El chivo expiatorio de la pandemia

Por Luisa Fernanda Ramírez G.

Homenaje gráfico del italiano Milo Manara a los médicos y sanitarios que trabajan contra la epidemia

Los infectados aumentan y la credibilidad en las instituciones cae en medio de la inoperancia de un Estado que, hasta ahora, se percata de que Colombia no es un país desarrollado.

Los medios de comunicación entrevistan a expertos para que predigan el fin de la cuarentena, si es una crisis pasajera o si el nuevo coronavirus (SARS-CoV-2 o Covid-19) desaparecerá, cuando ni siquiera los virólogos lo saben. Pero se encuentran con la misma respuesta una y otra vez: no acabará pronto, no es una crisis pasajera y el virus no desaparecerá. Quienes hacen los estudios predicen la vacuna para algún momento de 2021 y no será una crisis de salud temporal, mucho menos en un pueblo subdesarrollado que critica a los países del primer mundo porque sus habitantes son «fríos» y «distantes».

La cuarentena se volvió un lugar tan común como los memes en las redes sociales que revelan que reprimir la extroversión nos tiene más enfermos que el miedo. Hay que parrandear, tocarnos, restregarnos el sudor del otro al ritmo del último reguetón misógino de moda para sentirnos vivos.

Claro, en el pasado hubo crisis que la humanidad pudo controlar, tras haber cobrado las vidas de millones en todo el mundo. A pesar de su alta mortalidad, ya se sabe que las personas cuyas labores implican un posible contacto con las pulgas y las ratas tienen mayor riesgo de contraer la peste negra y la peste bubónica, causadas por la bacteria Yersinia pestis, cuyo tratamiento consiste en antibióticos de uso rutinario. Suelen aparecer cientos o miles de ratas muertas, infectadas por las pulgas transmisoras antes de comenzar el brote en humanos, lo cual lleva a tomar medidas de salud pública, principalmente en algunos países asiáticos.

Otro ejemplo es el VIH, cuyos primeros casos estuvieron rodeados de miedo, rechazo social y estigma, y ahora es una enfermedad crónica con vías de transmisión definidas, y, como la diabetes y la hipertensión, si se diagnostica a tiempo, tiene una sobrevida de décadas.

Pero hoy la pandemia amenaza a cualquiera (usuario de drogas intravenosas o no, bebé o anciano, célibe o promiscuo, rico o pobre, trabajador o no, asiático o americano) con la posibilidad de morir conectado a un ventilador y rodeado por desconocidos en trajes blancos para protegerse de nosotros. Desconocidos a quienes aplauden y llaman héroes, así, de lejos, porque ya nadie quiere tener a un médico en la familia, ni siquiera en el edificio, desde que empezaron a denunciar que enferman y mueren por falta de implementos de protección. Entonces la culpa es de ellos, no del gerente y el político que se roban los recursos con los cuales deberían comprar los tapabocas, las máscaras y los trajes antifluido.

Según el Departamento Administrativo Nacional de Estadística (DANE), el 46.6% de los colombianos vive del día a día, lo cual significa que casi la mitad del país debe elegir entre enfermar o pasar hambre. Entonces, al final, solo resta apuntar el dedo a un Estado incompetente que flexibiliza la cuarentena porque no puede evitar que las ayudas económicas destinadas a los más pobres a veces no lleguen a los más pobres; porque los verdaderos dueños del país pierden dinero, porque entre el 30% y el 35% de la población mundial rechazará la vacuna, ya sea por el lobbie antivacunas que, desde sus celulares de alta gama y sus mansiones, promulga que no dará su dinero a grandes farmacéuticas; o por las teorías conspirativas que abundan en la red y cuyos defensores ponen la carga de la prueba en los acusados.

Nadie quiere estar en contacto con los servicios de salud, con enfermos y mucho menos con quienes los cuidan. Aunque en la calle no usen el uniforme con el que trabajan, para algunos merecen improperios, amenazas y agresiones por la «irresponsabilidad» de «exponer» a los «sanos» a esos gérmenes del hospital. Ojalá dichos «sanos» lograran entender que es más probable contagiarse por medio de los billetes y las monedas que manipulan casi a diario provenientes de alguien que pudo tocarse la nariz o los ojos antes de manipularlos; que usar el tapabocas con la nariz afuera es lo mismo que no usar nada, o que estar entre una multitud hacinada compitiendo por un televisor en el día sin IVA es más peligroso que el doctor Cristian Botache en su apartamento, del que fue expulsado por sus vecinos en Cali, que temían contagiarse del virus. Las misiones médicas en busca de sintomáticos son expulsadas con piedras e insultos ya que, supuestamente, los hospitales reportarían «falsos positivos» diagnosticados con Covid-19 con el fin de «cobrarlos» a las empresas prestadoras de salud (EPS), aunque antes de la pandemia los hospitales denunciaran ante los medios de comunicación que esas mismas EPS los tenían al borde de la quiebra por no pagarles las estadías, tratamientos, exámenes y medicamentos de sus pacientes.

No es suficiente con que el 75% del personal de la salud esté contratado por prestación de servicios, que sus lugares de trabajo les adeuden meses de salario, o que cuando decide renunciar por las malas condiciones laborales, se le acusa de no tener vocación, como si no tuviera derecho a una remuneración digna. Ahora, además, recibe notas amenazantes e insultos, a veces acompañados de navajas, bebidas calientes o hasta ácido en la cara, porque los más atrevidos –los más colombianos– deciden proferirlos de frente. Porque así son los ciudadanos «de bien»: reeligen y vuelven a reelegir, en cuerpo ajeno, la ley que los mata, para luego disociar la culpa en el chivo expiatorio tras la bata blanca.

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