que unió a varios grupos indígenas del suroccidente (paeces, yalcones y pijaos) contra las tropas de Sebastián de Belalcázar, las cuales fueron derrotadas.

Dicha alianza de guerra sería la base para una resistencia férrea que durante 40 años impidió el establecimiento de los españoles en la región, logrando la destrucción de importantes poblaciones españolas como La Plata y, sobre todo, Caloto, donde liquidaron 900 invasores y taponaron sus codiciadas minas en 1577. A Caloto la intentarían reconstruir varias veces en sitios diferentes, al ser de nuevo destruida en diversas ocasiones por los paeces; por eso hoy todavía se conserva el nombre de Caloto en veredas de cada uno de esos lugares como recuerdo de su hazaña, de acuerdo con el historiador Víctor Daniel Bonilla.

Los múltiples levantamientos en el territorio nacional contra la esclavización y la gran explotación de los indígenas, sumado a la denuncia de Bartolomé de las Casas, obligó a la Corona española a expedir Nuevas Leyes de Indias en 1542 y, en 1596, el establecimiento de los resguardos, buscando aminorar el genocidio, la reducción de la mano de obra, y, por tanto, garantizar la tributación a la Corona. Pero, como ha sido histórico en nuestros gobernantes, se aplicó aquello de: “hecha la ley, hecha la trampa… la ley se acata, pero no se cumple”.

A la reducción dramática de la población nasa por las continuas guerras y enfermedades traídas por los españoles, se sumaban ahora otros enemigos más imperceptibles y en muchos casos más nefastos: el trabajo ideológico- cultural y político-ideológico de los invasores y colonos a través del adoctrinamiento religioso, los tratados de paz incumplidos, y, lamentablemente, por medio de la cooptación y traición de algunos caciques, como la de Anabeima en Guanacas y, sobre todo, la del cacique Calambás, muy influyente en el oriente del Cauca. Todo ello redujo enormemente la resistencia armada e hizo que desde 1573 los pueblos paeces sufrieran fuertes golpes.

Es en dicho contexto que en 1595 muchos pueblos indígenas desde Perú hasta el Cauca desataron una ofensiva de “guerra general”. Se extendió una gran alianza entre los indígenas del Cauca y el Magdalena que logró dominar los territorios entre Popayán e Ibagué, atacando y destruyendo las ciudades de Toro, Arma, Anserma, Cartago, Caloto, Roldanillo e Ibagué; al tiempo que bloqueó los caminos más importantes, logrando aislar la región, impidiendo la comunicación con Santa Fe de Bogotá, a través de una guerra de guerrillas prolongada por más de 10 años. Dicha situación obligó a una gran ofensiva española preparada desde la metrópoli a partir de 1603 y que utilizó grandes recursos por parte del más grande imperio de entonces. Sería este el cierre trágico, épico y heroico de la guerra más abierta en la región contra los invasores, donde fue muerto el gran Cacique Calarcá, líder de los pijaos, en 1607.

Si bien se continúa la resistencia, hostigando, obstaculizando e incluso en algunos casos quemando y destruyendo los propios bienes indígenas para impedir que fueran utilizados por los invasores, las fuerzas se fueron debilitando, al punto que, tras un ataque fracasado y cruelmente castigado por las tropas realistas en 1625, la resistencia armada se fue extinguiendo. En 1632 se decretó el fin de la “guerra general” ante la disminución trágica de los pueblos indígenas de la región. El último intento de ataque de grandes proporciones sería en el alto Magdalena (Itaibe), en 1656, el cual fallaría por una traición, llevando a una masacre de los indígenas.

Fin de la primera etapa de resistencia

Llegaría el fin de la primera etapa de la resistencia indígena contra la invasión española; una lucha que perduraría en la memoria y el espíritu indoblegable de los pueblos nasa. Por un buen tiempo, las formas de resistencia cambiarán y de la lucha armada se pasará a la recuperación de fuerzas, mediante la reclamación jurídica del territorio ocupado por los indígenas y la concentración de muchos de sus pobladores desperdigados en torno a dicho territorio; la lucha pacífica por el reconocimiento de los cacicazgos, futuros resguardos desde 1695; todo ello, para evitar la dispersión y el aniquilamiento,

Poco a poco se fusionarán en cacicazgos las antiguas tribus, alrededor de los paeces nativos de Tierradentro, a los que se agregarán otros paeces traídos o fugados de encomiendas en otras regiones; un proceso que dio paso al actual idioma nasa yuwe y a la conformación paulatina de una suerte de nación, alrededor del año 1700, conformada por los cacicazgos de Toribio, Pitayó, Huila, Vitoncó y Togoima. Una nación que proclamaría “¡ni perdón ni olvido para los invasores y verdugos de los pueblos!” y que resurgirá en las luchas venideras por la reconquista del territorio, la autonomía y la identidad cultural, sintetizadas ellas a principios del siglo XX en la gran figura de Manuel Quintín Lame.

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